I012002a
Fecha: 19990112
Título:
Original en audio: 23 min. 42 seg.
Dice la constitución Dei Verbum, de Vaticano Segundo, que Dios se reveló por medio de obras y por medio de palabras. Esto se nota bien en las lecturas que la Iglesia nos presenta en este día.
Mientras que el evangelio nos manifiesta o deja de manifiesto obras maravillosas de Jesucristo, la Carta a los Hebreos reflexiona sobre esa preciosa enseñanza, esa prciosa teología del Padre que es jesucristo. Jesús es al mismo tiempo la Palabra que ilumina y la Palabra que transforma.
Es una Palabra que se dirige a nuestro entendimiento, pero también es una Palabra que hace posible el mismo entender; una Palabra que obra y una Palabra que enseña.
En este caso, quisiera yo referirme sobre todo a la Carta a los Hebreos. Hay una comparación con los Ángeles y luego hay un par de misterios que asoman en este texto que hemos escuchado. Primero, cómo se da ese cambio entre el hombre que estaba como inferior a los Ángeles y que luego recibe el que le sean sometidas todas las cosas. Ese es el primer misterio. ¿Cómo se da ese ascenso?
Y segundo, visto que se tata de un ascenso, qué lugar tiene el sufrimiento dentro de ese cambio, dentro de esa promoción, esa evolución del ser humano, que ya contemplamos en Jesucristo, pero que también la creemos posible para nosoros. Porque dice, en efecto: "Dios juzgó conveniente,para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al Guía de su salvación" (véase Carta a los Hebreos 2,10).
Esto suscita una pregunta. No habíamos pensado tal vez en que el sufrimiento fuera una manera de consagrarse uno, y no habíamos pensado tal vez en que el sufrimiento fuera una manera de perfeccionarse. En relidad nuestras dos inquietudes quedan ahí como resumidas.
Mire usted que tenemos a Jesucristo, y el camino de ascenso, que incluso supera a los Ángeles, es el camino del sufrimiento, es como una especie de doble paradoja. ¿Cómo así que es el sufrimiento el que hace esa obra, el que perfecciona y el que consagra? Cuánta importancia pueda tener, entonces, la Pasión de Cristo, queda ahí ante nuestros ojos. Porque la Pasión de cristo es, sin duda, el culmen de ese sufrimiento, que entonces perfecciona y consagra.
Pero nos preguntamos, ¿esto cómo es? El Santificador y los santificados proceden todos del mismo; el santificador, el que hace santos, indudablemente se refiere a Jesús; y los santificados, indudablemente se refiere a nosotros, los que creemos en Jesús. Y esa procedencia, ese de dónde proceden, evidentemente se refiere a Dios, porque ha dicho que "Dios es aquel para quien y por quien existe todo" (véase Carta a los hebreos 2,10).
Entonces, ahí tenemos una inquietud, ahí tenemos una pregunta. ¿Cómo puede el sufrimiento perfeccionar, cómo puede el sufrimiento consagrar? Tal vez ese exto no lo hemos explotado suficientemente, ¿qué tal eso: una consagración por el sufrimiento? ¿O qué tal esto otro: personas consagradas en el sufrimiento?
Tal vez a eso ayudan las llamadas "almas víctimas", ¿qué es un alma víctima? Eso a veces suena por ahí en círculos piadosos o místicos, pero de ahí no suena más un alma víctima. A veces en los monasterios se escucha este deseo: "Padre, quiero ser un alma víctima".
Es muy importante la palabra alma porque si sólo quiere ser víctima, es posible que más bien quiera que la traten como víctima. Ahí debe haber algo: la consagración a través del sufrimiento. Sigámosle la pista. En la antigua Iglesia, cuando se realizaba el sacramento de la Confesión, pues no era según nuestra costumbre actual, estoy hablando de los primeros siglos.
La Confesión no era privada, propiamente dicho, la Confesión era más bien pública, era solemne y era administrada casi sólo por el obispo; era el obispo el que administraba este sacramento, y lo administraba en fechas señaladas, usualmente en la Pascua. Entonces, ante ciertas faltas doctrinales o de costumbres, muy graves, las personas entraban en un proceso, en un camino de reconciliación.
Y ese camino de reconciliación les llevaba a tomar un estado de vida, ese estado de vida era el orden de los penitentes, empezaban a hacer penitencia, y hubo lugares en donde había el hábito de los penitentes. Entonces, por ejemplo, en la Santa Misa, pues asistía el pueblo de Dios, claro, y en cierto lugar había un grupo de personas con un sayal tosco, un poco marginadas en cierto sentido del resto de la asamblea, en actitud recogida, humilde, ¿quiénes eran? Los penitentes.
Y esto duraba semanas, duraba meses, a veces, y casos se conocían que duraba años, hasta que llegaba el gran día de la reconciliación. Ese gran día, entonces el obispo presentaba a estas personas ante la comunidad y toda la gente sabía de quiénes se trataba: se trataba de los que habían hecho penitencia durante ese tiempo, ellos habían sido consagrados por el sufrimiento; el sufrimiento, la penitencia les había dado un rostro particular dentro del pueblo de Dios.
Y estos penitentes se presentaban ante el obispo y el obispo, después de decir las palabras correspondientes, recordando a todos de la misericordia y de la gracia de Cristo y del poder que daba la Iglesia para anbsolver pecados, absolvía efectivamente a estos, que entonces podían recobrar una vestidura blanca, señal de su bautismo, y quedaban reconciliados, y era fieta en la Iglesia.
Podía, en ese tiempo, el pueblo de Dios, podía como mirar muy claramente con sus propios ojos la realidad de aquello del hijo pródigo: "Este hijo estaba muerto y ha vuelto" (véase San Lucas 15,32). Hoy, la manera de confesarnos, quizá es demasiado privada; casi nadie sabe cuándo uno se confiesa, si no se confiesa, con quién se confiesa, cómo se confiesa, de qué se confiesa.
Lo delsigilo sacramental tiene mucho sentido, pero yo soy uno de los que piensa que debería de algua manera la Iglesia recobrar las expresiones públicas de sufrimiento, de penitencia, porque ahí está la Carta a los Hebreos, que habla de que el sufrimiento consagra, hay una consagración por el sufrimiento.
Y las personas, los creyente de aquella época iban teniendo como una evolución; a medida que pasaba el tiempo iban teniendo una evolución con esos penitentes. Usualmente se trataba de faltas graves, por ejemplo, haber tergiversado la fe, haber enseñado mal, haber apostatado, haber renegado de Dios, haber cometido adulterio, cosas así.
Pues bien, las personas empezaban mirando ese dolor de esos penitentes como ua especie de castigo, indudablemente se podía ver así tal vez, "que tengan su merecido". Pero el tiempo pasa, las semanas pasan,los meses pasan, y esos humildes, queiban con hábito humilde, esos huymildes ya no suscitaban expresiones de rabia y de castigo, sino más bien expresiones de misericordia.
Porque toda la asamblea se daba cuenta de que pasaban las semanas y estas personas perseveraban en sus ayunos,perseveraban en sus penitencias, no podían comulgar, se retiraban silenciosa y humildemente del templo, entonces ya no suscitaban el anhelo del castigo sino un sentimiento de compasión, que hacía que toda la Iglesia pudiera de alguna maneraparticipar del corazón de Papá Dios.
Y pasaba el tiempo