Nde4003a
Fecha: 19980108
Título: Somos responsables de nuestro projimo
Original en audio: 9 min. 46 seg.
De todas las personas que habrá sobre esta tierra, y que ha habido sobre esta tierra, nosotros somos contemporáneos de unos poquitos. Dios no nos encargó que nosotros ayudáramos a las personas del siglo VIII, ni nos encargó a las personas del siglo XXII o vigésimo segundo.
Nosotros podemos mirar como una especie de línea que es la historia de la humanidad, y dentro de toda esa línea, hay un pequeño fragmento que es el tiempo en el que nosotros vivimos.
Si se piensa en los miles de años de civilización que tiene la humanidad. Y luego, uno piensa que como dice el Salmo que “El más robusto de los seres humanos llega hasta los 80 años”.
Entonces dice uno, que nuestra vida es como una franja, como un pedacito de esa larga línea, y que Dios nos pide que seamos responsables, por así decirlo, con ese pedacito, con ese trozo.
Nosotros no tenemos que encargarnos de las personas de hace mil quinientos años, ni de las personas que vendrán a este mundo dentro de cuatrocientos u ochocientos años. A nosotros se nos pide que tengamos responsabilidad, solidaridad, amor, con estas personas cerca de nosotros en el tiempo.
Y algo parecido sucede con la dimensión espacial, con el espacio. Nosotros no vamos a responderle al Señor Dios, de todas las personas que habitan en este momento la Tierra.
Fíjate como Jesús con todo el amor y el poder de Dios, Jesús, no curó a todos los ciegos, ni sanó a todos los leprosos, Jesús hizo el bien a aquellos que estaban cerca de Él.
Hablando de una manera infantil, Jesús hubiera podido como por decreto mágico, decir “Que se acabe la ceguera en la Tierra” o “Que se acabe la lepra en la Tierra”.
La Organización Mundial de la Salud, lucha contra ciertos microorganismos, virus o bacterias, hasta lograr casi casi erradicarlos del planeta Tierra. Hay ciertas enfermedades de las cuales ya sólo se es están registrando decenas de casos, y aun menos, en toda la tierra, son enfermedades casi erradicadas del planeta.
Pero Jesús no obró como la OMS diciendo “Bueno, que el bacilo de Hansen -creo que es el de la lepra-, desaparezca de la Tierra, y con eso se curan de una vez todos los leprosos. Así no fue como obró Jesús; bueno, estas son cosas bien infantiles las que estoy diciendo, yo sé.
Tampoco dijo “Bueno que desaparezca el bacilo de Koch, y con eso desaparece la tuberculosis del planeta Tierra”.
Él no obró así, el dio señales de amor real para aquellas personas que estaban cerca de Él en su tiempo y en su espacio. Y eso es también lo que Dios quiere de nosotros.
Dios no le a recargado toda la humanidad a ninguno de nosotros. Dios no le echo encima, no nos echo a cuestas, la humanidad a ninguno de nosotros.
Sino que más bien quiere que nosotros hagamos como una especie de malla, como una especie de red de amor. Una malla, una tela donde puedan caer, aquellos que pasan enfermedad que pasan dolor, que sufren pobreza o marginación.
En los incendios, a veces sacan una tela grandota que agarran entre muchas personas, y las personas, los que están allá en el edificio que se está incendiando, se tiran a esa tela y caen allá, y allá los sostienen. El ser humano se puede salvar, la humanidad se puede salvar, la Tierra la hizo Dios para todos.
Pero, el asunto no es que ninguno de nosotros se crea muy superman, o se crea la Organización Mundial de la Salud, y crea que va a poder erradicar todos los problemas.
¡No! El ser humano es frágil, nosotros somos débiles, nos cansamos, decaemos, desfallecemos. Pero, lo que sí podemos hacer y eso fue lo que hizo Cristo, es favorecer que se vayan creando redes, tejidos de amor, mallas de solidaridad, que hagan como una gran tela en la cual puedan caer las personas que no soportan más, las personas que desfallecen, las personas que no pueden más.
Parece que el mundo como Dios lo pensó, es así, como una inmensa tela, como un inmenso tejido de amor, cada hilo pegado a los hilos que están ahí cerquita. Como un tejido en el que cada puntadita está unida a las otras puntaditas, una inmensa tela.
Un inmenso tejido, de manera que nadie se pierda, porque cuando alguno se va a caer, porque siente que la vida se le está incendiando y el edificio no lo soporta más, entonces puede encontrar una tela.
Hoy, los médicos de la mente, psiquiatras, psicólogos, van llegando a la conclusión, de que salvo casos muy extremos, el mejor lugar para las personas enfermas, es su propio hogar y es su propia sociedad.
Por eso, esos lugares que nosotros hemos creado, esos lugares donde recluimos a las personas que no nos aguantamos, esos son lugares donde nosotros nos ponemos a salvo de ellos.
Pero, muchas veces no son el mejor lugar para favorecer a esas personas, digo esto como un ejemplo, porque parece que si se tiene una red suficientemente amplia de amor, de solidaridad, en la familia, por ejemplo, el mejor lugar para el enfermo es que esté ahí.
Eso de que el anciano tenga un lugar por allá lejos, el lugar de los ancianos, y allá los metemos a todos para no verlos, para que no nos estorben, para que no nos fastidien. Y hacemos otro lugar para los locos, y hacemos otro lugar para los afectados.
Y vamos haciendo así lugares donde huimos de las personas. Así traducimos a la materialidad y a los edificios lo que hay en nuestro corazón, puesto que los hemos sacado de nuestro amor, también los queremos sacar de nuestra ciudad, los queremos sacar de nuestra vista, porque ya no los amamos.
Pero, Dios pensó las cosas de otro modo, Dios quiere como una red de amor, en la cual cada uno haga bien su puntada, en la cual cada uno sepa ayudar a los que tiene cerca.
Por eso, la importancia del amor al prójimo, es ese que está cerquita, cerquita a ti, viviendo necesidad, en trabajo, en tiempo, en espacio, el que está cerquita a ti, cuida a ese, cuídalo, estate cerca de ese, únete a él.
Y de esa manera se puede hacer como un gran tejido, y si alguno de pronto se va a caer, pues ahí se le puede sostener.
Las comunidades religiosas, en buena parte, estamos llamadas a hacer eso. A mí me parece que el símil más visible, el más original que podemos dar, es el de una malla, un tejido en el amor de Dios.
No un club, porque los clubes son también tejidos, pero tejidos por interés, por otros intereses, no.
Es mostrarle al mundo, el tejido, el tapiz de Dios, ver cómo Dios puede entrelazarnos unos con otros, de manera, que el que va a caer puede ser sostenido, no por la simple simpatía y las fuerzas humanas, sino por ese Dios que en todos nosotros habita.
Que realice Él ese plan en nosotros, y si estas imágenes ayudan para que amemos más y para que amemos mejor, bendito sea el Señor.