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Fecha: 20021030

Título: Mutuamente acogidos según el plan de Dios

Original en audio: 7 min. 21 seg.


Queridos Hermanos:

En este lugar lleno de luz, lleno de color, lleno de belleza, se puede sentir la armonía de la Creación, se puede sentir cómo Dios ha querido que cada cosa tenga, por decirlo así, su propio sitio.

¡Y es tan bello en estos momentos dejarse empapar por esa música, esa belleza con la que Dios ha impregnado todo! Una armonía, una belleza así, es la que Dios quiere que también nosotros dibujemos en nuestras relaciones personales.

Si hay belleza afuera de nuestros ojos, si hay belleza delante de nuestros ojos, Dios quiere que haya también belleza detrás de nuestros ojos. Dios no quiere solamente la belleza del universo exterior, sino la belleza de ese otro cosmos, de ese otro universo interior que es el corazón humano y que se expresa particularmente en las relaciones de unos para con los otros.

Por eso, viene muy bien en este instante esa lectura que escuchábamos, la primera, tomada de la Carta a los Efesios, donde San Pablo, precisamente, intenta construir o intenta reconstruir esa armonía.

La familia está destruida, la familia está agrietada y la familia necesita reencontrar su armonía, reencontrar su lugar en el plan de Dios. Y aquí me parece que vienen unas palabras, que pueden ser de pronto malsonantes, pueden sonar un poco extrañas o antipáticas.

La solución para las relaciones interpersonales no es la democracia. Me explico; la solución no es declararnos iguales. La solución es descubrirnos distintos, pero todos acogidos, todos amados en el plan de Dios.

La palabra del papá no puede valer lo mismo que la palabra del hijo en la familia, sobre todo cuando el hijo está apenas formándose, cuando está empezando en su formación, cuando está constituyendo su mundo de valores, cuando está aprendiendo lo que significa sentir, lo que significa pensar y razonar.

¡No puede valer lo mismo la palabra del papá que la del hijo! Son palabras que tienen un peso específico distinto. Pero, esto no significa, que la palabra del papá aplaste al hijo. Y tampoco significa, que el hijo quede autorizado para rebelarse cuando le parezca frente al papá.

¡Volvamos nuestros ojos a la belleza que nos rodea! ¡Volvamos nuestros ojos a la hermosura de la Creación! Miremos cómo hay lugar para el árbol robusto y para la flor débil. El árbol no impide que exista la flor y la flor no impide que exista el árbol.

Dios nos quiere, no iguales. Dios nos quiere distintos y sin embargo, todos acogidos, todos recibidos mutuamente en los corazones, todos recibidos, acogidos, según el plan de Dios. Luego, si la familia cristiana quiere encontrar su lugar en el Corazón de Dios, si la familia quiere reconstruirse, pues tiene que mirar, tiene que volver sus ojos hacia su Autor, tiene que volver sus ojos a Dios.