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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20010118

Título: El Cielo

Original en audio: 19 min. 49 seg.


Decir que Jesús es el Hijo de Dios, es como hacer un muy buen resumen de todo el Nuevo Testamento.

Jesús que nació en Belén, el que predicó, hizo milagros, y que murió en la cruz y resucitó, Él es el Hijo de Dios.

Esta es una frase maravillosa, pero Jesús hoy manda silencio a los demonios que decían esta frase: "Tú eres el Hijo de Dios" Category:Marcos 003_011|San Marcos 3,11]], decían ellos y Jesús les mandaba que se callaran.

Esto, desde luego, nos hace reflexionar. Si es una frase tan importante, si es una idea tan feliz, que incluso podemos decir que resume todo el Nuevo Testamento, ¿por qué Jesús impide que se diga esa frase? ¿Por qué Jesús manda con energía: "silencio", ante aquellos que la estan diciendo?.

Hay una relación entre esta orden que da Jesús y la lectura extensa que nos ha correspondido hoy en la Carta a los Hebreos.

La Carta a los Hebreos nos está hablando del sacerdocio de Cristo, y hay una frase que considero fundamental: "Si estuviera en la tierra, ni siquiera sería sacerdote" Carta a los Hebreos 8,4, esa frase es fundamental.

El sacerdocio de Cristo es un sacerdocio celestial, que tiene su lugar en un santuario que no es hecho por mano de hombre; allí se realiza el sacerdocio de Cristo.

Lo que está en esta tierra está al alcance de nuestros ojos, está la alcance de nuestras palabras, está al alcance de nuestros pensamientos, y por lo tanto, está en el círculo de nuestros intereses. "El cielo pertenece al Señor; la tierra se la ha dado a los hombres" Salmo 113,16, dice algún salmo.

La tierra indica el ámbito de aquello que puede ser conocido, dominado, codiciado, poseído, disfrutado por el corazón humano, eso es lo terreno.

Mientras tanto, el cielo significa aquello que puede ser anhelado, suplicado, esperado, aquello por lo cual gemimos, aquello por lo cual suspiramos, aquello que nos llena de un gozo indescriptible cuando lo recibimos, aquello que hace brotar en nosotros la más intensa gratitud y alabanza.

Estamos hechos para el cielo, pero no poseemos el cielo; deseamos el cielo, pero no podemos construirlo como construimos nuestros santuarios; necesitamos cielo, pero no tenemos manera ni de describirlo, ni de hacerlo; está más allá de nosotros.

Y esta realidad que esta sintetizada en aquella expresión que Cristo nos enseñó: "Padre nuestro que estás en el cielo, o Padre Nuestro del cielo" San Mateo 6,9, esa expresión "cielo" es fundamental.

Por eso, echan a perder el Padrenuestro aquellos que por hacer más "accesible" esta oración inventan cosas del Padrenuestro: "Que estás en la tierra, que estás en los que sufren, que estás en los pobres, que estás...."

No, no. La enseñanza de Cristo no es esa, es Cristo el que por su benevolencia está en los que sufren, en los pobres, en los marginados, es Cristo, no el Padre; es Cristo el que padece ahí, no el Padre.

xxxPero no perdamos el hilo principal de nuestra enseñanza: en el corazón humano hay necesidad de cielo pero no hay fuerza de cielo; quedémonos con ese pensamiento en este momento. Necesitamos un cielo que no dominamos, esperamos un cielo que no podemos construir, suplicamos un cielo que está más allá de nuestras codicias y de nuestras fuerzas; esto hace que nuestro corazón reconozca, por una parte, su necesidad, y por otra parte, su impotencia.

Y estas son las dos características necesarias para que el alma humana se abra al misterio de la gracia: reconocer necesidad, reconocer que mi vocación profunda se llama el cielo, pero también reconocer mi impotencia. Por ignorante, por débil, por pecador, ni lo puedo, ni lo merezco; lo quiero, lo necesito, no lo puedo, no lo merezco. Esos son los cuatro verbos claves de esta enseñanza: sí lo quiero, sí lo necesito, no lo puedo y no lo merezco.

Cuando el corazón humano llega a ese descubrimiento se rinde, se humilla ante Dios; descubre que necesita un sacerdocio distinto de lo que se puede hacer con los animalitos del campo en un templo, así sea el fastuoso Templo de Jerusalén. Sí, ya puedo tener todas las ovejas, cabras, palomas; ya puedo inmolar bueyes, novillos, toros; puedo echar todos los rebaños al incendio y al holocausto; no basta, necesito descubrir que sí quiero, que sí necesito, pero no puedo, y no merezco.

Necesito un sacerdocio distinto, porque el oficio del sacerdote, está claro incluso en la raíz misma de la palabra, es el servir de puente entre la necesidad humana y la generosidad divina. Un buen sacerdote es aquel que nos ayuda a hacer el camino entre nuestra hambre y las alacenas del Cielo. Pero vemos que el sacerdocio de esta tierra no puede lograr eso. Necesitamos el sacerdote de los cielos y ese es Cristo Jesús.

Cristo entonces, es Aquel sacerdote, dado por el Padre Celestial, que puede compadecerse a nuestra miseria y puede también sanar nuestra miseria; que puede lamentar nuestro pecado y curar nuestro pecado; que puede enseñar el camino y convertirse en camino. Ese es el Sacerdote que necesitamos.

Ahora, examinemos la frase que hoy dicen los demonios para ver por qué Cristo la rechaza. Los demonios no son sujetos de conversión; son Ángeles caídos. Por boca de aquellos posesos de esa época, los demonios están hablando de algo que no depende de esa época, es decir, el poseso como tal, una vez liberado, es un ser humano que necesita, como todos nosotros, de misericordia, de perdón, de gracia, de ayuda.

Pero el que intervenía por medio de ese poseso, es decir, el demonio no es capaz de conversión por una razón elemanetal por una razón; los ángeles tanto los buenos como los malos no están sujetos al tiempo y toda conversión supone un tiempo, supone dejar algo y adquirir algo; los demonios no pueden tener un tiempo anterior a la conversión y un tiempo posterior a la conversión. En los demonios, lo mismo que en los ángeles buenos, no hay posibilidad de razonamiento, de discurso, en ellos sólo hay una decisión que se toma delante de Dios, en ellos no es posible la conversión.

Por lo tanto, mientras que esta frase dicha por un demonio es el peor de los sarcasmos, es un insulto, es una burla porque Jesús, el Hijos de Dios, presente en nuestra humilde carne humana esta ahí no haciendo un paseo por las regiones de la tierra; padece la humillación, el cansancio, el hambre y luego los azotes y la cruz sólo por una razón, la que dice el credo: por nosotros y por nuestra salvación!.

Decir que el Hijo de Dios es ese Jesús que esta ahí, que enseña, que padece, que ese Jesús es el Hijo de Dios, es útil para nuestra salvación, porque es el reconocimiento de la misericordia de Dios que viene a sanar esa situación de la que hemos hablado con la carta a los Hebreos. Cuando yo reconozco que quiero y necesito, pero no puedo ni merezco, entonces me abro a la gracia y en eso llega Jesús y entonces yo, ser humano, recibo a Jesús y le digo: "Tú eres lo que yo necesitaba".

Pero el demonio cuando dice esta frase no está recibiendo nada; esta frase es un cascarón vacío, es lo que ya anunciaban los profetas: es culto de labios y de palabras, pero ahí no hay un corazón porque el corazón que debe haber detrás de estas palabras, es el corazón que debe haber detrás de nosotros, de nuestras palabras cuando decimos a Jesús: "Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el que ha venido a sanar mi terrible situación porque yo quiero, yo necesito, pero no merezco y no puedo"

El corazón de esta frase es: te acepto Señor. El corazón de la frase: tú eres el hijo de Dios es: te acepto mi Señor como lo que yo estaba esperando, como lo que yo anhelaba te acepto mi Señor y ese es el fruto que tiene que dar en nosotros la palabra: te acepto Mi Señor, ese es el fruto de esta palabra!

Pero el demonio dice esta palabra sin corazón. Esta frase dicha por los demonios no nos debe extrañar tanto, porque la Carta de Santiago, nos habla en otro lugar sobre los demonios y dice: "también los demonios creen" (véase Carta de Santiago 2,19), claro, no se refiere a que tengan fe, sino a que también saben decir la fe. Esa expresión: "también los demonios creen" (véase Carta de Santiago 2,19), significa: "también ellos son capaces de decir la fe y no por eso dejan de ser lo que son"

Como se ve, lo que hacen entonces estos demonios hablando por boca de esos posesos, es el espectáculo de una terrible mentira: "mi palabra dice que tú eres el Hijo de Dios, pero mi corazón, mi vida, el centro de mi vida permanecerá lejos de ti; diré lo que tú quieres oír, pero no te daré lo que tu quieres recibir". ¿Se entiende entonces qué es lo que hace el demonio aquí? "Tú haces todo tu espectáculo de milagros y de discursos para oír que eres el Hijo de Dios", pues ahí te lo digo.

¿Se comprende el terrible sarcasmo de esa frase en boca del demonio? Todo lo que haces y lo que tú padeces es para oír esto que es lo que tú quieres oír, pero yo sigo donde estoy, es una terrible burla; todo lo que tú haces es para que la gente te diga esto: "tómalo, pero yo no cambio".

Jesús, poseído por el Espíritu Santo, penetra, como dice también la Carta a los Hebreos, hasta dónde se separa el alma y el espíritu; penetra en esas palabras y se da cuenta de la burla que hay ahí. Lo que le está diciendo el demonio es: "le gusta oír esto, pues óigalo".

Y lo que Jesús está diciendo es: no se trata de palabras, se trata de la vida, de tu corazón, pero eso es imposible para el demonio, porque este no tiene tiempo, para él no existe el tiempo, no existe la conversión; como son seres que están sujetos a lo que es propio de la materia que crece, se alimenta, se corrompe, renace; por eso Jesús rechaza la palabra de los demonios.

¡Qué penetración la de la mirada de Cristo! Y aquí es donde yo siento un profundo escalofrío; ¡cuántas cosas le decimos a Cristo! Una de las cosas que le decía al sacerdote con el que me confesé hoy es: "padre, me acuso porque yo he prometido demasiadas cosas que no he cumplido".

Me causa una emoción muy profunda saber que Cristo penetra en lo que yo le digo; así como oyó esta frase lindísima, maravillosa, esta frase que resume todo el Nuevo Testamento, pero no la aceptó porque veía la burla que había detrás.

Me espanta un poco, para ser sincero, me impresiona pensar que Jesús con su mirada penetra lo que yo le digo y siento que El Señor me dice en este momento: ¿y qué hay del corazón que me está hablando? tus palabras están bien¿tú cómo estas? Lo que tu dices, lo que aparece de ti se parece a lo que yo espero; pero lo que tu eres ¿es lo que yo quiero?

La mirada de Jesús nos atraviesa, llega a lo profundo de nuestro ser: ¿qué estás haciendo?, ¿con qué corazón estas sirviendo?, puedo creer, ¿puedo recibir tus palabras, tantas palabras que tu me dices?,¿ o tu perteneces a aquellos que se burlan y que me dicen cosas solamente porque yo quisiera oírlas? Porque el demonio aquí es el príncipe de los que le mienten a Dios pretendiendo decirle lo que se supone que Él quiere oír.

Entonces Jesucristo en este momento me interroga profundamente y me dice: ¿tú me hablas por decirme cosas que me gustaría oír?. ¿tu me dices las cosas porque se supone que es lo que espero de ti? Me interesa más que eso.

Este el el nexo profundo entre el evangelio y la primera lectura; fíjate el paralelo tan profundo: los demonios dan un culto que es sólo de esta tierra, lo que a ti te interesa oír y Jesús quiere no lo que se oye en esta tierra, sino el corazón. "tu Padre que está en lo escondido" (véase ), dice Jesús; porque la versión decía: "lo que conoce el ser humano en esta tierra se llama corazón". El único lugar que puede llamarse cielo en esta tierra es el corazón humano cuando está en gracia, ese es el único cielo que puede haber en esta tierra.

Entonces fíjate el paralelo: culto de la tierra, palabras vacías; sinceridad de corazón, culto de los cielos. Eso es lo que Jesús nos pide y quiere hoy . Y con estas palabras nos invita a que nosotros en primer lugar entremos en todo lo que decimos, ¡cuántas cosas decimos! Me decía el padre con el que me confesé: "padre, ya no prometa más; usted ya ha prometido demasiado; procure ser fiel, humilde, sincero en lo que usted es, no más". Decimos demasiado, prometemos demasiado, anunciamos demasiado. Jesús nos escruta, nos conoce profundamente.

Señor Jesús: danos sinceridad, absoluta pureza de corazón, de modo que nuestras palabras sean alabanzas que surgen de ese sacrificio que se ofrece en los cielos y también en el corazón humano cuando está en la gracia.