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Fecha: 20080101
Título: Vivamos en la gratitud y supliquemos bendición
Original en audio: 15 min. 51 seg.
La Navidad y la llegada del Año Nuevo son fechas que tienen un marcado carácter familiar. Personas hay, que viajan desde largas distancias, con el único propósito de encontrarse con sus seres queridos.
Esto debería ser motivo de júbilo en todas partes. Pero, resulta que hay un fenómeno que se está presentando, y es que para un número importante de personas, estas fechas son difíciles por diversas razones.
Son difíciles, porque, por ejemplo, recuerdan a seres queridos que han muerto. O son difíciles, porque no se alcanza a reunir toda la familia; falta alguien. O son difíciles, porque al comparar con otras Navidades o con otros encuentros, sienten que lo que están viviendo en este momento es pobre, o es pálido en comparación con lo que antes tenían.
También está el caso de las personas que tienen hermosos, de pronto demasiado bellos recuerdos del tiempo de la infancia. Y cuando son adultos, no encuentran de qué ilusionarse, no encuentran algo que despierte su imaginación, que despierte hasta cierto punto la fantasía, como podía ser la Navidad.
Lo que cuando éramos niños solía ser ocasión de regocijo, como esperar unos regalos, cuando ya nos volvemos adultos, a veces es más una carga que otra cosa. Porque, durante muchos días en diciembre, hemos tenido que estar con la angustia, "y ahora, ¿qué le compro a quién?" Entonces, tenemos el riesgo de perder estas fiestas.
Yo aludía discretamente al comienzo de esta Eucaristía, a esa seriedad, a esa especie de tal vez cansancio, o tal vez preocupación, o tal vez ausencia de gozo, simplemente, que hay en muchos corazones.
Y resulta que estas celebraciones, estas fiestas, son de lo más bello que hay. Por ejemplo, esta Fiesta de María, Madre de Dios, es no sólo una fiesta hermosa, sino que es la más importante de las fiestas de la Virgen.
Queda ahí como escondida, porque el primero de enero la gente está trasnochada. Algunos están indigestos, -casos hay que tenemos cercanos-, otros se encuentran enfermos, otros nostálgicos. Y todo el color, toda la belleza de la Fiesta de María, Madre de Dios, se pierde.
He estado pensando varias veces sobre cómo pudiéramos ayudar. Porque, no se puede hacer violencia, claro está. ¿Cómo pudiéramos ayudar a que las personas que se sienten decaídas, o que sienten que le falta color y vida a estas fiestas, pudieran recuperar su sentido?
Y al respecto quiero ofrecerles algunas cuantas propuestas muy prácticas. La primera de ellas, es que no sirve tratar uno de ilusionarse artificialmente. Si algo tiene de bello la fantasía, la ilusión o la imaginación que uno puede tener de niño, es que precisamente es algo en lo que se cree genuinamente.
Y uno no puede engañarse a sí mismo. Tratar de vestir artificialmente a la Navidad o al Año Nuevo, vestirlo de lo que uno recordaba de niño o de joven, no sirve.
En muchos de nuestros hogares, las personas que nos encontramos, ya somos todos adultos, hay pocos niños, y en estas circunstancias, tratar de jugar a que somos niños, no sirve. ¡No sirve! Nadie se puede engañar a sí mismo. Así, que esta es la primera recomendación.