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Fecha: 19960420
Título: Un ejemplo de vida dominicana contemplativa
Original en audio: 9 min. 11 seg.
Inés de Montepulciano nació en las postrimerías del siglo trece, hacia el año 1268, cuando todavía vivía en esta tierra Fray Tomás de Aquino, y todavía quedaban algunos años y tratados teológicos por escribir de San Alberto Magno.
Quisiera empezar mis palabras por ese contraste que habla de la riqueza del carisma dominicano: la universalidad, el alto rigor conceptual, la profundidad de la inteligencia de Tomás, y al mismo tiempo, la sencillez, la humildad, el fervor de espíritu, la vida oculta de Inés.
Dos estilos casi contradictorios, y sin embargo, ambos provenientes de un mismo carisma, ambos nacidos de un mismo carisma, ambos nacidos de un mismo Padre de los predicadores, también nuestro Padre, Santo Domingo de Guzmán.
Inés de Montepulciano va a ser en su propio estilo de vida, uno de los ejemplos más claros de lo que significa esa vida dominicana contemplativa.
Y por eso, cuando nosotros leemos de la vida de estos Santos, especialmente de nuestra Orden, o cuando meditamos en ellos, son como páginas del Evangelio que pasan en la historia de nuestra existencia y en la historia de la Orden.
Esto significa que guardadas las debidas proporciones, de los Santos y de la vida de los Santos, podemos esperar en cierto modo, lo que esperamos del Evangelio.
Si el Evangelio es buena noticia proclamada por Jesucristo, cada Santo es como una palabra de Cristo en la historia. Si el Evangelio trae fe a nuestra mente y eleva nuestro conocimiento hacia verdades sublimes de Dios, cada Santo es como la presencia de estas verdades en el camino de la historia.
Si el Evangelio trae esperanza a nuestro corazón, como cuando escuchamos lo que hemos oído hoy: "Venid a mí los que estáis cansados, agobiados; yo os aliviaré" (véase San Mateo 11,28), pues, los Santos nos muestran las realizaciones de estas palabras del Señor Jesucristo, y así también le dan esperanza a nuestro corazón.
Digamos finalmente, que si el Evangelio de Jesucristo, ante todo quiere restaurar y levantar nuestro amor para que sea verdaderamente amor de Dios y amor al prójimo, también las vidas de los Santos, como ascuas encendidas, no dejan de calentar a aquel que se les acerca.