Smat005a
Fecha: 20010921
Título: El silencio de Mateo apostol
Original en audio: 24 min. 16 seg.
Como dice la oración de la Misa de hoy, estamos celebrando la misericordia de Jesucristo, misericordia que se hizo presente en el lugar de trabajo y en el lugar de vivienda de este hombre llamado Mateo. Y casi siempre al predicar de este evangelio subrayamos, destacamos este aspecto de la misericordia que el Señor ofrece.
Hoy quiero compartir con ustedes algunos pensamientos sobre cómo recibió esta misericordia Mateo, es decir, vamos a comentar un poco sobre qué hizo Mateo ante la misericordia de Cristo.
Y lo primero que encontramos es aquella frase "Se levantó y lo siguió". (véase Mateo 9, 9), y lo segundo que nos llama la atención es que el texto que hemos oído es del evangelio segun San Mateo; pero Mateo no dice nada y no sólo no dice nada en el Evangelio que lleva su nombre, sino que tampoco dice nada en el evangelio de Marcos, en el evangelio de Lucas y ni en el evangelio de Juan. Los evangelistas nos cuentan de muchas intervenciones, por ejemplo de Bartolomé, de Tomás, Felipe, Andrés, Pedro, Judas Tadeo; pero Mateo es callado.
Prontitud y silencio, son las dos palabras que hemos encontrado y luego, después de ese silencio, porque no aparece ninguna sola intervención de él en todos los evangelios, ni una sola palabra en todos los evangelios, después de todo ese silencio y testimonio.
Prontitud en la acción, silencio de reflexión, testimonio con valor, son los pasos que da Mateo, y son los pasos que nosotros podemos tomar hoy como un modelo de recibir la misericordia, porque el Dios que obró misericordiosamente con Mateo, sigue obrando misericordiosamente hoy.
Hace unos días estube en una ceremonia impresionante. En la espiritualidad del Camino Neocatecumenal, hay un día durante esas predicaciones que hacen los catequistas cuando están iniciando una comunidad Neocatecumenal en una parroquia, que es el dia del sacramento de la penitencia y ese día va precedido, la ceremonia va precedida por una larga predicación, una larga liturgia con bastante Biblia y con bastante predicación.
No predicaban los sacerdotes. Al final el párroco dice una predicación, pero casi todo eran palabras de laicos, algunos de ellos, para mi gusto muy expresivos, muy bien centrados llenos de ardor por Cristo, otros, yo diría un poco más flojos y un poco sobreactuados; pero qué importan los juicios míos.
Lo que quiero contarles es que llegado el tiempo de los testimonios, empieza la gente a hablar, gente incluso que pasaba por el frente de la iglesia en esa ocasión y que entró casi por accidente ahí y se sentó hora y media o casi dos horas a oir Biblia y a oír laicos, allá unos señores y unas señoras hablando.
Y algunos décían: "Dios hoy me pide que deje la vida que estoy llevando y yo quiero confesarme, escuche, padre, la confesión de mis pecados" El evangelio cumpliéndose, el mismo Cristo que la hizo ahí, la sigue haciendo, y la gente experimenta eso.
Por eso, porque Cristo sigue llamando y porque Cristo sigue haciendo eso, por lo menos en esas personas yo lo vi y en otras desde luego, y en tantas ocasiones; por eso es importante aprender a responder a la misericordia. Y Mateo hoy nos da un ejemplo y nosotros queremos meditar en ese ejemplo, un ejemplo que va en tres pasos: primero prontitud en la acción, segundo silencio de reflexión y de humildad, tercero testimonio con valor.
En mis estudios de filosofía, de la historia de la filosofía me llamó la atención lo que se dice la escuela de los pitagóricos, aquellos que tenían tanto amor por los números, las proporciones y las armonías, más que por los números por las armonías.
Ellos eran los que decían que había tal proporción de armonías entre las estrellas, que si uno era suficientemente atento y suficientemente silencioso podía escuchar la música de los astros. Ahí había como un tejido, como un encordado y el que tuviera el alma serena podía oir la música de las estrellas.
Bueno, los pitagóricos eran amantes del silencio. Se cuenta que cuando una persona entraba a ese grupo que era medio filosófico, pero yo lo llamaría más religioso, de entrada, lo primero que se le pedía a la persona eran siete años de silencio, "durante siete años usted mire escuche y calle; póngalas en el orden que quiera".
Prontitud en la acción, hay que hacer algo. Nosotros imaginamos la conversión de una manera demasiado "espiritual", creemos que la conversión es solamente como una decisión que se queda allá por dentro, y ya me concetré y me convertí. ¡No! Hay que hacer algo, hay que cambiar algo en la vida, esto lo predican los que han trabajado con adicciones muy fuertes, por ejemplo de alcohol o de droga.
Uno de los lemas, por decir algo, en alcohólicos anónimos es: "si nada cambia, nada cambia". Hay que cambiar las costumbres, los lugares, las amistades, las lecturas, las diversiones; si nada cambia en esos aspectos, en esas áreas, nada cambia en la vida nuestra. Hay que hacer algo, la conversión requiere no solamente que yo diga sí me convertí, se requiere que yo tome acción, tome cartas en el asunto y haga algo.
Observemos que hay una aparente contradicción en el texto brevísimo que hemos escuchado en el evangelio, dice: "él se levantó y lo siguió" (véase San Mateo 9,9), ahí daría la impresión que ya Mateo se quedó sin casa y que se quedó sin nada y ha empezado a seguir a Cristo; pero luego dice en el siguiente versículo: "Y estando en la mesa en casa de Mateo", (véase Mateo 9,10), así que se supone que si lo siguió, y Cristo no tenía casa, pues entonces Mateo ya se quedó sin casa.
Pues no. Ese primer "lo siguió", no está indicando que Mateo se quedó sin todas las demás cosas, (que después sí se quedó sin todas ellas ), pero no está indicando eso, "lo siguió", hizo algo concreto. Si yo quiero experimentar, si yo quiero recibir la misericordia de Cristo que está ofreciéndome, tengo que hacer algo.
Esto lo saben muy bien unos, que yo llamaría expertos en conversión, que son los predicadores del Camino Neocatecumenal. Para ellos la conversión es la palabra fundamental, y yo creo que tienen razón en eso.
Entonces antes de las confesiones en esa ceremonia tan linda, la persona tiene que hablar tiene que hacer algo y uno cree que se van a levantar siempre las misma viejitas piadosas a decir: "a mí esto me llama...., el Señor me pide en ese discurso...., que yo ya he participado en "n" retiros y ahora que estoy ...."
No, es muy emocionante ver a un muchacho con su peinado "punk", no tienen idea cómo va a hablar, le tiembla el pulso, le sudan las manos, no sabe cómo hablar, y empieza a decir: "yo tengo que hablarles, tengo que decirles, estoy aquí atragantado", y se arriesga y se le quiebra la voz y llora de pronto, pero hace algo.
Las personas que sólo piensan y repiensan y vuelven a pensar y luego piensan sus pensamientos a ver si pensaron lo que había que pensar no logran nada.
La conversión supone hacer algo, romper con algo y empezar algo; dejar algo y comenzar algo; la conversión supone tomar una acción. Si yo recibo la misericordia de Cristo, tomo una acción y esa acción que tomo es indispensable.
Nosotros no somos Ángeles. En los Ángeles la decisión interior es la acción, en las personas humanas, no. Nosotros tenemos adentro y afuera, y la decisión interior tiene que tener una repercución exterior, porque como dicen los de alcoholicos anónimos, "si nada cambia, nada cambia ".
Segundo paso: Mateo como si fuera uno de aquellos pitagóricos estaba callado, callado. Viene un tiempo de silencio, indudablemente actuaba, por ejemplo, le ofreció a Cristo aquella comida. Los fariseos preguntaron a los discípulos "¿como es que vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?" (véase Mateo 9,11).
De pronto una persona como yo, u otro así bien atravesado, hubiera dicho: "a usted qué le importa, esta es mi casa, yo veré a quién invito, cómo invito, con quién coma, o lo que sea; si no le gustó deje el ancho de frente y retírese". Pero Mateo callado. Es necesario un tiempo de silencio y un tiempo de interiorización; hay que tomar acciones, pero hay que hacer silencio y un tiempo de interiorización.
Hay que tomar acciones pero hay que hacer silencio. Y a mí me parece que en esto como que uno se equivoca mucho, porque uno empieza por actuar poco y hablar mucho. Pero lo que dice el Evangelio es actuar mucho y hablar poco.
Estamos haciendo lo contrario del Evangelio muchas veces. Si quiero recibir la misericordia, igual, si quiero vivir la conversión, actúe mucho y hable poco. Y eso es lo que hace Mateo, actuó, obró. Que vámonos para tal parte, allá va Mateo. Sí, hay que tener en cuenta que ese silencio de Mateo es un silencio muy fecundo, que otra gente que hablaba más, la embarraba más.
Recordemos aquel caso en el que iban pasando por una ciudad de Samaria. Los samaritanos eran enemigos de los judíos, iban hacia judea, sabían que iban a Jerusalen, los samaritanos lo sabían, entonces no les dieron hospedaje.
Santiago y Juan que eran dos hermanos y que eran de un temperamento sumamente fuerte le dicen a Cristo: "¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo ( fíjense, mandemos ) que baje y los consuma? (véase Lucas 9, 54 ) Y Mateo callado. Es necesario ese silencio de interiorización. Actúe mucho y hable poco.
Yo creo que los grandes retrasos en mi vida han sido fundamentalmente por esto, pero debo decir a mi favor que a mí no me predicaron lo que yo estoy predicando aquí. Pero es así, actúe mucho y hable poco, eso es clave.
Hable poco significa no opine demasiado sobre demasiadas vidas, no opine demasiado sobre los planes de Dios no se ponga a mejorarle el plan a Dios. Fíjense cómo todos los que hablaban mucho, en los evangelios, eran gente que le estaban mejorando los planes a Dios, por ejemplo Pedro.
Pedro sentía que era "intimo" con Jesucristo. Entonces dice Cristo bueno vamos a ir a Jerusalén, al hijo del hombre lo van a entregar, lo van a condenar, lo van a no se qué. Entonces Pedro que sentía que era de confianza y que podía hablar, entonces le dijo a Cristo: "no, qué te va a suceder a ti eso, organicemos de esta y de esta otra manera".
Es bien importante para no meterse uno a consejero de Dios que no partamos de la base de que uno ya le conoce uno la pisada a Dios, que ya le conoce el camino a Dios. Uno no se lo conoce. Por eso el silencio, es silencio de no entiendo, vamos a ver si voy a entender, pero por ahora no entiendo, honestamente no entiendo, punto.
Hay que darse un tiempo para no entender, porque el tiempo en que no entiendo es el tiempo en que puedo aprender, en cambio el tiempo en el que creo que ya entendí, es el tiempo en el que no aprendí, entonces el que ya sentí eso para no entender... no entiendo.
¿Por qué me pasa esto?, ¿por qué se me repite esto?, ¿por qué no me sale esto? No entiendo, pero necesito tiempo para no entender, porque es tiempo para aprender. Además ese silencio sirve para apreciar lo que Dios ha hecho con nosotros.
Algunos predicadores dicen que cuando Cristo hizo unos milagros y les dijo a las personas: "No se lo cuentes a nadie" (véaseSan Marcos 1, 44 ), los estaba enviando a este silencio del que estamos hablando: piense primero, capte, saboree, disfrute, aprecie lo que hice por usted, ¡aprecielo!; péselo en su corazón, sopéselo, obtenga todo el valor y todo el tamaño de eso; valore su tesoro agradézcalo, gócese en él. Y esto es fundamental error que tantos hemos cometido, pero bueno, estamos aquí precisamente para mejorar de vida.
Aprecie lo que he hecho por usted, aprécielo, valórelo, agradézcalo, meditelo. De esta manera el corazón aprende a vivir en el agradecimiento y aprende a vivir en la confianza.
O sea que ¿cuáles son los frutos de ese silencio, que es la segunda etapa? Los frutos son: no juzgar a las otras personas, no meternos de consejeros de Dios, ser discípulos antes que maestros y además valorar lo que Dios ha hecho por nosotros para aprender a ser agradecidos y para aprender a tener confianza. Es una etapa muy importante, y Mateo la vivió, por lo que parece que indican los evangelios, la vivió bastante a fondo.
Además, otra ventaja de este silencio: a través del silencio Mateo hace una especie de penitencia. Él había hecho mucho daño, la Biblia nunca lo representa como una persona inocente ni como una persona buena; ha hecho mucho daño. En cierto sentido, su silencio es también un silencio de vergüenza, es un silencio de pudor y de respeto ante las otras personas, es un silencio de humildad.
Es mucho lo que podemos aprender de este silencio de Mateo, pero este silencio no es eterno. Luego viene el silencio transformado en palabras, testimonio con valor.
Mateo después de ese silencio, después de esa meditación, después de recoger tantas cosas, se convierte en un predicador para todos los siglos, porque mientras la iglesia sea Iglesia y haya Iglesia en esta tierra, estas palabras del que estuvo en silencio, van a seguir proclamándose, nos vamos a morir nosotros, nosotros todos los parlanchines nos vamos a morir, y este silencioso seguirá dándonos su palabra.
Cuando todos nosotros hayamos desaparecido esta palabra de Mateo seguirá predicándose. El silencio, cuando llega a rozar el umbral de la palabra con "P" mayúscula. Mateo da testimonio con valor, da testimonio de fondo, da testimonio profundo, este es el tercer aspecto en la misericordia.
Aquél que ha descubierto con gratitud lo que Dios ha hecho, puede ofrecer esa palabra, aquél que ha conocido, podríamos decir que hasta el fondo la maldad humana, y ha conocido al fondo la bondad divina, ese sí puede predicar.
De ese silencio humilde y de ese silencio de agradecimiento, surge una palabra que no se detiene por la maldad de los hombres, es que la palabra del predicador puede ser todo menos ingenua. Uno jamás como predicador cristiano, jamás puede presentarse con un mensaje de pajaritos pintados frente a tanto dolor, frente a tanto insulto, frente a tanta maldad que de distintas maneras experimentamos; no podemos predicar cuentos de hadas.
Lo que tiene qe salir de la boca del predicador es la claridad sobre el mal que hay en el hombre y su posibilidad de bien, desde luego, y sobre el bien que hay en Dios y con ese bien en misericordia y en caminos de gracia, se convierte en puente y vida en los corazones de quienes se convierten.
La predicación tiene que tener la seriedad del que ha conocido el mal y el optimismo del ha conocido el bien, las dos cosas, uno que hable como sin el saber del mal,distraerá; uno que hable sin saber del bien, amargará. ¿Qué queremos ser como predicadores? Bufones que distraen, o copas de hiel que amargan.
Hay que conocer de ambos, hay que haberlos pesado en el corazón y hay que sentir que la persona más perversa que pudiera oír nuestras palabras, puede encontrar una voz que le reclama conversión y una voz que le ofrece misericordia; que la persona más superficial, que la persona más olvidadiza pueda quedarse con algo en su corazón y que la persona más profunda pueda quedarse con algo nuevo en su alma.
Y esto es lo que nos ofrece Mateo, ese que descendió hasta el fondo del pozo, ése que sabía lo que era sentirse odiado hasta el fondo y generar odio; ése que sabia lo que era egoísmo hasta el fondo; ése transformado por Cristo y madurado en el crisol del silencio y del amor; ése es el predicador que ahora, y mientras la Iglesia sea Iglesia en esta tierra, nos está anunciando el mensaje de salvación. Ese es Mateo el Apóstol y el Evangelista.