O325001a
Fecha: 19981113
Título: Buscando la voluntad de Dios se superan perplejidades
Original en audio: 5 min. 37 seg.
Con expresiones propias de su cultura y de su medio, el Señor Jesucristo expresa la diferencia entre lo que va pensando la gente y lo que va pensando Dios, entre la lógica del mundo, por decirlo de ese modo, y la lógica del Señor.
En tiempos de Noé, lo que se pensaba era que se podía seguir indefinidamente, que Dios no estaba prestando atención, o que no venía al caso. La intervención drástica del diluvio muestra que el pensamiento de Dios era distinto.
Lo mismo podría decirse del episodio de la familia de Lot, y lo mismo puede decirse de la llegada del Hijo del hombre. El ser humano hace de este mundo un absoluto, hace de esta tierra su casa por los siglos de los siglos, cree que su destino es eterno aquí, no comprende la temporalidad, la instrumentalidad de las cosas en las que se mueve.
Dios, en cambio, sí que lo sabe y por eso, cuando Dios interviene, parece casi abusivo, parece un arrebatamiento lo que va a suceder: "A uno se lo llevará y a otro lo dejará" (véase San Lucas 17,34).
Con estas palabras, Cristo nos invita a meditar en el pensamiento de Dios, que ya el Profeta nos había advertido: "¡Es tan distinto del pensamiento de los hombres!" (véase Isaías 55,8-9).
Ese arrebatamiento, esa prisa, ese afán del último momento, lo que está indicando es la inmensa distancia entre lo que Dios quería y lo que el ser humano estaba haciendo. Luego, parece que el sentido de esta lectura, es que nuestro corazón se aplique a buscar la voluntad de Dios. Como decíamos en el Salmo, "que podamos ser dichosos en la búsqueda y el cumplimiento de la voluntad de Dios" (véase Salmo 119,1-3).
Quien vive en su corazón esa cercanía con el querer de Dios, no le parecen extrañas las obras de Dios, no le parecen abusivas, no le parecen excesivas ni apresuradas. En cambio, para el que ha hecho de este mundo su casa por los siglos, todo lo que Dios haga será como un desorden y un desorden drástico para su vida.
Mire que Cristo no se escandaliza ante las tragedias. Cuando le van a contar, por ejemplo, de aquella torre que se desplomó y mató a dieciocho, un desastre, llamémoslo así, natural, o cuando le cuentan de la masacre que causó Pilato mezclando la sangre de unos galileos con la sangre del sacrificio que ofrecían, Cristo no se extraña, Cristo no se escandaliza.