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Fecha: 19960405
Título:
Original en audio: 7 min. 3 seg.
Hermanos:
Cuando nos reunimos en esta noche solemne para meditar en las últimas palabras de Cristo, debemos preguntarnos con qué espíritu y con qué corazón vamos a escuchar lo que nos tiene que decir el Señor.
Y por supuesto la única respuesta es: hemos de escuchar a Cristo, sus palabras, con el mismo amor con que Él las pronunció; hemos de recibirlas con el mismo espíritu, con la misma ternura, con la misma delicadeza con que salieron de sus labios.
Tengamos en cuenta siempre, mis hermanos, que la Carne bendita de Nuestro Señor Jesucristo, aún martirizada en la Pasión, era el instrumento precioso de nuestra redención, como dice alguno de los Padres de la Iglesia, "era la lira del Espíritu Santo".
Y en esa Carne y a través de esa Carne, en esa voz y a través de esa voz, es dios mismo quien nos está enseñando no solamente cómo vivir, sino también cómo morir.
Llamamos a Cristo, y con toda razón, "Nuestro Divino Maestro"; si así le llamamos, tenemos que reconocernos discípulos suyos y estar dispuestos a aprender las lecciones que este Maestro lleno de sabiduría y de bondad tiene para darnos.
Entre esa lecciones las más importantes son las que han de definir nuestra eternidad; de poco valdría tener negocios exitosos en esta tierra, llenar nuestras arcas de dinero, o recibir el aplauso de muchos sobre esta tierra, si al final la muerte ha de arrebatarnos todo.
Únicamente, el que sepa enseñarnos cómo morir, merece el título de "Rabí", el título supremos de Maestro, y este es Cristo.
Cada una de estas siete palabras pertenece al testamento de Nuestro Señor Jesucristo, y todos sabemos para qué sirve un testamento: es la expresión de la voluntad de una persona, es el tesoro que quiere que quede en medio de sus herederos, es aquello que considera más durable, lo más permanente y también lo más valioso.
Siete joyas preciosas, siete palabras de Cristo y entre ellas la primera, que es una invitación a que nosotros aprendamos a perdonar y es una súplica al Padre para que perdone.
Sobre todo, nos llama la atención esa palabra, la palabra "Padre". Toda la Pasión, todo el sufrimiento que cayó sobre el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, todo ese sufrimiento parecía tener un único propósito: arrancarle, despojarle de todo rastro de humanidad. Todo ese dolor, todas esas humillaciones, hasta el punto que como había dicho el profeta Isaías,y lo hemos repetido ya hoy, Cristo ni siquiera parecía humano.
Pues incluso en ese punto, cuando no parece humano, Él sigue siendo el Hijo amado del Padre, Él sigue siendo el maestro de la oración, Él sigue siendo la voz de la humanidad entera que en su dolor, no tiene otro consuelo sino levantar los ojos al cielo.
Bien nos enseña cristo que 4:00