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Fecha: 20021229
Título: Tres enseñanzas en la Fiesta de la Sagrada Familia
Original en audio: 21 min. 22 seg.
Hermanos:
El domingo después de Navidad, la Iglesia celebra la Fiesta de la Sagrada Familia. No podemos celebrar al Niño, sin dar gracias a Dios por la familia del Niño, la familia con la mayor densidad de santidad en todo el universo: José, María, Jesús, la Familia Sagrada.
Esta es una fiesta tan importante, que cuando no hay ningún domingo entre la Navidad y el primero de enero, la Iglesia pide que se tome el día treinta de diciembre para celebrarla. Porque, en ningún año debe faltar la Fiesta de la Sagrada Familia.
Compartamos, entonces, algunas reflexiones. La familia necesita del Salvador. La Sagrada Familia es la familia que tiene a Jesús. Y toda familia que recibe a Jesús, se vuelve una familia sagrada, se vuelve una sagrada familia.
Si Jesús no estuviera en esa familia, sería una familia bonita, sería una familia ejemplar. Pero, sólo hay una familia a la que llamamos la Sagrada Familia. Es la familia que tiene a Jesús.
Esa es la primera enseñanza para hoy. Cuando una familia recibe a Jesús, se vuelve una familia sagrada, se vuelve una sagrada familia.
En segundo lugar, pensemos en esto. Cuando vemos a Jesús más tarde, ya crecido, haciendo milagros maravillosos, regalándonos parábolas inolvidables, expulsando con poder a los demonios, en esas acciones grandes, visibles, es fácil reconocer la Salvación.
Sin embargo, Jesús no empezó a ser Salvador después del Bautismo. Jesús lleva la Salvación en su propio nombre. El nombre Jesús, Jeshúa en hebreo o en arameo, significa, "el Señor salva". Jesús lleva la Salvación en su propio nombre, y Jesús es Salvador desde que es Jesús. Esta es la segunda enseñanza para hoy.
Es fácil reconocer la salvación en los hechos, en las obras espectaculares, multiplicación de panes, curación de leprosos, paralíticos sanados, ciegos que se les abren los ojos, sermones magníficos, exorcismos maravillosos.
Mas, Jesús no empezó a ser Salvador cuando empezó a hacer esas obras. La llama preciosa, la luz preciosa de la Salvación, antes de brillar en el mundo, brilló en la Familia de Nazareth.
Y por eso, la fiesta de hoy nos muestra otra cara de la Salvación. Si estamos acostumbrados a pensar la Salvación como una cosa extraordinaria, la fiesta de hoy nos invita a mirar la Salvación en las cosas ordinarias, las cosas del orden del día, las cosas sencillas y pequeñas de la vida. En esas cosas pequeñas, en eso ordinario, se manifiesta la salvación, se vive la salvación, o se pierde la salvación.
Yo digo que esta fiesta es como una especie de lupa. La lupa es aquel lente que nos permite ver las cosas en un tamaño mayor de lo que son. Esta es como una lupa, la fiesta de hoy. Nos invita a mirar cuánto se puede ganar, o cuánto se puede perder en la familia.
La familia es lugar de salvación, o la familia es lugar de perdición. Y la llama de la salvación, la llama de la gracia, el perfume del amor, tiene que sentirse en la familia como se sentía en la Sagrada Familia, como se sentía en la Familia de Nazareth. La familia es, o un lugar de salvación, o un lugar de condenación.
Llevamos dos enseñanzas, entonces. La primera es, cuando una familia realmente recibe a Cristo, se convierte en una sagrada familia. Y la segunda es, la familia es lugar de salvación, o lugar de condenación.
Jesús quiere derramar el don de la Salvación, ahí, en la familia. ¡Ahí!