Ap05003a
Fecha: 20020428
Título: Adquirir firmeza en Jesucristo, para que se pueda construir con nosotros
Original en audio: 15 min. 17 seg.
Vamos a apoyarnos en la segunda lectura que nos ofrece la Iglesia, la de la Carta de Pedro, para hacer algunas reflexiones que pueden ser útiles en nuestra vida cristiana.
Lo primero que me llama la atención, es eso de la roca y la construcción. Nos dice Pedro: "Acercándoos a la roca, entráis en la construcción"(véase 1 Pedro 2,4-5). Cristo es la roca firme. Pero el que se acerca a la roca, se vuelve también firme, se vuelve también roca. Por eso se puede construir con él.
Aquí la enseñanza es doble. Primero: ¿Cómo adquirimos esa firmeza en Jesucristo? Y segundo: ¿Qué se puede construir con nosotros? Abordemos esos dos momentos.
En primer lugar, cómo al acercarnos a Cristo, adquirimos la firmeza de Cristo, es lo que nos ha dicho también el evangelio: "No perdáis la calma, no se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí" (véase San Juan 14,1). El que se acerca a Jesús, adquiere firmeza de roca.
¿Por qué? ¿Por qué se vuelve firme? La respuesta está en el misterio de la Cruz del Señor. Porque todo lo que podía destruir a Jesús, porque todo lo que podía derrumbar a Jesús, agrietar a Jesús, -todo eso-, se convirtió en triunfo y en trofeo de Jesús.
O sea que se trata de una roca. Cristo es roca, porque los ataques que se le hacen, no producen sino engrandecer el misterio de su amor, de su misericordia y de su unión con Dios.
Por más fuerte que sea una roca de las que tienen nuestras montañas, o un concreto del que pueden hacer nuestros ingenieros o arquitectos, esas rocas que conocemos en esta tierra, golpeándolas, se debilitan; atacándolas, se debilitan.
Pero Cristo en la Cruz, atacándolo, se engrandece, y queriéndolo destruir, se consolida. Por eso Cristo es la roca. Porque atacarlo no hace sino fortalecerlo. ¿Por qué? Porque los ataques contra Cristo en la Cruz, lo que hicieron fue desnudar el misterio de su perfecto amor y obediencia al Padre.
De manera que el demonio, cuanto más atacaba a Cristo, más desnudaba el misterio del amor de Cristo. Cuanto más atacaba a Cristo, más revelaba el misterio de la obediencia de Cristo. Cuanto más quería acabar con Cristo, más se manifestaba la misericordia del Padre y la obediencia del Hijo en favor de nosotros.
Es decir, que cuanto más se atacaba a Cristo, más brillaba el amor, la obediencia y la misricordia. De modo que las blasfemias, los azotes, las espinas, los insultos, todo lo que se le ocurrió a Satanás contra Jesucristo, no hizo sino desnudar el misterio de una unión con Dios, que es la perdición del mismo Satanás.
Este es el gran misterio de la Cruz, y por tanto, en ninguna otra faceta, en ningún otro momento de la vida del Señor, podemos sentirnos tan orgullosos de Él, tan felices de Él y tan firmes en Él.
Porque si una persona hace milagros con sus manos, pero le despedazan las manos; si una persona tiene discursos hermosos en su boca, pero le destruyen la boca; si una persona tiene caminos por recorrer, misiones por realizar, pero le despedazan los pies, se le acaban las misiones, se le acaban los milagros, y se le acaban los discursos.