O024001a
Fecha: 19980122
Título: Dios quiere que la alabanza empiece en lo profundo de nuestro corazon
Original en audio: 8 min. 30 seg.
Estas lecturas tren profundas enseñanzas sobre qué significa alabar, qué es proclamar la obra de Dios.
Porque mire lo sucedido: David mata al filisteo, y se organiza o se desorganiza una fiesta: voces, tambores, arpas. Saúl mató a mil, David a diez mil.
Debería ser una proclamación de la glorias de Dios. Porque cuando Saúl mató a mil, pues lo que quiere decir es que Dios le dio victorias. Y cuando David mató a diez mil, lo que quiere decir es que Dios le dio victorias más grandes.
Si realmente nosotros tomáramos en serio, que toda cualidad y todo bien viene de Dios, jamás tendríamos envidia, porque cada cosa buena sería ante todo un motivo de alabanza de Dios. Que alguien tiene un bien, que alguien se le acrecen sus bienes,¡bendito sea el Señor!
Pero en cuanto bajamos la mirada de Dios hacia los hombres, dejamos de mirar a Dios y empezamos a mirar a los hombres, entonces decimos: "Yo me quedo con Saúl, o yo me quedo con David". Y en ese momento empieza la historia de la muerte, o mejor, recomienza la historia de la muerte, la historia que se repite sin cesar en la humanidad.
!Usted y yo no cabemos; váyase, púdrase, muérase, desaparézcase", ¿por qué? Porque hay envidia, ¿por qué? Porque no admito que el bien suyo es un bien de Dios.
Pero aquellas mujeres cuando decían: "Saúl mató a mil y David mató a diez mil" 1 Samuel 18,7, seguramente querían con eso iniciar una fiesta, iniciar una alabanza; pero no lograron su propósito. Y algo tenemos que aprender nosotros de este fracaso de aquellas mujeres.
Por otra parte, el evangelio nos presenta otra alabanza, o mejor, otro reconocimiento, porque no era propiamente una alabanza frustrada. Los espíritus inmundos, al ver a Jesús, caían a sus pies y gritaban: "¡Tú eres el Hijo de Dios!" San Marcos 3,11.
Esta es una proclamación de fe en nosotros los seres humanos; de lo más hermoso que el alma humana le puede decir a Jesucristo es eso: "¡Tú eres el Hijo de Dios! San Marcos 3,11.
Sin embargo Jesús no recibe esos reconocimientos, Jesús rechaza esas alabanzas, dichas no por boca de los hombres, sino por intención y por propósito de los demonios.
Por eso digo que hay algo de común entre estas dos lecturas: las alabanzas de las mujeres no sirvieron sino para suscitar envidia; y los reconocimientos de los demonios no los recibió Cristo sino que los rechazó.
Entonces, eso de alabar a Dios, eso de darle la gloria a Dios no es tan sencillo; no es simplemente decirle "Señor, Señor". Hay que hacer la voluntad del que está en los cielos. Y no es por lo tanto tampoco decir "¡tú ere el Hijo de Dios!" San Marcos 3,11.
Y en ese aspecto, ¿por qué si la expresión "¡tú eres el Hijo de Dios!" San Marcos 3,11, es una alabanza en labios humanos, es detestable y hay que impedirla en la intención y en la voz de los demonios, ¿por qué? Porque es el reconocimiento de que Cristo es el Hijo de Dios, es reconocimiento de que Dios lo ha enviado para nuestra salvación. Es reconocerlo como nuestro Salvador y por lo tanto como nuestro Señor.
Pero reconocer que Él es el Señor y no someterse a su señorío, es una burla, es hacer que la palabra dice una cosa y el corazón dice otra cosa. Por eso Cristo hace callar a estos demonios."¡Tú eres el Hijo de Dios!" San Marcos 3,11, dicen ellos, pero en su interior, en su corazón, no se someten.
Entonces, si tu corazón no se va a someter a Dios, entonces las palabras no pueden ser mentirosas. Por eso Jesús recibe la expresión "¡tú eres el Hijo de Dios! San Marcos 3,11, la recibe de los seres humanos.
Porque reconocer a Cristo como Señor, en nosotros los humanos, es creer en Él, y por eso dice el capítulo diez de la Carta a los Romanos: "Si confesaras con tus labios que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó entre los muertos, tú serás salvo" Carta a los Romanos 10,9.
Eso se le puede decir al ser humano, porque el ser humano tiene un corazón que puede creer, pero en cambio, el interior de demonio es una fuente de rebeldía, no puede aceptar a Cristo como Señor. De manera que esto, "¡tú eres el Hijo de Dios!", era una burla a Cristo.
En realidad, el demonio todo el tiempo trató de burlarse d Cristo. Por eso el demonio también inspiró que le fuera puesta esa capa de púrpura, y esa caña por cetro, y esa corona de espinas. ¿Qué es eso? que sea un rey, rey de burlas, que sea un rey que no manda, que sea un rey que no rige, que sea un rey de mentiras.
Eso era lo que significaba la expresión "tú eres el Hijo de Dios" San Marcos 3,11, dicha por los demonios. Por eso Cristo les manda enérgicamente que no descubran eso, que no mientan.
Bueno, ahí tenemos una enseñanza. Entonces vemos que hay alabanzas que Dios no recibe.
Podemos sintetizar lo dicho en dos frases: Dios no recibe las alabanzas, cuando nosotros las centramos o concentramos en seres humanos. Si estas mujeres en su cántico hubieran dicho: "Yavé concedió a Saúl la victoria, y ahora le ha dado a David la victoria", otra cosa hubiera sido. Pero dijeron sólo: "Saúl mil, David diez mil", la comparación no era inevitable.
Modo de no alabar a Dios: mencionar sólo a las personas, quedarnos sólo con las personas humanas. Esto engaña la mirada.
Entonces, no hay que hacer esa alabanza. No vale la alabanza cuando es solamente quedarse en las personas, en las cualidades de las personas.
Segundo: no vale la alabanza cuando el corazón no le está haciendo caso a Dios; no vale la alabanza cuando el corazón no está postrado ante Dios. Si lo profundo de nuestro ser no está arrodillado, si no le está adorando, esa alabanza entonces es mentira.
Y de aquí podemos sacar en positivo cuál es la alabanza que Dios quiere. Dios quiere que la alabanza empiece en lo profundo de nosotros, Romanos diez. Cree en tu corazón, y a partir de ese corazón, como desbordándose ese corazón en tus labios, alaba a tu Señor y Salvador. Primera característica.
Y segunda, en las cosas buenas que vemos, hay que saberlo referir todo a Dios, para no envanecer a las personas y para que nuestro corazón no vaya a caer en la envidia, ni vaya a llevar a otros a que incurran en la envidia.