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Fecha: 19970209
Título:
Original en audio: 7 min. 59 seg.
Si una persona está enferma, exigirle más y más, es crueldad. Y por eso al principio de su misión evangelizadora lo primero que hace Cristo, según escuchamos en este capítulo primero del evangelio de Marcos, es empezar por sanar a las personas.
Si a uno de nosotros que está en buena salud se le pide: "Necesito que camines desde esta iglesia, qué se yó, hasta la Avenida Caracas, o hasta la veinticuatro, probablemente eso produzca algo de cansancio o fatiga, pero lo podemos hacer.
Pero si alguno de nosotros estuviera con el tobillo torcido, si tuviera un esguince doloroso, y se le propone exactamente lo mismo: "Necesito que camines de desde esta iglesia hasta hasta la Avenida Caracas, eso sería desastroso para esa pierna, porque lejos de mejorarse, en el transcurso de ese camino se iría empeorando más y más y más, y probablemente quedaría irremediablemente perdida esa pierna.
Y lo que había sido un problema que se podía arreglar con algo de reposo, qué sé yo, de pronto algún vendaje o yeso, alguna fisioterapia, lo que se hubiera podido corregir en el curso de una semana, se hecha a perder de tal manera, que ya ni siquiera en el curso de una vida se puede mejorar.
Yo recuerdo al sacerdote de mi parroquia, siendo yo niño, que tuvo una torcedura en un dedo, y precisamente por esos esfuerzos mal hechos y por no tratar el problema del dedo a tiempo, él quedó con el dedo tieso, el dedo de su mano quedó tieso, irreparable ya, porque lo que se hubiera podido mejorar con un pequeño tratamiento, no fue tratado a tiempo, y en el uso y en el abuso se malogró definitivamente ese dedo.
Esto que sucede en el plano físico, sucede también en las vidas de las personas. Pensemos, por ejemplo, en una pareja. Todas las parejas tienen dificultades, creo que se puede llegar a generalizar así, por la sencilla razón de que ningún ser humano es perfecto, y todos de algua manera dejamos descontentas o insatisfechas a las personas.
Aquel o aquella que podía parecer muy simpático o muy simpática sólo de visita, cuando ya toca vivir con él o con ella, pues le aparecen una cantidad de mañas, de defectos y de problemas que pueden hacer pesada o difícil la convivencia. Yo creo que en ese puento de partida podemos estar de acuerdo.
Pero esos pequeños problemas se parecen a la pequeña torcedura del dedo de mi párroco, y se parecen a ese esguince en el tobillo que se puede mejorar si se trata a tiempo. Lamentablemente, sin embargo, muchas parejas, no todas, llevan tal carga de orgullo y tales expectativas de su pareja que consideran, que basta con echarle en cara los problemas al otro, para que se corrija.
Y de ese modo, de pequeñísimos problemas y de pequeñas dificultades, se van echando a perder las relaciones familiares, hasta llevar a verdaderos caos. Y llega un punto en el que desde luego la situación se torna casi irreparable, se ha malogrado la relación.
Cuando ya se ha llegado a esa catástrofe, entonces se dice: "Bueno, pues si el amor se acaba, es tortura que sigamos viviendo juntos, yo tengo derecho a una segunda oportunidad, yo me puedo retirar, yo puedo hacer otro hogar, etcétera, etcétera".
Pero la pregunta que hay que hacer en el caso del matrimonio católico es: Usted invitó a Dios el día de su boda, pregunta: ¿lo siguió invitando los otros días? El día que hubo la primera discusión fuerte, ¿invitó a Dios para que le ayudara a sanar ese tobillos? ¿O simplemente agarró a su pareja y le dijo: "Pues usted camina conmigo de aquí a la Caracas así se le dañe su píerna"?