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Fecha: 19961222

Título: La fe de David en la gracia de Dios permite su cumplimiento en Jesucristo

Original en audio: 12 min. 54 seg.


La primera lectura y el evangelio nombran a David. La primera lectura nos cuenta la promesa que Dios hace a David, y el evangelio nos cuenta cómo esa promesa se ha cumplido. Dios promete a David una dinastía, y esa dinastía se realiza en la persona de Cristo, como escuchamos en el evangelio.

David, sabemos bien, no fue el primer rey de Israel, sino el segundo. El primero fue Saúl. Y es bueno reconocer la diferencia entre David y Saúl, para reconocer también la diferencia entre nuestras fuerzas y la fuerza de Dios.

¿Cómo era Saúl? Era un guerrero alto, fornido, seguro de sí mismo. Saúl es comparable en su origen a los reyes de otros pueblos. Casi siempre en esos pueblos antiguos, resulta siendo rey un guerrero, alguien que tiene fuerza, que se ha acreditado con victorias, y que por lo tanto, convoca al pueblo en torno a sí.

Casi siempre, el rey en esos pueblos antiguos, tiene su origen en la victoria bélica. Sus manos, entonces, están manchadas de sangre. Está acostumbrado a matar para reinar, a imponerse y así, a conseguir el reino.

Saúl no es la excepción en este principio general sobre los reyes de esta tierra. Saúl, de la tribu de Benjamín, hijo de Quis, es un hombre alto, seguro de sí mismo, jefe de tropa, que ha emprendido con éxito campañas militares y ha vencido. Ese fue el primer rey de Israel.

¿Cuál es el problema de ese primer rey? ¿Por qué Dios lo descarta? Porque ese rey, precisamente, está tan seguro de su altura, que le cuesta trabajo abajarse. Está tan convencido de su fuerza, que le cuesta trabajo ser débil y recibir la fuerza de Dios. Mejor dicho, le cuesta trabajo reconocer que también él es débil.

Saúl no se humilla fácilmente; Saúl no obedece. Él siente que él es el general de los ejércitos de Israel, y se le olvida que el Rey de los ejércitos es el Señor. Por consiguiente, cuando Dios le va dando instrucciones, -porque Dios es el verdadero Rey de los ejércitos-, Saúl no soporta ser el segundo.

La cuestión hace crisis, cuando Dios en cierta batalla le encomienda que entregue al anatema todo el botín de la victoria, que no se reserve nada para sí mismo. Y Saúl no hace caso con el pretexto de ofrecer unos sacrificios, ofrendas religiosas al Dios de Israel. Luego, Saúl es el hombre fuerte, traicionado por su misma fuerza.