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Fecha: 20030209
Título: Conocer el poder de la enfermedad, para conocer el poder de Jesucristo
Original en audio: 13 min. 57 seg.
Hermanos:
Podemos decir que la primera lectura nos presenta el poder de la enfermedad, y el evangelio nos presenta el poder de la sanación que trae Jesucristo.
Hay que conocer esas dos fuerzas, esos dos poderes. Hay que conocer el poder de la enfermedad en sus diversas expresiones. Pero, sobre todo, hay que conocer el poder de Jesucristo para sanar nuestras enfermedades y dolencias.
Hay que conocer el poder de la enfermedad por muchos motivos. Vamos a mencionar tres. El primero es, porque todos somos débiles en algún aspecto de nuestra vida, y hemos padecido, o vamos a padecer enfermedad.
El papá de un amigo mío era un hombre que gozaba de muy buena salud. Nunca se enfermaba de nada. Cuando tenía algo más de sesenta años, le llegó algún achaque, algo que tenía que ver con la presión, me parece.
Y tuvieron que empezar a ponerle restricciones en los alimentos y a decirle que se cuidara, que no se alterara, que durmiera bien, que procurara no tomar, o tomara el mínimo de licor.
Él empezó a sentir que le llegaba como una camisa de fuerza. Se llenó de rabia y luego de tristeza. Entró en una depresión profunda, y de tal manera se agravó la enfermedad con esa depresión, que incluso aceleró la muerte. Un hombre que no sabía nada de enfermedad, cuando le llegó la enfermedad, se desesperó.
El que no conoce nada de dolor, cuando le llega un momento difícil, se desespera. No ha cultivado la virtud de la paciencia. Hay que conocer la enfermedad. Hay que conocer la debilidad humana. Porque, todos nos podemos enfermar. Todos vamos a morir.
Personalmente, he tenido de cerca la experiencia de compañeros de colegio y de estudios, compañeros de mi Comunidad Religiosa, que han muerto muy jóvenes. Y verlos enfermos, o víctimas de otras dolencias, incluso accidentes, ha sido una escuela fuerte pero muy buena para mí.
Cuando estaba terminando el bachillerato, uno de mis amigos resultó enfermo. Tenía un mal, -parece que de origen congénito, un lupus eritematoso-, este muchacho sano, descomplicado, alegre, buen amigo.
Todo eso sentíamos nosotros: que se fue llenando de problemas. No podía salir. Tenían que aplicarle cortisona. Se hinchó, se le dañó la piel. Y nosotros vimos cómo se le iba deteriorando la vida a este hombre. Él seguía siendo nuestro amigo y fue nuestro amigo hasta el momento en el que se murió.
Esa es una escuela dura, pero es una escuela necesaria, una escuela que todos tenemos que aprender. Porque, el dolor nos va a visitar.
En segundo lugar, hay que conocer el poder de la enfermedad, porque es la única manera de cultivar un corazón compasivo. Sólo cuando las personas que amamos están enfermas, o tienen problemas, empieza a operarse un milagro en el corazón de uno. Y ese milagro es aprender a tener misericordia.
Nuevamente, cuando uno se siente sano y cuando todo lo que le rodea no tiene problemas, como que por allá dentro del corazón, siente que el que está mal es porque se lo buscó. Sin embargo, resulta que en esta vida se necesita mucha misericordia. Y el que no conozca el lenguaje de la misericordia, jamás conocerá el lenguaje de Dios.
Tener un hijo o un hermano retrasado mental, ver el drama de un abuelo que sufrió una embolia, o una parálisis, y está postrado en una cama unos cuantos años; es el abuelito querido, o es la abuelita amada, y uno la ve tan limitada, que a uno le da pesar, ese pesar que es de la misma raíz del peso que se siente en el corazón, porque amamos a la gente. Eso fomenta en nosotros la virtud de la misericordia.
Mira la descripción que nos hace Job, esa descripción tan buena de lo que vive un enfermo: "¡Noches interminables, estar cansado y no poder descansar!" (véase Job 7,4).
Tolstoi, uno de los genios de la literatura universal, era un hombre que tenía torrentes de ideas. Y uno disfruta leyendo, especialmente, los cuentos, los relatos de León Tolstoi. No obstante, este hombre que tenía una vida intelectual tan intensa, se enfermó.
No sé si fue un mal que duró hasta la muerte. Pero, en una parte de su vida, tuvo una enfermedad, un problema en las articulaciones; sería como una especie de gota, lo que llamamos ácido úrico.
Y esa piel, particularmente de la pierna, sobre todo una rodilla, le dolía increíblemente. No soportaba el roce de la tela. Tenía un dolor espantoso y escribió: "Lo que me da ira de este dolor, es que no me deja pensar en otra cosa". Él, que tenía tantas ideas tan buenas, él, que quería cultivar tantas cosas del espíritu, se veía condenado a pensar en su rodilla, horas y horas, un día, otro día, y todos los días.
Solamente cuando nos acercamos a la realidad del enfermo, cultivamos verdaderamente la misericordia. ¡Y qué drama el que tiene la persona enferma!
Usted descubrirá, cuando conoce a una persona que trabaja con enfermos, -en especial si lo hace por voluntad propia, no por simple sueldo-, que todo aquel que trabaja con enfermos, va desarrollando unas cualidades muy lindas, cualidades de paciencia, de optimismo, de ternura, de misericordia.
Y aquí llegamos a la tercera razón por la que hay que conocer la enfermedad y el dolor. La enfermedad y el dolor, mis hermanos, nos ayudan a entender, como por dentro, el Corazón de Cristo. Cristo no es para mirarlo únicamente por fuera. Cristo hay que verlo y vivirlo desde dentro. Hay que tenerlo adentro.
Si alguno de ustedes tiene vocación de servicio, de apoyo, de ayuda a los enfermos, ¡bendito sea Dios! Porque, a través de ese trabajo, ya se trate de ancianos, de niños, quemados, desplazados, enfermos terminales, enfermos de sida, a través de ese servicio, usted va a conocer el Corazón de Jesús.
Hay que acercarse al mundo de la enfermedad. ¡No convirtamos al enfermo en un estorbo! Ustedes no saben lo que uno siente como sacerdote cuando llega a una casa, lo llevan allá a que atienda un enfermo que pidió que fuera el cura, y le pregunta uno a la persona: "-¿Quiere confesarse?" "-Sí, padre, por favor". "-Tengan la bondad, retírense un momento, que el enfermo o la enfermita se va a confesar".
Y la persona muchas veces en su confesión, es el único momento de desahogo que tiene. Luego, uno, frecuentemente, tiene que empezar por escuchar, aunque uno sabe que ésa todavía no es la confesión, sino el desahogo de un pobre hombre: "Yo siento que estoy estorbando aquí. A mí no me toman en cuenta para nada".
"Y figúrese, padre, que tengo un hijo", -me decía alguna vez un señor-, "tengo un hijo que vive en esta propia casa. Pasan días, y no se asoma siquiera a saludarme. Yo, ¿cómo le voy a decir algo, padre, si a él no le nace saludarme?" ¡Ese dolor y esa tortura, ahí, en el alma!