I201001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19970818

Título: Las enseñanzas que se obtienen cuando el predicador no alcanza su fruto

Original en audio: 6 min. 29 seg.


Queridos Hermanos:

Varias y provechosas enseñanzas podemos obtener de esta lectura que acabamos de escuchar. Tal vez, lo más visible es la tristeza de este hombre, que se encontró con Jesús, y Jesús no le pudo dar alegría.

Jesús es una buena noticia, pero Jesús no es un postre que le guste a todos. Jesús es el Evangelio del Padre; pero sólo es buena noticia para aquellos que necesitan su salvación, que se reconocen necesitados de salvación, y que aceptan la salvación.

Podríamos decir, que una primera enseñanza de este evangelio, es que no siempre el predicador alcanza su fruto, alcanza su meta, y a veces la culpa no es del predicador.

Creo que se puede decir, no ha habido mejor misionero, ni mejor predicador que Jesucristo; no hay uno más grande, no hay uno más santo, no hay uno más sabio. Y sin embargo, ya ves, que Jesús fracasó. Ahí está un ejemplo. Lo que hemos escuchado en el evangelio de hoy, tal vez sea duro decirlo, pero es así, es un caso en el que Jesús fracasó.

Y lo importante es, ¿qué nos enseña este fracaso? ¿Qué podemos aprender de él? Nos enseña, en primer lugar, que el Evangelio no es una imposición, el Evangelio es una oferta, es un regalo. Tú puedes aceptar el regalo, o puedes no aceptarlo.

Y este regalo maravilloso que trae Cristo, no fue aceptado en este caso, y por eso el muchacho se fue muy triste, y por eso Jesús fracasó.

En segundo lugar, este fracaso también nos enseña, hasta dónde podemos ser engañados por aquellas cosas que son tan valiosas para nosotros. La frase es del Evangelista, no es mía: "Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico" (véase San Mateo 19, 22).

Durante un fugaz momento, este muchacho se queda mirando a Cristo, y mirando su riqueza, su comodidad. Durante un momento, se queda mirando las dos posibilidades; y cuando tiene que decidirse, se resuelve por su vida anterior, por su vida pasada, por sus riquezas. Y de esa manera, le dice no a Cristo.

Aquí no se nos está diciendo que sea mala la riqueza, pero sí se nos está diciendo, que a veces llega un día en que Jesús tiene una invitación, y en que uno puede escoger mal.

Yo pienso que entre nosotros hay muchas personas que podemos identificarnos con este joven rico. Muchos de nosotros, quizá le podemos decir a Cristo, o le hemos dicho a Cristo un "no". Hemos negado a Jesucristo, porque nos resulta más cómoda nuestra vida, o porque nos resultan más cómodas nuestras riquezas. Es posible llegarle a decir no a Cristo; es posible, y el evangelio aquí lo muestra.

Otra enseñanza que nos trae este evangelio, es que cuando el muchacho pregunta: "¿Qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?" (véase San Mateo 19,16), Cristo da como dos pasos, presenta como dos momentos. Lo primero son los mandamientos.

Esto es importante, porque hay algunas personas que creen, o que incluso predican, que los mandamientos, aquellos mandamientos de Moisés, sólo valían en el Antiguo Testamento. Y hay gente que cree, que ahora que llegó Cristo, esa Ley nueva del amor ya hace que nosotros no estemos sujetos a los diez mandamientos, a aquello que promulgó Moisés.

Pero ese modo de hablar y de pensar es equivocado. Aquí vemos que Cristo mismo refrenda con su autoridad la vigencia de los mandamientos de la Ley de Dios. Y estos son como los principios fundamentales de toda sociedad humana, y los principios también del pueblo de Dios.

De manera que esas afirmaciones, así vengan desde antiguo, son innegociables. Aquí vemos que Cristo está defendiendo de nuevo, refrendando de nuevo, la autoridad de los mandamientos.

La diferencia entonces entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, no es que antes teníamos muchos mandamientos, y ahora nos quedamos sólo con el mandamiento del amor, y por consiguiente, sí se puede decir a veces mentiritas, o sí se puede adulterar, sí se puede evadir o eximirse de cualquiera de estos mandamientos.

Esa no es la diferencia. La diferencia es que Moisés decía lo que había que hacer, pero Moisés no podía comunicar la fuerza, la gracia necesaria para vivir eso. En cambio Cristo, no sólo enseña lo que hay que hacer, sino que por el amor, sobre todo por el amor de la Cruz, y por el amor de la Eucaristía, nos da la gracia, nos da la fuerza para realizar aquello que Él mismo pide. Esa fuerza, esa gracia es el don del Espíritu Santo.

Entonces la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento no es que ahora no tengamos los mandamientos. ¡No! Esos siguen siendo válidos. Sólo que ahora tenemos a Alguien, que nos ayuda a vivir los mandamientos y a llegar hasta la plenitud del amor; y ese es el Espíritu Santo.