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Fecha: 19960402

Título: El desaliento ultimo

Original en audio: 13 min. 49 seg.


Las lecturas de este día nos presentan, por decirlo así, la frustración final, el desaliento último.

Jesús no hizo ninguna empresa, no construyó ninguna fábrica, no tuvo un hogar, no dejó descendencia alguna en hijos. ¿Por qué? Porque todo su tiempo y todo su amor, porque todo su pensamiento y toda su voluntad, porque todas sus fuerzas estuvieron empeñadas sólo en una cosa: la llegada del Reino de Dios, que Dios empiece a reinar, que podamos descubrirlo como Padre y descubrirnos como hermanos.

¿Qué son sus milagros? Señales del Reino. ¿Qué sus parábolas? Palabras del Reino. ¿Qué es su humildad, su trabajo, su continuo trasegar, su esfuerzo ante las multitudes o ante personas particulares? ¿Qué es su oración de la noche y su labor del día? ¿Qué es?

Anunciar que Dios reina: anunciarlo en las plazas, en las calles, en los campos, en las veredas. Decírselo a todos, especialmente a los más pobres; consolar a todos, especialmente a los más pecadores; sanar a todos, especialmente a los más enfermos; liberar a todos, especialmente a los más oprimidos.

Esta ha sido la vida de Jesús. Digo más, ésta ha sido toda la vida de Jesús. Es decir, no hizo más. Captemos, por favor, la dimensión de estas palabras. Jesús no hizo nada más. Sólo éso.

¿Has conocido una de esas personas que viven solamente para su empresa? Uno piensa en Microsoft Corporation, y eso tiene un nombre: Bill Gates. Otros han dado su apellido a instituciones, como decir la Fundación Rockefeller. Y esa vida fueron ellos. Ruedan por las calles de nuestras ciudades autos que llevan el apellido de un hombre: Ford, Henry Ford. Ellos le dieron su vida a éso. Y la vida de ellos, de alguna manera, sigue circulando en calles, en empresas, en publicaciones.

Otros prefirieron la ciencia, el arte o una estirpe, una dinastía. Jesús no tiene dinastía, no tiene estirpe, no tiene empresa. Jesús no tiene nada sino la voluntad del Padre, el deseo quemante, el deseo absoluto, como sólo puede existir una vez en la historia humana, el deseo absoluto de que Dios reine, de que aparezca la gloria de Dios, de que su nombre sea declarado santo y glorificado por todos.

Este es Jesucristo. Nadie se ha consagrado tanto a su tarea como este Jesús, que empezó a anunciar el Reino ya en su manera de ser concebido en la pobreza de su nacimiento, en el ocultamiento de su infancia, en la obediencia de su juventud, en la humillación de su bautismo, en la largueza de su generosidad, en la bondad de sus palabras, en las maravillas de sus signos.

¿Hay alguien, pregunto, que tenga semejante coherencia? Ni Henry Ford, ni Bill Gates nacieron siendo lo que son. En cambio, Éste que es el Mesías, el Ungido de Dios, desde el vientre materno está anunciando, contando y cantando que Dios es bueno, que hay gracia, que hay vida, que hay perdón.

Ése es Jesucristo. Y lo que vamos a presenciar en esta Semana Santa y que está apareciendo ya, y que se ha dicho ya en las lecturas de hoy, es que este único proyecto, que es, por así decirlo, la esposa y el hijo y el todo de Jesús, este único proyecto del Reino se resquebraja.

De arriba a abajo ha aparecido una grieta: Jesús, que parece tan fuerte en todo el Evangelio, se conmueve, y Él mismo parece quebrarse cuando dice: "Uno de vosotros me va a traicionar".

Ha llegado el veneno, ha llegado la cizaña hasta ese reducido grupo, al que Jesús se le ha dedicado de un modo especial: en más de una oportunidad se retiró con ellos y dejó las multitudes, aunque hubiera todavía endemoniados por liberar, pecadores por perdonar o enfermos por sanar.

Dejó de lado esas multitudes para dedicarse a este puñado de hombres, para decirle a ellos, de una manera, si se quiere, más particular, más incisiva, más clara, las dimensiones, la longitud y la anchura, la profundidad y la belleza de lo que significa que Dios reine.

Literalmente, se ha gastado, se ha quemado por ellos. "Uno de vosotros me va a traicionar" dice Cristo. Esto significa que al mejor médico se le va a morir ese enfermo, que el mejor maestro no pudo con ese discípulo.

Esto significa, que el mejor abogado no pudo defender esa causa; esto significa que a un Dios tan bueno siempre se le puede oponer una malicia tan grande.

Yo no me atrevo aquí a decir, ni me corresponde a mi decir, cuál es el destino eterno de ese hombre. A eso no me llama la Iglesia, ni la Iglesia tiene que declarar eso.

Gracias a Dios, la Iglesia tiene por misión anunciar este mismo Reino de Cristo y alguna vez declara que el Evangelio se realizó de tal modo en la vida de una persona, que esa persona, podemos creer, se encuentra gozando del Cielo.

Eso es lo que llamamos la beatificación, y después, la canonización. Pero, no le corresponde a la Iglesia declarar la condenación eterna de nadie; mucho menos me toca a mí.

Sin embargo, los acontecimientos hablan y gritan: Judas comió el pan untado en salsa, miró por última vez a su Maestro y se retiró. Era de noche.

Ese profundo fracaso, esa noche que no está solamente en el atardecer de Jerusalén sino que está, sobre todo, en el ocaso de la vida de Cristo; esa noche que no significa tan sólo el frío ni la lejanía del sol, sino ante todo, el helado corazón humano que puede resistirse a Dios, esa noche se la tuvo que beber de un sorbo nuestro Señor.

Esa fue la noche que le ofreció Judas, y en Judas , toda la ingratitud y la traición humana, a Cristo. Así como Cristo le daba pan untado en salsa y le daba alimento a Judas, Judas, con nuestras traiciones y pecados en él, tenía también qué darle a Jesucristo.

Y ese es el cáliz, que dado por Judas, pero antes de Judas dado por Dios para redención nuestra, tendrá que beber Cristo. Ese es el cáliz que le hará llorar y sudar sangre en Getsemaní.

Era de noche. Es la noche del profundo desaliento. Es la noche en la que vemos derrumbarse a este Hombre. Pensemos en el mejor artista. ¿Qué sentiría un Leonardo da Vinci si tomáramos alguna de sus preciosas obras, una sola, y la destruyéramos ante sus ojos? ¡Qué tristezas, qué lamentos, qué gritos no daría ese hombre!

Pensemos en el más amoroso padre de familia que viera con horror cómo torturan y asesinan a su hijo; pensemos en el poeta o en el empresario; pensemos en el comerciante o en el abogado que ve deshacerse la obra de su vida.

Eso, infinitamente más que eso, es lo que le va a suceder a Cristo esta noche; esta noche que hiela hasta lo profundo de sus huesos. Era realmente de noche.

Y por eso hemos escuchado el capítulo cuarenta y nueve del profeta Isaías, donde se habla de un personaje misterioso, que nunca terminaremos de saber si es el pueblo judío en su conjunto, si es Jesús como representante de ese pueblo, o si acaso, es cada uno de nosotros cuando llega a esa situación.

Hemos escuchado, digo, ese capítulo cuarenta y nueve de Isaías, donde se nos habla de ese siervo de Yavé, que dice para sus adentros: "En viento y en nada he gastado mis fuerzas" (véase Isaías 49,4).

Es el absoluto desaliento, es la profunda congoja, es la angustia del hombre que sabe que tiene que despedirse de la vida. Pero que en el caso de Jesús, será de una vida que no disfrutó, será de una vida que no gastó en sí mismo sino en los demás.

Porque, como dicen de manera perfecta los Padres de la Iglesia: todo lo que recibió de nosotros, por nosotros lo gastó. Cuerpo tuvo para ofrecerlo por nosotros, días tuvo para gastarlos en nuestro servicio, ojos, boca y manos tuvo para que se le quemaran por el sol, para que se le cansaran bendiciendo y sanando enfermos. Nada tuvo Cristo que no entregara por nosotros.

Pues bien, este Cristo que tiene que despedirse así de esta vida, puede apropiarse de modo infinito y singular de las palabras de Isaías: "En viento y en nada he gastado mis fuerzas" (véase Isaías 49,4), y comprende su propio drama.

Él no va como un enamorado enceguecido; va con el realismo del hombre que sabe qué pasos va marcando la Providencia de Dios en su vida.

Se ofrece todo. "Yo no te voy a dejar", se ofrecen los discípulos. "Yo nunca renegaré de ti". Jesús sabe, con realismo, que ese cáliz y esa noche sólo la puede soportar y sólo la puede beber Él, y que quedará infinita y definitivamente solo.

Pero, desde esa soledad de la Cruz y desde ese sepulcro, podrá seguir recitando el cántico de Isaías: "En realidad, mi derecho lo llevaba el Señor; mi salario lo tenía mi Redentor" (véase Isaías 49,4).

Sí; nada recibió de nosotros que no diera por nosotros. Pero, de Dios recibió la gloria. Y por eso, dice: "Ha llegado la hora; glorifícame, Padre" (véase San Juan 13,31-32).

"Glorifícame, Padre" (véase San Juan 13,31-32) significa: "No le cobro un peso al mundo. No le pido nada ni a ustedes ni a nadie; mi gloria, mi salario, mi redención sólo la tiene Dios.

Y con esa convicción, con ese amor y esa oración, lo veremos morir en la Cruz y resucitar, para paz nuestra y gloria del Padre.

Hermanos, acerquémonos a este altar para alimentarnos de esos misterios. Roguemos a Cristo que también nosotros seamos gloria del Padre y que no le pidamos al mundo lo que el mundo no nos podrá dar. Sepamos esperarlo de Dios. Así nos lo enseña Cristo.

Amén.