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Fecha: 19990507
Título: Entender el corazon del mensaje de Cristo
Original en audio: 20 min. 41 seg.
Amados hermanos:
Si nosotros leemos los Evangelios, encontramos que los discípulos habían hecho muchas cosas juntos. Habían salido a predicar juntos, porque Jesús alguna vez los mandó de dos en dos. Habían pasado trabajos juntos, porque Jesús en estas palabras del Evangelio les había dicho: "Vosotros sóis los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas" ( véase San Lucas 22 , 28 ).
Andar con Jesús, con esa manera de caminar, comiendo en una parte y durmiendo en otra, pasando sed, pasando incomodidad, no era fácil. Los discípulos habían compartido dificultades, habían compartido milagros.
Jesús los envió una vez con palabras muy sencillas: "Vayan y curen enfermos" ( véase San Mateo 10 , 8 ). ¡Qué palabras tan sencillas, pero qué misteriosas! "Vayan y curen enfermos". Y no les dio clases de Medicina, no les enseñó ninguna terapia: "Vayan y curen enfermos". Y ellos iban y ponían la mano a los enfermos, y los enfermos se curaban.
Los discípulos habían compartido experiencias magníficas de oración. Por ejemplo, una vez Jesús se subió con Pedro, Santiago y Juan a una montaña, que parece que fue la montaña del Tabor. Allá Cristo se puso a orar y se transfiguró. Y estos tres discípulos, por lo menos ellos tres, lo vieron transfigurado, compartieron esa experiencia ( véase San Mateo 17 , 1-7 ).
Los discípulos compartieron también la experiencia de ver la victoria sobre Satanás. Ellos mismos expulsaron demonios, y luego volvieron contentos donde Cristo y le dijeron: "Hasta los demonios se nos someten" ( véase San Lucas 10 , 17 ). Volvieron felices donde Cristo.
Desde luego ellos compartieron las enseñanzas de Cristo, compartieron la suerte de Cristo. Cuando la gente rodeaba a Jesucristo con enfermos, también los rodeaba a ellos. Y cuando aclamaban a Cristo, de alguna manera también, los aplausos eran para esos discípulos más cercanos al Señor.
Habían compartido muchas cosas. Pero no habían compartido algo que era el motivo de la angustia de nuestro Señor. Era algo que estaba ahí en el secreto de su Alma. Cristo los había visto aprender cosas,los había visto realizar milagros. Cristo los había llevado por montañas, valles, caminos, ciudades, veredas, mares.
Pero Cristo no había visto que ellos entendieran el corazón de su mensaje. Y por eso, en estos discursos de la Última Cena, que ocupan una porción considerable del Evangelio de San Juan, desde el Capítulo 13 como hasta el Capítulo 17, en todas estas palabras de Cristo nuestro Señor, ya no los manda a que sigan predicando, ni a que sigan sanando enfermos ni expulsando demonios. Esta vez, como hemos escuchado en el Evangelio, lo único que les manda es: "Ámense, quiéranse" (véase San Juan 15 , 12 ).
Porque Jesús había visto que se pueden hacer milagros sin amor. Se pueden aprender lecciones de Teología y de espiritualidad sin amor. Se puede caminar sobre el agua sin amor, y hasta se puede expulsar a Satanás por una especie de fe reseca que carece del verdadero amor.
Por eso Cristo, como entregando el testamento de su vida, lo que les dice es: "Ámense, ámense". Eso es el testamento de Cristo.
¿Qué deja una persona en su testamento? Pues lo que ha tenido durante la vida. El que ha tenido fincas y casas, deja fincas y casas. El que ha tenido haciendas y fábricas, deja haciendas y fábricas. Pero Cristo no había tenido ni fábricas ni casas ni fincas ni haciendas. Cristo no había tenido nada de eso. Lo que había tenido Cristo y lo había tenido en grado superlativo, era Amor.
Y ese es el testamento de Cristo, lo que Él había tenido, lo que Él había vivido, lo que había movido su Alma: "Ámense, ámense. Este es mi mandamiento, que se amen unos a otros, como yo los he amado" ( véase San Juan 15 , 12 ).
Los discípulos le habían aprendido muchas lecciones a Cristo. ¿No he dicho ya que ellos expulsaban demonios y curaban enfermos? Ya habían aprendido esas lecciones. Habían aprendido ,talvez ,a predicar con elocuencia, habían aprendido ,talvez ,cómo congregar multitudes. Pero había una lección que no entraba en esa cabeza dura de los discípulos, una lección difícil.
Y esa es la lección que Cristo, al ver que no han alcanzado los logros como se dice hoy en los colegios, al ver que ese logro no lo habían alcanzado, entonces les dice: "Hay que hacer el curso remedial. Hay que hacer un cursillo especial de amor. Tenemos que hacer algún entrenamiento, tenemos que inventarnos algo para que ustedes aprendan cómo amar".
Y Jesús les hizo un cursillo especial de amor en esa misma Cena, cuando les lavó los pies a los discípulos. Era un cursillo, era un resumen: "Amar es algo como esto".
Jesús había predicado tantas veces. ¡Cuántas horas había predicado Cristo! ¡Cuántas palabras le habían oído a Cristo, cuántas! Dice San Juan en su Evangelio: "Si se fueran a poner por escrito todas las cosas que hizo y que dijo entonces Cristo, no cabrían los libros en el mundo" ( véase San Juan 21 , 25 ).
Cristo obraba de tal manera, que sus acciones estaban llenas, repletas de sentido. Y por eso, de Cristo se podrían decir y se han dicho muchas cosas. Pero Cristo, como óptimo Maestro, tiene no sólo la capacidad de exponer y de enseñar, sino quiere también conducir a sus discípulos, que son ellos, los del Evangelio, pero que somos nosotros también, quiere conducirlos a una maravillosa síntesis.
Como cuando un profesor en la pizarra o en el tablero hace una gran llave y dice: "En resumen, después de que hemos dicho todo, en resumen, mi mensaje es éste: Como yo amo, amen." Ese resumen, que en español cabe en una sola palabra: "amáos, ámense" , ese resumen, esa lección de una sola palabra, todavía le queda dura a la cabeza humana.
¡Tan duro es el entendimiento a veces! ¡Cómo seremos nosotros, que a veces no nos cabe una lección de una sola palabra! ¡Eso sí es dureza de entendimiento!
Pero es verdad que a veces no nos cabe una lección de una palabra. "Ámense" dice Cristo, y uno viene con los reparos: "Pero yo cómo voy a amar, no, si a mí no me han amado. Yo cómo voy a amar, si primero tengo que desquitarme de... . Yo cómo voy a amar, si esos porquerías de cristianos no son ningún testimonio. Yo cómo voy a amar, si ha habido Papas malos. Yo cómo voy a amar, yo cómo voy a amar...".
Cristo resume, el mejor Maestro resume la mejor lección en una sola y magnífica palabra, y nosotros tenemos resistencia a esa palabra.
Cuando Jesús les dijo esto, Jesús como un buen maestro, yo me lo imagino , Él estaba mirando a la cara y a los ojos a sus discípulos. Todos los que hemos sido profesores, tenemos esa costumbre de mirar a la cara a ver si la gente está entendiendo o no está entendiendo, a ver si la gente se está distrayendo o se está durmiendo.
Jesús les dijo su lección, les presentó su tesis de grado, resumió toda su enseñanza en una palabra:"Amáos", y se les quedó mirando a la cara. Y se les quedó mirando a ver qué iban a hacer y qué iban a decir. Y Jesús, al que no se le escapaba ni una, se dio cuenta de que no alcanzaban a entenderle.
Como cuando un profesor les dice a sus estudiantes: "Voy a explicarles por qué una ecuación de quinto grado en una sola variable, en general, no es soluble". Y los estudiantes se quedan... . Así Cristo dijo toda su lección: "Amáos". Y los otros... : "O sea que me va a tocar amar a este fulano y a este fulano y... , eso no es para mí".