Vsan002a
Fecha: 19970328
Título: En la Pasion de Cristo, es El el que estaba juzgando al mundo
Original en audio: 30 min. 24 seg.
Queridos Hermanos:
Precisamente los puedo llamar hermanos, porque hoy nos hermana el amor de Jesucristo; es ese amor el que hace que nosotros seamos hermanos; nos podemos llamar hermanos, aunque venimos de distintas familias, porque una misma gracia y un mismo bautismo nos han hecho nacer.
Nosotros no estamos aquí ni por colombianos, ni por barranquilleros, ni por ser hombres, ni por ser mujeres, ni por tener muchos o muy poquitos estudios; no estamos aquí porque tengamos una afición en común, un coloquio interesante, lo único que tenemos en común todos nosotros es una misma gracia, un mismo regalo, un mismo amor ha venido de Dios para nosotros.
Y ese regalo que todos nosotros hemos recibido, es precisamente el que aparece en la Cruz redentora de nuestro Salvador, en la Cruz de Jesucristo. Pero es necesario meditar la Palabra de Dios para desenvolver ese regalo.
Es como si le llegara a uno un paquete que viene bien envuelto, uno sabe que es un regalo, pero para poder destaparlo se necesita, qué sé yo, una cuchilla, unas tijeras, o algo.
Este regalo, que es Cristo en la Cruz, nos invita a ser meditado; necesitamos asomarnos a la Palabra de Dios, darle la interpretación a esta Palabra para descubrir a Dios, lo que Dios nos regaló; porque es un regalo un poco extraño.
¿Cómo ha sido este regalo para nosotros, tanta debilidad, tanto dolor, tanta traición tanta sangre como la que aparece aquí? Yo puedo decir que, sin la Palabra de Dios, lo único que se ve en la Cruz es mugre y sangre, eso es lo único que se ve en la Cruz.
Y yo creo que hay muchas personas que no quieren la Cruz de Cristo, porque si les parece indiferente que haya o que no haya cruz es por eso, porque no han abierto el regalo, porque no saben lo que contiene ese don maravilloso de la Cruz de Jesucristo, y como no saben lo que contiene, con frecuencia pasan por encima de ella.
Y ahí, donde está nuestra salvación, ahí se queda, y no llega hasta el corazón, porque al corazón no puede llegar si nosotros no desempacamos el regalo meditando en la Palabra de Dios.
Y eso es lo que vamos a hacer ahora, con la ayuda de Dios nuestro Señor. Yo pediré de ustedes un corazón orante, mientras deseo que, con la ayuda del Espíritu Santo, yo pueda hablar cómo es un corazón en oración, un corazón que quiera y sepa recibir la Palabra de Dios.
Porque este día es precisamente único en el año, y por eso me alegro de ustedes que están aquí y me da pesar con los que no quisieron venir.
Y me alegro apenas a medias por los que están apenas a medias aquí en la iglesia, porque hay personas que vienen y traen todo su corazón, pero hay personas que vienen pero dejan el corazón afuera, están aquí de cuerpo presente pero su corazón está distraído en otros pensamientos.
Por esos que vienen a medias, me alegro solamente a medias; y por aquellos otros que han venido con todo su amor y con toda su oración, con esos me alegro con todo mi amor y con todo mi corazón.
Porque en este día totalmente único, en este día completamente singular, Dios tiene para dar y para repartir a cada uno de nosotros, a cada uno de los aquí presentes. Yo quisiera, hermanos, que en esta ocasión dirigiéramos nuestra meditación diciendo las palabras que dice Cristo en su Pasión según San Juan.
La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo se lee sólo dos veces al año, es una lectura larga, incluso algunos de nosotros nos hemos fatigado y algunos se sentaron porque les pareció que estaba demasiado larga la lectura.
Esa lectura que se hace sólo dos veces al año, en el Domingo de Ramos, que fue el Domingo pasado, el Domingo en que se conmemora la entrada de Cristo en Jerusalén y en el Viernes Santo, precisamente en el día en que nos encontramos.
La Pasión de Cristo se lee cada año por un Evangelista distinto, este año se leyó según San Marcos, el próximo año se lee según San Lucas y luego según San Mateo, y luego de nuevo Marcos, y así sucesivamente.
En cambio el Viernes Santo siempre se lee la Pasión de Cristo de acuerdo con este mismo Evangelista, de acuerdo con San Juan. De manera que los tres primeros Evangelistas se van rotando en el de Domingo de Ramos, y el cuarto Evangelista, Juan, se lee todos los años en el Viernes Santo.
Porque en realidad, el evangelio según San Juan es bastante diferente de los otros evangelios. San Juan, que fue testigo presencial de los acontecimientos, nos ayuda con su mirada creyente, con su mirada limpia a escrutar, a conocer un poco mejor el misterio de la Cruz de Cristo; los otros Evangelista cuentan cosas que oyeron.
Mateo era Apóstol, pero no estuvo ahí presente en el momento de la Cruz; Marcos recibió el testimonio de la comunidad que había formado el Apóstol Pedro, una de las comunidades que había formado el Apóstol pedro; Lucas fue discípulo del Apóstol San Pablo; el único que estuvo ahí en el momento de la Cruz fue Juan.
Y por eso la lectura que hemos escuchado es la de un testigo presencial, la de alguien que estuvo allí, que vio el dolor, que vio el sufrimiento.
Pero sobre todo que vio el amor, que comprendió la majestad en la humillación, que descubrió la pureza en medio de los insultos y que vio nacer el sol de la gracia, en las nubes, y en las tormentas, y en las tinieblas de tanta iniquidad y de tanto pecado.
Puede decirse que San Juan es el testigo por excelencia, el que tuvo ojos, el que tuvo fe, el que tuvo valor para mirar, para asomarse a la gloria de Cristo en medio del escarnio, de la humillación de la Cruz; y las palabras del evangelio que hemos escuchado son las palabras de una persona que descubrió en su corazón este misterio que estaba ante sus ojos.
Decía un gran hombre, un gran predicador, San León Magno, Papa, decía: "Para mirar bien la Cruz de Cristo, para amar la Cruz de Cristo, para comprender la Cruz de Cristo, decía San León Magno, hay que mirarla reconociendo la propia carne en la Carne de Jesucristo".
Mientras leemos la Pasión de Cristo como algo que le sucedió a Él, "pobrecito Él que le pasaron esas cosas", no nos apropiaremos del regalo; cuando entendemos que es algo nuestro, que es carne nuestra, que es vida nuestra la que esta ahí colgada de la Cruz, entonces empezamos a percibir el regalo maravilloso de la Cruz.
Jesucristo, de acuerdo con el testimonio de San Juan, Jesucristo vive su Pasión dueño de sí mismo.
Examinemos sus palabras. Empieza la Pasión de Cristo, por la búsqueda que hacen de Él en el huerto; se busca a Cristo, esa debería ser una buena noticia, pero en este caso se busca a Cristo para condenarlo a muerte.
Y preguntan, tienen que preguntar porque es de noche, acordémonos que a Cristo lo encuentran el huerto de los Olivos y mucha de la gente que iba detrás de Cristo para aprenderlo y para llevarlo a la Cruz ni siquiera le conocía personalmente, sólo habían oído hablar de Él.
Por eso el traidor tiene que darles una señal: "Aquel a quien yo bese, es ése" San Juan 18 , y en medio de la penumbra no sabían quien era Él. Cristo opone al tropel de la gente que entra al huerto y pregunta: "¿A quién buscáis?" San Juan 18,4.
Y le responden: "A Jesús de Nazareth" San Juan 18,5, y Él se les presenta de cuerpo entero, con valor, sin engaño, no rehuye la muerte, no rehuye la tortura; "yo soy" San Juan 18,5, responde Él.
Esta respuesta, respuesta que en toda apariencia los deja desconcertados. Porque ellos esperarían, seguramente, que aquel a quien buscaban, saliera a pagar escondederos de a peso; saliera corriendo, con todas sus fuerzas, a buscar en donde esconderse.
Desde el principio de la Pasión Jesús se muestra como aquel que se regala a sí mismo; ya lo había dicho Él: "A mí nadie me quita la vida; yo la entrego" San Juan 18,17. "Ya os dije que yo soy" San Juan 18,8, dice Jesucristo.
"Si me buscáis a mí, dejad que éstos se vayan" San Juan 18,8.
¡Qué admirable amor de amigo! En ese momento, en que estaba siendo traicionado por uno de sus discípulos, tiene un corazón, y cabeza y amor para pensar en lo que va a ser de ellos, y por eso dice: "Si me buscáis a mí, dejad que éstos se vayan" San Juan 18,8. Y así se queda Él solo en manos de sus enemigos.
Le pregunta el sumo sacerdote, más adelante sobre qué es lo que Él enseña, sobre cuál es su doctrina. Y la palabra de Cristo trae una nueva enseñanza a nosotros.
Mira lo que dice: "He hablado en público delante de todo el mundo; yo siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo. ¿Por qué me preguntas a mí? Interroga a los que han escuchado mis palabras" San Juan 18,20-21.
¡Qué bello esto! "Interroga a los que han escuchado mis palabras" San Juan 18,21. ¿Tú quieres saber qué ha dicho Jesús? Pregúntale a los discípulos de Jesús. El Evangelista Juan trae aquí una preciosa enseñanza para nosotros: ¿Dónde están las palabras de Jesús? ¿Están acaso en alguna grabadora, en algún video, o en los apuntes de alguien? No.
El lugar de la palabra de Cristo es el discípulo de Cristo. Ser discípulo de Cristo es custodiar su palabra, es llevar su palabra.
Esa respuesta no le gustó a los soldados que estaban ahí en el sanedrín, que era como el senado de los judíos. Y uno de esos, quizá por quedar bien con el sumo sacerdote, da unos pasos y le larga una bofetada a Cristo: "¿Así respondes al sumo sacerdote?" San Juan 18,22.
Cristo le responde: "Si he hablado mal, dime en qué; si he hablado bien, ¿por qué me pegas?" San Juan 18,23. Esta pregunta no es tanto una manera de defenderse, ¿de qué se iba a defender Jesús, si estaba ya en manos de sus enemigos?
Esta pregunta es como la llave que puede abrir el corazón de aquel que le acaba de abofetear; es un llamado a la conciencia del que lo acaba de golpear: "Tú por qué me pegas a mí? ¿Tú por qué me atacas? ¿A ti qué te mueve? ¿Qué clase de corazón tienes tú?
Y se le pregunta más adelante: "Eres tú el Rey de los judíos? San Juan 18,23, esta vez es Pilato el que hace la pregunta. Hay que decir que Dios le había prometido a los judíos, le había prometido a ese pueblo que siempre habría un descendiente de David en ese trono real.
Lo que nadie se esperaba es que el descendiente de David era precisamente este pobre hombre con aspecto de loco, de soñador, de poeta, de profeta, o de iluso. Lo que nadie se podía imaginar es que en Él, precisamente en Él estuviera la descendencia de David.
Y por eso Pilato piensa que está ante un loco, un loco que no es un loco furioso, un fulano, es como si aquí se presentara un señor todo desarrapado y dijera: "-Yo soy el Presidente de Colombia", "-Ah, bueno, muy bien", "ah, maravilloso. Vaya y tómese un tinto o cualquier otra cosa y vuelve, señor Presidente de Colombia".
Pues eso pensaba Pilato de Jesús. Pero de todas maneras le pregunta: "¿Eres tú el rey de los judíos?" San Juan 18,33. Y este loco, este iluso le responde con seriedad, con solemnidad: "¿Dices tú esto por tu propia cuenta o porque otros te lo dijeron de mí?" San Juan 18,34.
Mira cómo de nuevo Jesús no se defiende, no oculta su ser,pero sí llama a la conciencia de Pilato.
Si antes había sido un soldado del sumo sacerdote el que le había golpeado la cara, y Cristo le había dicho: "Por qué me pegas?" San Juan 18,23, ahora le está diciendo a Pilato: "¿Tú por qué me condenas? ¿Qué es lo que tú crees? No es lo que otros te han dicho, ¿qué es lo que tú crees?"
Porque resultó muy fácil para Pilato presentarse como aquel que estaba cumpliendo órdenes. Pilato se presenta como aquel que pertenece a un sistema y que en ese sistema él tiene que hacer su papel.
Como tantas personas que se acostumbran a "aquí las cosas se hacen con soborno"; hay lugares donde se canoniza, donde se establece que las cosas se tienen que hacer con soborno; hay que poner platica para que se hagan las cosas.
Pilato se pretende presentar como un hombre que simplemente deja que las cosas sigan su curso. Cristo lo obliga a tomar conciencia: "¿Tú qué es lo que crees, te lo dijeron otros, o res tú el que cree eso?"
¡Qué tal que esa pregunta se le hiciera, por ejemplo, a la persona que todo lo hace con mentiras, o con sobornos, o con estafa, o engaños!
Cuántas veces cuando una persona llega a una empresa o a un trabajo se le empieza a hacer sentir: "Aquí las cosas se hacen de esta manera, y usted tiene que obrar también así; "aquí todo el mundo roba, luego usted tiene que robar"; "aquí todo el mundo miente, luego usted tiene que mentir"; "aquí todo el mundo estafa, luego usted tiene que estafar".
Y así también Pilato quiere presentarse como un engranaje más dentro de un sistema de cosas,y Jesús lo obliga a tomar conciencia. Lo que yo quiero destacar, hermanos, es cómo Cristo es verdaderamente dueño de la situación; es el condenado y sin embargo es Él quien está juzgando a los otros. Aparece como el que obliga a cada persona a tomar conciencia de lo que está haciendo.
Recordemos: Cuando lo iban a atrapar, allá en el huerto de los Olivos, Él se presenta y dice: "Soy yo. Si me están buscando a mí, dejen ir a los demás" San Juan 18,8.
Les obliga a caer en la cuenta de qué es lo que están haciendo. Luego el hombre que le dio la bofetada, y dice Cristo: "Si hice mal, corrígeme, dime en qué; y si no, ¿por qué me pegas?" San Juan 18,23.
Y luego Pilato le dice: "Eres tú el rey de los judíos? San Juan 18,34. Y yo pregunto: ¿realmente era Jesús el que estaba siendo juzgado? ¿O era Cristo el que estaba juzgando al mundo?
Lo que San Juan quiere que nosotros descubramos es que en la Pasión de Cristo el verdadero juez no era Pilato, no era Caifás, ni era Anás; el que estaba juzgando era el que parecía condenado, pero que tenía su conciencia limpia y su corazón terso, luminoso y limpio, Jesucristo. Es Él el que está juzgando.
Y Pilato le dice: Yo no soy judío; gente de tu propio pueblo vinieron a mí y te entregaron. ¿Qué fue lo que hiciste? San Juan 18,35.
Pilato pretende presentarse como juez: "Qué fue lo que hiciste?" San Juan 18,35. Jesús responde: "No es el mundo el que me ha hecho rey; no es el mundo el que me ha hecho rey" San Juan 18,36.
Figúrese usted que de pronto llegara aquí, qué sé yo, por ejemplo un policía, y viene a resolver un caso de un cierto señor que está por ahí poniendo problema. Y este señor dice:"Un momentico, yo soy el embajador del país de Austria, usted no tiene potestad para juzgarme a mí".
¿Tú entiendes lo que estoy diciendo? Estoy diciendo que en la Pasión de Cristo, es Cristo quien estaba juzgando al mundo. Y cuando Pilato se presenta así, lleno de autoridad y dice: "A ver, ¿qué fue lo que usted hizo?" Jesús le responde: "No es el mundo el que me ha hecho rey. Tú no tiene potestad para juzgarme a mí.
Si el título de rey me viniera de este mundo, tendría gente a mi servicio que pelearía para que yo no cayera en manos de las autoridades. Pero mi título de rey no viene de aquí abajo" San Juan 18,36.
Pilato le dice: "Ah, entonces eres rey" San Juan 18,36, y Jesús: "Eres tú quien lo dice" San Juan 18,37.
¡Te das cuenta de cómo Cristo en la Pasión según San Juan obliga a cada persona a que se sitúe en su propio sitio, a que descubra su propia conciencia? "Yo he nacido, yo he venido al mundo para eso, , dice Cristo, para dar testimonio en favor de la verdad" San Juan 18,37.
Y mira esta palabra, esta perlita que le suelta a Pilato: "Todo el que está por la verdad, escucha mi voz" San Juan 18,37, como quien dice: "Pilato, tú no eres un engranaje de un sistema social, ni jurídico, ni económico, ni político.
"Pilato, Pilato, te hablo a ti, óyeme, respóndeme, ¿tú por que no le das oídos a la verdad? Tú no te escudes en que el país anda mal, ni que Cefas te mandó, ni que tú estás cumpliendo órdenes, Dime tú, ¿por qué no oyes tú la verdad, Pilato?"
"Todo el que está por la verdad, escucha mi voz" San Juan 18,37. "¿Por qué no me oyes, Pilato?" ¿Y qué hizo Pilato? Preguntó: "¿Y que es la verdad? Pero diciendo esto se salió" San Juan 18,38. En realidad, no tiene nada que decir.
¡Qué escena tan ridícula, pero al mismo tiempo tan majestuosa! Pilato, el que era el representante del Emperador, el que ha juzgado a tantas personas, se va porque sabe qué más decirle a este Hombre, que tiene preguntas que nadie puede responder. Pilato se va de ahí. Pero ahí no termina la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
Pilato se convence de que ese Jesús es inocente, así dice expresamente: "Nosotros tenemos una ley, le dicen los judíos, y según esa ley tiene que morir, porque se declaró Hijo de Dios" San Juan 19,6-7.
Cuando oyó Pilato estas palabras, se fue atemorizando más y más y le preguntó a Jesús: "¿De dónde eres?" San Juan 19,9. Jesús había dicho: "Mi reino no viene de aquí abajo" San Juan 18,36.
Pilato se asusta, se da cuenta de que ese condenado es raro, hay algo raro con ese Señor, y se acerca donde Él y le pregunta: "De dónde eres?" San Juan 19,9.
Jesús no le responde. Pilato entonces hace alarde de toda su autoridad y le dice: "Bueno, ¿usted no se ha dado cuenta de que yo tengo autoridad para crucificarlo o para soltarlo?" San Juan 19,10.
Pilato hace valer toda su autoridad: "Yo soy aquí el Procurador romano", y le responde Jesús: "No tendrías autoridad sobre mí, si Dios no te lo permitiera" San Juan 19,11.
Porque Pilato creía que le estaba haciendo caso al césar, y él sentía que él estaba cumpliendo órdenes, que él pertenecía a un sistema de cosas.
Jesús le dijo: "Si no te la hubiera dado Dios; por eso más culpable es el que me entregó a ti" San Juan 19,11. ¿Y qué le estaba diciendo con esto? "más culpable", ¿o sea que quién es el culpable? Pilato.
Le esta diciendo a Pilato: "Tú eres culpable, porque tú ya te convenciste de que soy inocente; y tú estás juzgando no según la verdad; estás puesto como juez y no juzgas".
"Más culpable es el que me entregó a ti" San Juan 19,11. Claro, ese es más culpable, ¡pero más culpable que quién? Más culpable que Pilato.
es precioso leer esta Pasión de Cristo y descubrir quién es Cristo en el evangelio de San juan. Es que es una obra maestra, ¿de qué? De teología, de literatura, de historia.
¿En dónde se encuentra un relato tan exquisito, tan delicado, que logre presentar a un ajusticiado que empieza a juzgar a su juez hasta que lo hace reo, y hasta que le dice: "El culpable eres tú y no soy yo?"
Eso se lo dice Jesús a su propio juez, que es Pilato. "Más culpable es el que me entregó a ti" San Juan 19,11. Y por eso dice el evangelio, mira: "Al oír esto Pilato trató de dejarlo libre" San Juan 19,11.
Pilato entendió que estaba cometiendo una injusticia; se dio cuenta de que este loco, este que había tomado por loco, ese Cristo que parecía un loco, acababa de juzgarlo a él, al gran Pilato, al gran Procurador romano; había acabado de juzgarlo a él y lo había declarado culpable.
"Al oír esto, Pilato trató de dejarlo libre; pero los judíos gritaron: Si dejas ir a éste, no eres amigo del Emperador" San Juan 19,12.
"Cuando Pilato oyó estas palabras sacó a Jesús y se sentó en el tribunal, entonces le dijo a los judíos: ¡Ahí tenéis a vuestro rey!" San Juan 19,13-14, Pilato va y se lava las manos. Hasta ahí habló Cristo con Pilato.
¿Te das cuenta de qué fue lo que hizo Cristo con Pilato? ¿Lo juzgo! No era Pilato el que estaba juzgando a Cristo, sino Cristo el que le hace sentir a Pilato: "Tú eres un mentiroso; tú obras no como un verdadero juez; tú lo que no quieres es perder la amistad con el Emperador". Y después de que Cristo pronunció la sentencia contra Pilato, ya no le dijo una palabra más a Pilato.
La siguiente palabra de Cristo ya no será para Pilato, tampoco es para las autoridades judías. Ya a las autoridades judías las había juzgado, cuando les había dicho quién era Él; ya a Pilato lo había juzgado, cuando le había dicho quién era Él; ahora ya no se trata de un juicio, ahora se trata de la donación.
Cristo acepta con amor, con profundo amor, con inmensa paz, con sublime majestad; Cristo acepta dar la vida, y empieza a darlo todo. ¿Qué da Cristo? Lo único que tenía: su ropita, que queda para los soldados.
Mire, nosotros no sabemos lo que era dar la ropa en esa época. hoy vamos reuniendo cualquier mil pesos, con mil pesos ya alguna prenda podrá comparar, por lo menos de segunda.
En la época de Cristo la ropa no se vendía así no más, la ropa era carísima porque toda la ropa había que tejerla a mano, había que bordarla a mano, obviamente, no había máquinas. La ropa era carísima.
Cristo a juzgado al mundo, ha juzgado a Pilato, ha juzgado a su pueblo, y empieza ahora a dar, a darse a sí mismo, a darse. Y empieza por regalar su ropa, regala su ropa; le queda la ropa a los soldados, los mismos soldados que lo habían agarrado a fuete, ahí les regala la ropa.
¿Que más le quedaba a Cristo? Le quedaba su Madre, ¿Qué hace Cristo? Regala a la Mamá, regala a María: "Mujer, ahí tiene a tu hijo; hijo, ahí tiene a tu Madre" San Juan 19,25-26.
Cristo hace donación de su Mamá, la dona, la regala a su discípulo. Y es un doble regalo, porque Cristo dice: "Mujer, ahí tiene a ti hijo" San Juan 19,26, y en ese momento le estaba regalando un discípulo a esa Madre.
Luego dice: "Hijo, ahí tiene a tu Madre" San Juan 19,27, y en ese momento estaba regalando esa Madre a ese hijo. Cristo regala, regala sus discípulos, regala su Mamá...