N31d006a
Fecha: 20071231
Título: Algunas reflexiones sobre el tiempo
Original en audio: 15 min. 40 seg.
La velocidad del tiempo, si se puede hablar de esa manera, no cambia en esta noche. Esta noche, desde el punto de vista de las estrellas y los astros, es quizás una noche más. Pero, a nosotros, los seres humanos, nos ayuda llevar una cuenta de los años, nos ayuda recordar que el tiempo va transcurriendo.
Y por eso, esta es una época en la que hacemos evaluaciones. ¿Qué pasó con los propósitos que yo hice el primero de enero de 2007? Ahora, ya termina este año. ¿Qué tanto se logró de eso que se prometió? Esa es una forma de evaluar.
Los bancos, los comercios, las empresas, hacen sus propias evaluaciones también. ¿Qué se consiguió? ¿Nos fue mejor este año? ¿Nos fue peor? ¿Qué se hizo? Y así, sucesivamente. Es importante tomar esa conciencia del tiempo que pasa.
Nosotros tenemos una razón adicional. Y es que para nosotros, cristianos, el tiempo tiene un sentido de regalo continuo y de ofrenda permanente. El tiempo es el primer y fundamental regalo que Dios nos da, porque estar vivo significa, mientras estamos en esta tierra tener tiempo, contar con un poco de tiempo.
A la vez, el tiempo es una ofrenda. Porque, nosotros, como cristianos, ofrecemos la eucaristía de la vida. Nuestra vida misma es eucaristía. Y eso sólo se logra ofreciendo el día y la noche, los minutos y las horas, ofreciendo, en fin, el tiempo. ¡Convertir el tiempo en nuestra ofrenda! ¡Convertir el tiempo en nuestra eucaristía!
Hoy le presentamos al Señor, por ejemplo, el año 2007. Un ejercicio interesante es, si pusiéramos una bandeja aquí y le pidiéramos a esta asamblea: "Tú, ¿qué traes para poner en esa bandeja? ¿Cuál sería ese objeto, papel, -o no sé-, prenda de vestir, juguete o aparato que pondrías tú ahí? Este año 2007, ¿en qué ha sido distinto para ti?"
Dios te ha regalado 365 días. ¿En todos esos regalos hay algo que destacar? ¿Qué fue lo que te sucedió este año que no había sucedido antes en tu existencia? ¿O fue un año que se repitió? ¿Fue una fotocopia de otro tiempo? ¡Seguramente que no!
¿Qué quisieras traer tú aquí como ofrenda? ¿Qué quisieras poner ahí? De pronto, una pareja podría dejar una copia de la escritura de la casa, porque han asumido ese compromiso.
De pronto, una religiosa diría: "Este año fue el año en el que hice mi primera profesión". Entonces, pondría ahí, un anillo o un velo, algo que hablara de su consagración. De pronto, un escritor podría traer su libro, ese libro que le costó tanto esfuerzo.
Yo quiero detenerme un momento para preguntarte, ¿qué quieres ofrecerle tú al Señor este año? ¿Cómo resumes tú este año en tu vida? La vida no puede pasar, simplemente, como que salió el sol, corrió el sol, se ocultó el sol, se hizo de noche, nació el sol, corrió el sol, se ocultó el sol ... .
¡Algo tiene que estar sucediendo en tu existencia! ¿Qué fue lo nuevo que trajo esta etapa a tu vida? ¿Qué es lo que tú quisieras entregarle al Señor como gratitud, como ofrenda del tiempo que ha transcurrido? Ahí te dejo esa inquietud. Puede servir también como materia de conversación en alguna reunión que haya después de esta Eucaristía.
Por otro lado, el tiempo nos hace despedirnos de la gente que ya no volveremos a ver. Por supuesto, en mi familia, el nombre que viene es el de mi cuñada recientemente fallecida. Cada año va dejando una serie de nombres, amigos nuestros, vecinos, parientes. Ellos, de un modo impresionante, nos están recordando que también nosotros pertenecemos a la misma raza.
Como decía el papá de un sacerdote amigo: "Todos esos que van muriendo, nos están recordando que ahí va el surco". Ahí va el surco y se va acercando también. ¿Cuándo será ese año, -tal vez está cerca, tal vez falta un poco-, en el que otros estarán recordando y diciendo: "Bueno, en este año se fue la hermana ... ". ¡Se fue!
El tiempo que pasa nos obliga a despedirnos. Es un despojo, es un continuo despojo. Pero, al mismo tiempo, es una riqueza. Porque, con el paso del tiempo también van llegando otros rostros. Esta casa religiosa, por ejemplo, no contaba con algunas de las voces que están presentes. A ver, ¿quiénes llegaron este año aquí, por favor? Ahí hay varias voces, varias voces que llegaron este año.
Luego, es a la vez un despojo y es una riqueza. Es a la vez un morir y un nacer. ¿Qué diremos? El tiempo es pascua, es morir y renacer. Y también nosotros, en algún momento, tendremos que dar nuestra cuota.
También nosotros tendremos que despedirnos y tendremos que decir, -ojalá con plena conciencia, con plena lucidez-, decirle al mundo, a la Iglesia y a nuestra comunidad: "Gracias por todo. Hasta aquí llego. ¡Ánimo! ¡Bendiciones! Nos vemos en el Cielo".
El tiempo trae esas despedidas y el tiempo trae esos saludos. Para nosotros, creyentes, el tiempo, sin embargo, no es un círculo, no es la repetición, no es el eterno retorno. El tiempo es una flecha, tiene una dirección. El tiempo apunta hacia una plenitud en Dios.
Cada año nosotros recordamos esto, especialmente en la Pascua. Sé muy bien que la celebración de la Semana Santa queda un poco entre brumas en este momento. Mas, conocemos el rito. Cuando se toma el cirio pascual, se graba con el año.
Cada cirio pascual es único; tiene un año. Ese año indica dos cosas: el tiempo que ha transcurrido desde la llegada de Cristo a esta tierra, pero también, que seguimos esperando el definitivo retorno del Señor.
Es decir, al despedir este 2007, nosotros, como cristianos, no podemos dejar de hacer un reclamo de amor a Cristo. Porque, estamos esperando que Él vuelva. Entonces, cuando termina el año, le estamos además diciendo a Jesús: "Señor, se acabó este año y no volviste. Se acabó este año y te seguimos esperando, Señor".
Por lo tanto, el cambio de año es también una manera de afianzar nuestra esperanza, es una manera de levantar nuestro ardor mientras aguardamos a Jesús que vuelva. Porque, no todos los años serán iguales. Habrá un año, -no sabemos cuál-, que será el último de los años.
¡Vendrá el Señor! Eso parece imposible, eso parece fantasioso. Mas, Jesús nos dice en el evangelio: "Igual que sucedió en tiempos de Noé, sucederá cuando vuelva el Hijo del hombre" (véase San Mateo 24,37). Es que en tiempos de Noé, la gente compraba y vendía, se casaban y se separaban, hasta que Noé entró en el arca.
Mientras que la visión pagana es que nunca sucede nada y que todo se repite, la visión nuestra es, "Kayrós". El tiempo para nosotros tiene color, tiene perspectiva, tiene dirección, -casi digo-, tiene perfume. Nosotros vamos sintiendo el olor de la Pascua de Cristo a través de los años y de los siglos.
Nosotros vamos persiguiendo el rostro de la Sangre redentora, purificadora de Jesús a través de los años. Y vamos buscando a ese Señor que también viene al encuentro de nosotros, que también viene saludando nuestra esperanza, dispuesto a abrazarnos y a llevarnos a esa Casa donde ya no existe el tiempo, esa Casa con muchas habitaciones.
Que estas reflexiones nos ayuden a santificar nuestros días, a sentirnos felices de existir, pero, asimismo, a comprender la responsabilidad que significa tener un día. ¡Un día es una tremenda responsabilidad!
Aquí, en Colombia, recordamos con amor a un buen predicador, un sacerdote generoso, el Padre Rafael García Herreros, que centró la espiritualidad de su vida a partir de lo que hoy hemos meditado. Él decía: "¡Es tan breve el paso por esta tierra, son tan largos los siglos y es tan breve la vida! ¡Es como un minuto! Si va a ser un minuto, que sea un 'minuto de Dios' ".
Entonces, de ahí viene la expresión. Y por tanto, él sostiene: "Yo quiero que mi vida, que es tan breve porque es un instante entre dos eternidades, que mi vida, que es sólo un minuto porque apenas estamos saludando y ya nos toca despedirnos, si mi vida va a ser un minuto, que mi vida sea un minuto de Dios, un minuto en el que Él realice su obra".
Cuando uno toma esta perspectiva, ¿no es verdad, mis hermanos, que muchas cosas parecen más pequeñas de lo que usualmente las tratamos? Esas dificultades, esos disgustos de la vida cotidiana, esos pequeños asuntos en que nos enredamos, de veras que se ven muy pequeñas cuando pensamos en las eternidades que nos flanquean como pasado y como futuro.
¡Qué pronto termina la vida! ¿En qué voy a gastar mi vida? ¿En pequeñas discusiones? ¿Alegando por un poco de poder?
Hay una historia que he contado varias veces. Se trata de una señora, vecina de nuestro Convento, inteligente, bella, rica, -bueno, señora, no; no se casó en realidad-, y con un talento superior para los negocios. ¡Impresionante! Tenía una capacidad para hacer plata, que parecía el rey Midas: como que todo lo que tocaba lo volvía dinero.
Pero, lamentablemente, esta mujer con algo más de treinta años, estaba muriéndose. Y efectivamente murió víctima de un cáncer. En esa ironía, en ese mal chiste de la vida que se convirtió en el camino de su muerte, varios de los religiosos del Convento de Santo Domingo tuvimos ocasión de conocerla, orar con ella y orar por ella.
Cuando estaba agonizando, seguía recordando sus negocios. Le faltaban tres o cuatro días para morir, y estaba pensando en dónde iba a invertir el dinero que había ganado la semana pasada.
¿No es verdad que suena un poco ridículo a pesar de que fueran gruesas sumas de dinero, a pesar de que tuviera un talento tan grande para multiplicar los bienes sobre esta tierra? ¿De qué vale eso, si ella misma tenía que dejar esta tierra?
Por esta razón, los Santos a veces se les representa con una calavera. ¿Se han preguntado ustedes eso? ¿Por qué tantos Santos los representan con una calavera? Usualmente, San Francisco de Asís, Santa María Magdalena y muchos otros, los representan con una calavera. Es una manera de aludir, ¿a qué? A la meditación sobre la muerte, como quería el Padre Rafael García Herreros.
"Mi vida es breve. ¿En qué la voy a gastar? El tiempo pasa pronto. El tiempo que se va, ya no vuelve. Cristo me espera, Cristo espera a la humanidad entera. ¿Qué estoy haciendo con mi vida?"
"Señor, conviérteme a ti. Haz que mi vida se gaste en lo que es esencial. No importan los millones sobre este planeta, si tendré que dejarlos aquí. Dame la recta perspectiva, dame la recta sabiduría para administrar lo que muere y poder ganar lo que nunca muere".
Y cuanto más jóvenes somos, pues más debemos pensar que los jóvenes también se mueren. Cinco de mis compañeros de colegio, -y yo no es que sea demasiado viejo-, ya han muerto. ¡Cinco! Algunos de ellos, muy pronto, en aquella época en la que estábamos terminando la secundaria.
La muerte no respeta, bien se dice. La muerte nos iguala a todos. Entonces, que la vida de todos y cada uno de nosotros sea una ofrenda a Dios.
"Mi día es tuyo y mi noche igualmente, Señor. Lo que he hecho lo dejo en tu misericordia. Lo que soy lo encomiendo a tu Providencia. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!"
Amén.