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Fecha: 20100125
Título:
Original en audio: 9 min. 43 seg.
En ocasiones Dios habla no solamente con las palabras sino con los hechos, por ejemplo con el orden que tiene los acontecimientos.
Cuando uno piensa, por ejemplo en jesús niño, que tuvo que ser llevado por sus padres con gran prisa a Egipto, pues eso se debió a la persecución de Herodes, pero en ese acontecimiento también había una señal de algo más profundo, porque luego Jesús tuvo que regresar de Egipto y entonces el Evangelista dice que ahí se estaba cumpliendo aquello de "llamé a mi Hijo de Egipto".
Es decir, Jesús estaba rehaciendo el camino de Israel, pero rehaciéndolo no en la desobediencia, no en la idolatría, como les pasó a los israelitas con el becerro de oro, sino rehaciendo el camino de Israel desde la obediencia y desde el amor. Ese es un ejemplo de cómo los acontecimientos se convierten en palabra.
Yo me atrevo a pensar que en el evangelio de hoy y en las lecturas de hoy hay algo parecido, especialmente en la primera lectura. La hora a la que sucedió la conversión de San Pablo fue el mediodía, por supuesto, la hora que tiene más luz; había mucha luz, y sin embrago, lo que le sucedió a Pablo fue que quedó deslumbrado por otra luz todavía mayor. Es decir, la conversión de Pablo físicamente hablando, materialmente hablando, fue un paso de la luz a mayor luz, no de la oscuridad a la luz.
Y aquí hay un significado, creo yo, que nos pude ilustrar mucho en dos sentidos. Porque resulta que hay conversiones que podemos decir que son de la oscuridad a la luz. Cuando una persona está metida en los vicios y deja esa vida moralmente sucia y empieza a vivir correctamente, eso es como pasar de la oscuridad a la luz.
Pero sucede que San Pablo no era un vicioso, San Pablo era una persona que no sólo estaba educada en al Ley, sino que quería practicar, con lo mejor de sus fuerzas, todo lo que pedía la Ley. Él pertenecía al grupo más estricto de los fariseos, él pertenecía a esa secta, podríamos decir de los judíos, que era más entregada al servicio de la Ley y a la observancia de la Ley.
Así que San Pablo no era ningún vicioso, de hecho, él tenía luz, tenía luz en su vida, porque la Ley es una luz, la Ley de Moisés, que esa es la Ley que él conoció, es una gran luz, es tanta luz, que todavía en nuestros colegios y parroquias entendemos que un niño tiene que recibir la preparación básica en la fe conociendo los mandamientos. O sea que los mandamientos son luz; los mandamientos, si son los de Moisés, son una gran luz.
Era el mediodía, era la luz más grande que tenía el mundo, los mandamientos. Así como no hay mayor luz durante el día que cuando es mediodía, así también no había mayor luz en el mundo que la luz de los mandamientos de Moisés. Pero esa luz de los mandamientos de Moisés se queda corta, esa luz no es suficiente para lo que Dios quiere de nosotros.
Entonces la conversión de Pablo va a ser como el paso de una luz, la luz de la Ley, a otra luz superior, la luz de la gracia, la luz que se manifiesta en el amor sobreabundante de Nuestro Señor Jesucristo.
Porque pasa que, aunque la Ley fuera una gran luz, tenía dos problemas. El problema primero es que todo el esfuerzo del cumplimiento queda del lado del pueblo, queda del lado del ser humano, y el ser humano es frágil, el ser humano no da para tanto. Y el segundo problema que tiene la Ley es que fácilmente nos convierte en jueces de los demás.
Porque cuando uno siente que uno se está ganando la propia salvación a pulso, cumpliendo todo aunque le cueste trabajo, pues uno se vuelve también implacable con los otros, uno se vuelve implacable con aquellos que no logran tanto, con aquellos que nopueden cumplir todo lo que uno está cumpliendo