I106002a
Fecha: 19990612
Título: El valor de la palabra humana
Original en audio: 4 min. 56 seg.
En esta semana décima hemos pasado del evangelio de Marcos al evangelio de Mateo; durante el tiempo Ordinario leemos los tres evangelios sinópticos: las nueve primeras semanas están para San Marcos y a partir de la décima semana vamos leyendo de manera casi continua el evangelio según San Mateo, empezando por ese texto que inauguró esta semana, el de las Bienaventuranzas.
Estas lecturas se corresponden entonces con el Sermón de la Montaña; dicen los estudiosos de la Sagrada Escritura que el Sermón de la Montaña reúne para una sola ocasión una multitud de enseñanzas de Cristo.
Pero no cualquier enseñanza, sino aquellas que consideraron los redactores y que consideró esa comunidad como esencialísimas, como las más propias, como las características de Nuestro Señor; ese modo paradójico de felicidad que anuncian las Bienaventuranzas es muy propio de Jesús.
Nos puede desconcertar un poco el pasaje que nos correspondió para hoy, que lo único que habla es de una prohibición de jurar; si nos quedamos sólo en el aspecto de prohibición tenemos que decir que lo que hace aquí Jesucristo es mandar que no se jure pero detrás de esa prohibición hay algo mucho más grande y mucho más hermoso que es la recuperación del valor de la palabra humana.
Así como Cristo cuando hace comparación en otros pasajes sobre la Ley antigua recupera el verdadero sentido de la Ley, porque Él dijo que "no venía a abolir sino a dar plenitud" San Mateo 5,17, aquí también recupera el verdadero sentido de la palabra humana.
Santo Tomás de Aquino se refiere a este pasaje cuando habla del juramento allá en su Suma Teológica y dice: "Si está aquí prohibido jurar, ¿por qué en el Nuevo Testamento aparecen juramentos?"
Por ejemplo, el Ángel que jura en el Apocalípsis o cuando San Pablo hace el equivalente a un juramento diciendo: "Os aseguro, y Dios me es por testigo" 2 Corintios 1,18, esa es una forma de juramento entre los judíos.
Santo Tomas dice: "¿por qué en el Nuevo Testamento aparecen juramentos, si aquí Cristo parece que los está prohibiendo?"
Para comprender y dar alguna respuesta hay que decir que lo esencial de la enseñanza de Cristo no está en la prohibicion de jurar sino en la recuperación de la veracidad, de la transparencia, de la capacidad significativa de la palabra humana.
Traduzcamos a términos positivos lo que aquí aparece como una prohibición: lo que aquí está diciendo Cristo es que tu palabra y quien la pronuncia sean tan verdaderos que no tengas que añadir más testigos, ni tengas que asegurar esas palabras con otras palabras.
Efecivamente, el juramento es en sí mismo como se practicaba en tiempos de Cristo, era algo tan excesivo y tan aberrante como a veces lo encontramos hoy, como en cualquier conversación de dos amigas para decir que "sí me pinté las uñas en este salón y no en el otro"; ya ahí se mete un juramento, con lo cual el Nombre de Dios, ciertamente, pierde su majestad y su lugar en la fe de los creyentes.
Ese tipo de juramento abusivo y aberrante está indicando que las palabras no tienen autoridad, no tienen fuerza, no tienen credibilidad, y Cristo quiere que entre sus discípulos la palabra tenga una fuerza tal de verdad, tenga una claridad, tenga una limpieza que se sostenga por si misma.
De esta manera explica Santo Tomás que si ese valor de la palabra humana fundada en la verdad se tiene, es posible que San Pablo o algunos otros del Nuevo Testamento hayan hecho esos juramentos sin contradecir el núcleo de la enseñanza de Jesucristo.
Y para nosotros ¿qué queda? Pues el reto inmenso de hablar con tal claridad, con tal luz, con tal transparencia, que nuestras palabras sean siempre manifestación de la verdad de Dios.