Navm003a
Fecha: 19971225
Título: Nuestros ojos ansiosos de infinito pueden hoy leer y descansar en esa Carne pequeña
Original en audio: 22 min. 26 seg.
Sólo el Verbo de Dios, asumiendo nuestra naturaleza, se encarnó y se hizo Hombre. Pero, si Dios, el Señor de los Cielos, se abaja, si Dios, el Señor de los Cielos, levanta la tierra, si precisamente hoy, si en esta noche, exactamente en esta noche, pueden abrazarse Cielo y tierra, si hoy pueden besarse el Cielo y la tierra, también hoy, los Ángeles, habitantes, dulces moradores de los Cielos, recorren los caminos de la tierra.
Sólo el Verbo de Dios se encarnó y se hizo Hombre. Mas, tanto se ha acercado el Cielo al suelo, que hoy en nuestro suelo se pueden escuchar las melodías celestiales, se puede contemplar la gloria del Padre.
Porque, dos modos hay de meditar en esta Noche Santa. Podemos hablar de cuánto ha bajado Dios, o podemos hablar de cuánto ha ascendido el hombre. ¡Humillación, la más profunda de Dios! ¡Exaltación, la más sublime del hombre!
El amor lo hizo posible, el amor que no conoce fronteras, el amor que atraviesa todas las puertas, el amor que vence todos los obstáculos, el amor que primero obra y luego con sus obras, da para pensar a todos los siglos.
¡Un instante, computable en nuestros días! ¡Un momento, como aquellos que tejen nuestra existencia! ¡No obstante, en ese momento, toda la eternidad, y en ese instante, todos los siglos! En ese momento y en ese instante, todo el amor se vuelca. "El celo del Señor lo realizará" (véase Isaías 9,7), había dicho con gesto solemne el Profeta Isaías.
Y es el celo del Señor, su incalculable amor, su amor irreversible y poderoso, su amor que desborda toda imaginación, no sólo de los hombres sino además de los Ángeles, -si en ellos hubiera imaginación también-, ese amor, más allá de todo pensamiento creado, ha realizado el misterio de esta noche.
Precisamente, de noche, precisamente, en la pobreza, porque la pobreza es como la noche del mundo y porque la noche es como la pobreza de la tierra. Precisamente, de noche, y precisamente entre los pobres, para que asimismo nosotros busquemos entre los pobres, y para que asimismo nosotros aguardemos de noche a Aquel que quiso nacer de este modo.
El misterio de hoy, el misterio de esta noche, lo prolonga la Iglesia a través de toda la Octava de Navidad. Porque, no cabe en la sóla contemplación de unas horas aquello que tampoco cabe en el pensamiento de todos los siglos. Y por eso, nuestra lengua se detiene, nuestro corazón tiembla de gratitud y de reverencia ante el misterio que nos anuncian los Ángeles y que nos predica nuestra madre, la Iglesia.
¿Qué podremos decir nosotros, si también estamos deslumbrados por la claridad de la gloria del Señor? ¿Qué podremos decir nosotros, si la Palabra está ahí, en silencio? ¿Qué podremos decir nosotros, si en esa Carne tan pequeña, tan frágil, tan pobre, está todo lo que Dios quería decirnos?
Si Dios hace su Palabra, así, pequeña y frágil, hoy, nosotros, lo mismo que aquella Santa, Mística y Doctora, Catalina de Siena, ¿qué diremos? Cuando Dios le regaló una sublime visión a Catalina, ella, que había recibido del mismo Dios una elocuencia que pasma a los sabios, ella, Doctora de la Iglesia, con los ojos abiertos y el corazón embelesado, dijo: "¿Ahora, qué puedo yo responder?"
Y empezó a balbucir: "¡Ah! ¡Ah!" ¡Suspiros! ¡Gemidos! ¡Glosalia, tal vez! Don de lenguas necesitamos en esta noche, porque se acaban las palabras.
Y sin embargo, en esa Carne está el mensaje de Dios. Si el corazón únicamente puede gemir de gratitud, -no de dolor esta vez-, el pensamiento quiere embriagarse también. Si el corazón está saciado de amor, el entendimiento quiere saciarse de luz.
Por tanto, con la humildad de los pastores y con la alegría de los Ángeles, vamos a acercarnos un poco al Pesebre. Porque, es el Cielo quien lo ordena hoy.
Es el Cielo quien lo ordena: "¡Hay que ir! ¡Hay que ir! Encontraréis un Niño envuelto en pañales, acostado en un Pesebre" (véase San Lucas 2,12). ¡Hay que ir! ¡Hay que ir al Pesebre! Hay que postrarse ante el Niño. Hay que mirar esa Carne. Hay que buscar la manera de mirar esos ojos.
Quizás, a medida que Él llore un poco, a medida que Él diga sus balbuceos, tal vez podrá nuestro entendimiento, con Él, con ese Niño pequeño, volver a aprender a hablar. Quizás, mientras Él va creciendo, mientras Él va diciendo sus primeras palabras, también nosotros aprendamos de nuevo a hablar.
Porque, quizás se nos ha perdido el alfabeto. Porque, quizás las palabras fundamentales se nos han disuelto en la mentira de los días. Porque, quizás, las verdades más profundas andan por ahí, rasgadas y desnudas, prostituidas y sucias, y quizás, necesitamos volver a aprender a pensar, volver a aprender a hablar. Para decirlo de una vez, necesitamos nacer de nuevo.