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Fecha: 19991231

Título: Hemos contemplado la gloria de Dios

Original en audio: 14 min. 54 seg.

                                   CONTINUARÁ LA REVISIÓN

Indudablemente, el versículo catorce del primer capítulo San Juan acompaña, como una especie de tema fundamentales a toda esta Octava de Navidad: “La palabra se hizo carne, y acampó o habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria” (véase San Juan 1,14), es la expresión tal vez más resumida del misterio inmenso de la Encarnación y del Nacimiento de Jesucristo. Quiero destacar en esa expresión la relación entre la Carne y la gloria.

El Verbo de Dios existía desde toda la eternidad, pero no tenía carne desde toda la eternidad, asumió nuestra carne de acuerdo con el designio providencial y misericordioso de Dios, tomándola de las entrañas de la Virgen María, no como un accidente o una casualidad, sino como el momento final de una maravillosa epopeya de salvación que tiene sus comienzos en la Palabra dirigida por Dios a los Patriarcas.

Porque esa Palabra que se hizo Carne es en primer lugar, la Palabra que había sido dirigida ya a los profetas, en cierto sentido, como lo destacan los Padres de la Iglesia, esa Palabra había venido encarnándose, se había venido aclimatando, había ido tomando tomando el rostro y el rastro de la especie humana.

Ya cuando en la antigüedad se hablaba de la intervención de Dios, cuando se decía, por ejemplo: “Muéstranos tu rostro”, o: “Alégrense cielo y tierra” (véase Salmo 96,11); cuando se cantaban las intervenciones maravillosas de Dios, cuando se, cuando se cantaban las intervenciones maravillosas de Dios en nuestra historia, ya estaba como un preludio de esa Encarnación.

En las palabras sabias de los escritores cultos de Israel, en las palabras estremecidas de vida o de amor de los profetas, en esas palabras ya estaba palpitando la Palabra.

Y hay expresiones del Antiguo Testamento, ya tan tan cercanas a Jesucristo que nos quedamos realmente sorprendidos, como por ejemplo aquellos Cánticos del Siervo en Isaías, que retratan, que pintan maravillosamente el misterio del amor a través del sufrimiento, la salvación a través del dolor y del amor, esa es la Palabra que se ha hecho Carne, se ha hecho visible entonces.

Y por eso no podemos separar el misterio de la Encarnación de Dios del misterio de la manifestación de su gloria. Si la Encarnación estuviera privada de la gloria, sería una disminución de Dios. Pero esa Carne de la que se ha vestido el Verbo de Dios, esa Carne está ella misma está vestida de gloria, y por eso en Jesucristo hay que saber ver como ese doble vestido: la Carne que es humilde como la de nosotros, y la gloria que es sublime, mayor que nosotros pero para nosotros.

Hay que reconocer el misterio de la Carne para verle hermano nuestro, y hay que reconocer el misterio de la gloria para verle como Líder nuestro. Es hermano en nuestra desgracia pero es hermano también en nuestra salvación. Por el misterio de su Carne es hermano en nuestra desgracia, sabe Él de los males propios de nuestra historia, incluida la traición de los amigos, la soledad, los azotes y la muerte sobre todo

Es hermano en nuestra desgracia por su Carne, pero es hermano en nuestra victoria porque hace nuestra la suya. Y esa fraternidad, esa unión en su victoria es posible porque la misma gloria que resplandece en su Carne macerada, es la gloria que nos envuelve con su esplendor, a través de la predicación del Evangelio y a través la donación del Espíritu Santo.

De manera que aquí se cumple lo que canta la liturgia de estos días, el maravilloso intercambio: nosotros le dimos nuestra carne y Él nos dio su gloria, ha en todo quedado semejante a nosotros menos en el pecado. Pero es que el pecado nuestro ha sido vencido, De manera que cuando el pecado haya sido completamente vencido en nosotros, a saber, en la gloria celestial, seremos del todo semejantes a Él. Porque Él tendrá de nosotros nuestra carne y nosotros tendremos de Él su gloria.

Es maravilloso meditar en este versículo y descubrir que un mismo verbo, el verbo “ver”, sirve para estos dos vestidos, nosotros no podíamos ver a la Palabra si no se hace Carne, pero en ese mismo “ver” descubrimos la gloria de esa Carne, de nuestra carne. “Hemos contemplado su gloria” (véase San Juan 1,14), ahora que miramos a Jesucristo crucificado y glorificado, con unos mismos ojos y con un mismo acto están fundidos el misterio de la Carne y el misterio de la gloria.

El momento en el que se funden esos dos vestidos es cuando desaparece todo otro vestido, en la desnudez de la Cruz. Cristo, desnudo de toda ropa está sólo vestido de nuestra carne, pero allí en la Cruz, donde manifiesta la plena victoria sobre el pecado, sobre la muerte y sobre Satanás, manifiesta toda su gloria, de manera que Cristo Crucificado es al mismo tiempo el que está vestido completamente de nuestra carne y el que está vestido completamente de su gloria.

Por esto en la teología del evangelio de San Juan, el momento de la glorificación, el momento de acoger la gloria es el momento de la Cruz, cuando se quita todo vestido y queda solamente visible la gloria del que estaba vestido de nuestra carne.

De este modo, las señales, todas y cada una de las señales de lo que hubiera sido su derrota, se convierten en las señales de su gloria. La Carne que hemos visto nacer en esta Navidad, la Carne que adoramos en el Pesebre, el Cuerpo de Jesús tomado de la Santa Virgen, todo ese misterio del amor, está ahí camino de la Cruz.

Es impresionante meditar en el lugar de María en el Nacimiento y en la Cruz. En el Nacimiento estaba Cristo desnudo rodeado de Ella, protegido por Ella, arropado por Ella; brilla la gloria de Dios, y por eso los Ángeles en la noche de la Navidad han cantado: “Gloria a Dios en el cielo” (véase San Lucas 2,14).

Cristo en nuestra carne, Cristo desnudo en la gloria de Dios. Pues bien, es lo mismo que encontramos al final de la vida del Mesías, y luego está María como dando a luz nuevamente a Jesucristo, ya no para que Él nazca en nuestra carne sino para que nosotros nazcamos en su gloria. Ahí está Ella nuevamente, de nuevo Ella puede envolverlo con su amor, un amor que a la hora de la Cruz tiene el aspecto dramático de sufrimiento hasta el extremo.

De nuevo está Cristo desnudo y de nuevo brilla la gloria de Dios. Podemos decir que este primer momento de la vida de Cristo en la tierra, al nacer, se entiende, relacionándolo con el último momento, a la hora del Calvario y de la muerte. Y a su vez, este último momento queda iluminado por Belén. Belén y Jerusalén, la desnudez de la carne y el resplandor de la gloria.

“Hemos contemplado su gloria” (véase San Juan 1,14) ¿a qué se refiere esa expresión? En la noche de la Navidad las palabras gozosas de los pastores dan fe de esto, fueron y contaron lo que les había dicho el ángel, y se fueron felices, esos que visitaron al recién nacido, hubieran podido decir y seguramente dijeron: “Hemos contemplado su gloria”.

Pero fue también una contemplación de su gloria aquel día, que ya está cercano en la liturgia, en que los Sabios de Oriente se postraron ante Él, le dieron sus regalos y le reconocieron como Rey. También esos magos, cuando volvieron a su tierra por otro camino hubieran podido decir: “Hemos contemplado su gloria”.

Y Juan el Bautista cuando despúes de años de penitencia y meses de predicación, ve al Cordero de Dios, ve rasgarse los cielos, como quería Isaías, y descender al amor en forma de paloma, también hubiera podido decir lo que nos reuerda elevangelio de hoy: "Hemos contemplado su gloria"; este es de quien dije: "El que viene detrás de mí, pasa delante de mí, porque existía antes que yo" (véaseSan Juan 1,30 ).

Y ante los milagros de Jesucristo, ¿Qué decía la gente? "Hoy hemos visto cosas admirables" (véase San Lucas 12,26), o aquella otra expresión que me gusta tanto: "Es que todo lo ha hecho bien" (véaseSan Marcos 7,37 ). Los que contemplaron esas sesiones únicas de sanación, esos milagros de amor, al volver a sus casas podrían decir: "Hemos contemplado su gloria".

Y cuando con una palabra suya, palabra llena de esa autoridad única del Hijo de Dios, el demonio sale en retirada, y vuelve la paz, y el gozo se apodera del alma y la alabanza colma el corazón, la gente también pudo decir: "Hemos contemplado su gloria".

Pero todas esas obras tendrían su culminación precisamente en la hora de la Cruz, ahí hemos contemplado su gloria, ahí hemos visto por qué nuestra carne, ahí hemos entendido por qué el Pesebre, ahí hemos descubierto por qué está con nosotros con nosotros, por qué es Dios conn osotros porque si Él no fuera Dios con nosotros, no podríamos ser pueblo suyo, discípulos suyos, hermanos suyos.

Está culminando la Octava de la Navidad, también nosotros podemos decir: "Hemos contemplado su gloria", también nosotros podemos podemos decir: " Hoy hemos visto cosas admirables", también nostros podemos decir que hemos visto el cielo abierto, por lo menos entreabierto en esa herida del costado que ya habla de cielo

Al terminar esta Octava, nos falta la celebración de Santa María Madre de Dios, al terminar esta Octava, es ese versículo de San Juan el que mejor describe nuestro corazón: “Verdaderamente la Palabra ha acampado entre nosotros, verdaderamente noostros hemos contemplado su gloria”. (véase San Juan 1,14).