Ba04001a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19961222

Título: La fe de David en la gracia de Dios permite su cumplimiento en Jesucristo

Original en audio: 12 min. 54 seg.


La primera lectura y el evangelio nombran a David. La primera lectura nos cuenta la promesa que Dios hace a David, y el evangelio nos cuenta cómo esa promesa se ha cumplido. Dios promete a David una dinastía, y esa dinastía se realiza en la persona de Cristo, como escuchamos en el evangelio.

David, sabemos bien, no fue el primer rey de Israel, sino el segundo. El primero fue Saúl. Y es bueno reconocer la diferencia entre David y Saúl, para reconocer también la diferencia entre nuestras fuerzas y la fuerza de Dios.

¿Cómo era Saúl? Era un guerrero alto, fornido, seguro de sí mismo. Saúl es comparable en su origen a los reyes de otros pueblos. Casi siempre en esos pueblos antiguos, resulta siendo rey un guerrero, alguien que tiene fuerza, que se ha acreditado con victorias, y que por lo tanto, convoca al pueblo en torno a sí.

Casi siempre, el rey en esos pueblos antiguos, tiene su origen en la victoria bélica. Sus manos, entonces, están manchadas de sangre. Está acostumbrado a matar para reinar, a imponerse y así, a conseguir el reino.

Saúl no es la excepción en este principio general sobre los reyes de esta tierra. Saúl, de la tribu de Benjamín, hijo de Quis, es un hombre alto, seguro de sí mismo, jefe de tropa, que ha emprendido con éxito campañas militares y ha vencido. Ese fue el primer rey de Israel.

¿Cuál es el problema de ese primer rey? ¿Por qué Dios lo descarta? Porque ese rey, precisamente, está tan seguro de su altura, que le cuesta trabajo abajarse. Está tan convencido de su fuerza, que le cuesta trabajo ser débil y recibir la fuerza de Dios. Mejor dicho, le cuesta trabajo reconocer que también él es débil.

Saúl no se humilla fácilmente; Saúl no obedece. Él siente que él es el general de los ejércitos de Israel, y se le olvida que el Rey de los ejércitos es el Señor. Por consiguiente, cuando Dios le va dando instrucciones, -porque Dios es el verdadero Rey de los ejércitos-, Saúl no soporta ser el segundo.

La cuestión hace crisis, cuando Dios en cierta batalla le encomienda que entregue al anatema todo el botín de la victoria, que no se reserve nada para sí mismo. Y Saúl no hace caso con el pretexto de ofrecer unos sacrificios, ofrendas religiosas al Dios de Israel. Luego, Saúl es el hombre fuerte, traicionado por su misma fuerza.

David es distinto. Tal vez recordamos en qué circunstancias fue encontrado él. Samuel, el Profeta, va a la Casa de Jesé y quiere hallar el designio de Dios. Cuando pasa el primero de los hijos de Jesé, es alto, fornido, seguramente imponente.

Y Samuel, todavía pensando a la manera humana, cuando ve ese primero de los hijos de Jesé, dice en sus adentros: "Quizás sea éste el elegido del Señor" (véase 1 Samuel 16,6). Pero, esa voz misteriosa que hizo a Samuel profeta, inmediatamente le replica: "¡No! La mirada de Dios no es como la mirada del hombre" (véase 1 Samuel 16,7).

El resto de la historia la conocemos. Pasan los hijos de Jesé, se acaban los hijos, y parece que ahí no hay rey. Samuel pregunta: "-¿No quedan más muchachos? -¡Sí! El más pequeño que está cuidando las ovejas, que está con el rebaño" (véase 1 Samuel 16,11).

De manera que si Saúl es el más grande, David es el más pequeño. Si Saúl está acostumbrado a matar para reinar, David está acostumbrado a proteger la vida, a cuidar el rebaño. El uno sabe bien cómo acabar la vida, y el otro está aprendiendo a cuidarla.

¿Quién es Saúl? Un hombre que cuenta con la fuerza de sus brazos y con la fuerza de un ejército. ¿Quién es David? Un hombre que en medio de los peñascos, de esos campos y pedregales, sólo cuenta con su astucia, con la oración y la gracia de Dios, para vencer a los enemigos del rebaño.

Por eso recordamos, que cuando David se enfrenta con el gigante aquel de los filisteos, dice: "El mismo Señor que me ha permitido librar al rebaño de leones y fieras, ahora va a permitir que yo libre a este otro rebaño, que es Israel, de esta otra bestia, que es ese gigantón" (véase 1 Samuel 17,37). David está acostumbrado a proteger el rebaño y a confiar en Dios.

Quizá en todo el Antiguo Testamento, la imagen más nítida de esa fe en la gracia y en la unción de Dios, la encontramos en David. De ahí que son tan distintos los finales de Saúl y de David.

Dios descarta a Saúl y elige a David. Saúl se llena de envidia y de muchas formas intenta asesinar, destruir a David. Y fíjate cómo, mientras Saúl hace esfuerzos casi ridículos por acabar con David, David, una y otra vez, teniendo él mismo la ocasión de matar a Saúl, no lo hace. Saúl no respeta la voz de Dios que ha elegido a David. Y en cambio, David sí respeta la unción de Dios que ha consagrado a Saúl.