Ao34003a
Fecha: 20021124
Título: En Jesucristo se unen el amor y el poder
Original en audio: 5 min. 57 seg.
Podemos decir, mis hermanos, que en esta fiesta estamos bendiciendo, alabando, agradeciendo el poder de Jesucristo. Lo primero que a uno le viene a la mente cuando se piensa en un rey, es el poder. ¡Jesucristo tiene el poder! ¡Él es el Poderoso!
Él mismo lo dijo, como nos cuenta el capítulo veintiocho del evangelio según San Mateo. Dijo a sus Apóstoles: "Me ha sido dado todo poder en el Cielo y en la tierra" (véase San Mateo 28,18). Jesucristo es el Poderoso, el que tiene poder.
Y en el Apocalipsis hay varias alabanzas dirigidas a Cristo bajo la figura del Cordero degollado. Allá también se proclama en tono de alabanza: "¡A Él, el honor y el poder!" (véase Apocalipsis 7,12). De igual manera en la Santa Misa, festejamos, alabamos el poder de Dios, por ejemplo, cuando decimos: "Tuyo es el poder, el honor y la gloria por siempre, Señor".
Pero, ¿qué es lo maravilloso de esta fiesta? Que el poder no está separado del amor. Porque, la gran tragedia que sufre el mundo, es que el amor está separado del poder. De poco sirve un amor impotente, de poco sirve un poder sin amor. Lo que necesitamos es un poder que tenga amor, lo que necesitamos es un amor que tenga poder.
¿Qué es un amor impotente? El amor impotente es el que se queda solamente en las buenas intenciones, en los buenos sentimientos. ¿Quién de nosotros quiere que los niños mueran de hambre? ¿Quién? ¡Nadie! Todos queremos que los niños tengan alimento. Todos tenemos buenos sentimientos para los niños. Mas, los niños se siguen muriendo de hambre.
Tenemos buenos sentimientos, tenemos amor por los niños. Sin embargo, ¿de qué sirve un amor impotente? Si ese amor no se traduce en obras, en instituciones, en familias nuevas, si no se traduce en una educación de la afectividad y en una educación en el manejo de nuestro tiempo y nuestro dinero, nuestro amor es impotente. Y el amor impotente va dejando una estela de cadáveres. ¡Un amor impotente no sirve de nada!