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Fecha:20140429

Título: No se puede amara a Cristo sin amar a la Iglesia

Original en audio:5 min. 55 seg.



La Iglesia recuerda, el 29 de abril, a Santa Catalina de Siena. Nacida en mil trescientos cuarenta y siete, en un siglo extremadamente difícil para el pueblo cristiano, Catalina es, sin duda alguna, testigo de lo que significa el Evangelio vivido a plenitud en el ámbito interior, profundo, místico de la oración, la meditación, la contemplación, pero también Evangelio vivido con intensidad particular, con generosidad inmensa en la práctica de la caridad, en la búsqueda de la paz, en el servicio a los enfermos y a los pobres y, sobre todo, en el amor a la Iglesia.

Creo que es este aspecto, sobre todo, el que más atrajo mi corazón cuando hace más de veinte años por primera vez leí una biografía de Santa Catalina de Siena. Porque sabemos que los santos, los santos todos, han recibido la forma de su alma y han recibido la alegría de su corazón del encuentro con Cristo. Y podemos decir que no es difícil enamorarse de Cristo. La coherencia de su vida, la elocuencia y sabiduría de sus palabras, la ternura y pureza de su afecto, la bondad y potencia que hay en sus obras, todo esto hace de Él un líder ideal, el tipo de persona al que uno le puede decir:"No solamente quiero seguirte, quisiera también ser tu amigo".

No, no es difícil enamorarse de Cristo, es en cambio mucho más difícil querer a la Iglesia. Es mucho más difícil porque, en la Iglesia, encontramos no solamente lo virtuoso y bello, lo hay ciertamente, pero encontramos también la mediocridad y la incoherencia, encontramos, y a veces nosotros mismos como personas de Iglesia, nos encontramos frente a tantas traiciones, por algo existe aquel refrán: "El cura predica pero no aplica".

A veces sentimos que nuestros pastores carecen de ese valor que sería necesario para afirmar los derechos de Dios y para proclamar la simplicidad y la hermosura del Evangelio en circunstancias arduas. Otras veces, en cambio, los sentimos tan estrictos, tal vez nos parecen tan rigoristas que nos preguntamos en dónde queda la bondad del compasivo Profeta de Nazareth. Según esto, es mucho más difícil amar a la Iglesia, pero cuando uno pretende amara a Cristo sin amar a la Iglesia, uno se está engañando.

Cómo me impacta aquella frase de la Carta a los Efesios en que San Pablo enuncia un lema que bien describe el corazón de Catalina: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella" Carta a los Efesios 5,25. ¿Puedo yo decir que amo a Cristo sin amar lo que Cristo ama? ¿Puedo yo decir que soy entusiasta, que soy fanático de un jugador de fútbol sin desear que su equipo gane? ¿Puedo decir que me encanta un determinado artista, por ejemplo, una cantante y, sin embargo, no importarme si le va mal en un concierto? No tiene sentido.

Y resulta que la obra de Cristo, aquella obra por la que Él se gastó, por la que entregó su Sangre, es por la redención de esta humanidad agobiada y doliente, es por nosotros. Por supuesto, esa obra de redención camina muy despacio, y sólo al final, al final, veremos el pleno rostro de la Iglesia ya sin rostro ni arruga. Pero la Iglesia es la obra del Señor, la Iglesia es la expresión de su sacrificio, de su ternura, es el por qué de sus desvelos. Entonces decir uno que ama a Cristo, sin amar a la Iglesia, es decirse mentiras.

Y me fascina de Catalina, me gusta muchísimo de ella que la verdad habita en su corazón, y por eso ella es consciente, crudamente consciente de las imperfecciones de la Iglesia y de los sacerdotes y del Papa, lo tiene perfectamente claro. Pero a la vez, sabe que ahí están los frutos de las lágrimas y de las oraciones de Cristo y de sus sudores, y por eso dice: "Si muero, muero de amor por la Iglesia".

Que ella interceda por nosotros.