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Fecha:19970506
Título:
Original en audio: 9 min. 34 seg.
Queridos Hermanos:
El breve y hermoso relato de los Hechos de los Apóstoles nos muestra bien la humilde fuerza del Evangelio.
¿Ustedes habían conocido unos prisioneros tan libres, que son capaces de entonar cánticos de alabanza en el fondo de una mazmorra después de haber sido injustamente molidos a palos?
¿Conocemos otros prisioneros que puedan levantar sus manos encadenadas por los hierros de esta tierra para bendecir al Dios de los cielos?
¿Conocemos prisioneros que puedan celebrar su prisión como otros celebran su libertad, y que puedan gozarse de sus heridas como otros se gozan de sus joyas o de sus ropas?
¡Conocemos acaso prisioneros como estos que traigan un mensaje de tan grande esperanza que resulta, no sólo luz en la oscuridad de esa prisión para los otros condenados, sino que llega a convertirse en la única posibilidad de salvación del carcelero?
No conocemos unos prisioneros como estos ni tampoco conocíamos a un carcelero que se le arrodiolla a un prisionero para decirle: "¿Ahora yo qué tengo que hacer para salvarme? (véase Hechos de los Apóstoles 16,30).
En ese carcelero que se arrodilla delante del Apóstol prisionero, está la imagen de la manera como el mundo trata al Evangelio y a los evangelizadores, y al mismo tiempo, de la súplica que le hace a esos evangelizadores y a ese Evangelio.
Porque el mundo pretende confinar a las tinieblas a la luz, a esa luz que es el Evangelio; el mundo pretende encerrar y encadenar a la libertad que es Cristo, y el mundo pretende odiar al amor que se ha manifestado en su Pascua.
Con todas las fuerzas de su alma,castiga a esos evangelizadores y les recluye en oscura mazmorra.Pero despúes que los ha encerrado allá, tiene que ir también alñlá a pedir un poco de luz.
Es este un carcelero que tiene las llaves de la cárcel, pero que no tiene las llaves de su corazón; sabe asustar con el látigo, con la espada, pero en realidad está asustado, porque él es víctima de un azote que es más fuerte que el de un látigo, y pesa sobre él una condena que es más fuerte que la de cualquier espada.
Todo su miedo se traduce en un gesto desesperado cuando intenta suicidarse, y es un prisionerao el que le da la libertad. Este pobre prisionero grita: "No te hagas nada, nosotros estamos aquí" (véase Hechos de los Apótoles 16,28).
Esta vez, es un condenado a muerte el que ha salvado de la muerte a su propio carcelero; esta vez, es la humildad la que ha triunfado y del fondo de esa cárcel, como en otro tiempo del fondo del sepulcro, ha salido una voz para salvar al que parecía que estaba libre, pero que había aprisionado a la libertad.
Y el carcelero pregunta: ""Qué tengo que hacer yo para salvarme? (véase Hechos de los Apóstoles 16, 30). Es una pregunta que tiene que hacerse todo aquel que ha alardeado de su poder, de su dinero y de su capacidad de hacerle daño a los otros.