Diferencia entre revisiones de «Ao23001a»
(Página nueva: '''Fecha: 19960908''' '''Título: La corrección fraterna''' '''Original en audio: 12 min. 57 seg.''' Hermanos: Las lecturas del día de hoy nos hablan de la comunidad en buena s...) |
m (Protegió Ao23001a: transcribiendo [edit=sysop:move=sysop]) |
(Sin diferencias)
| |
Revisión del 05:15 26 ago 2008
Fecha: 19960908
Título: La corrección fraterna
Original en audio: 12 min. 57 seg.
Hermanos:
Las lecturas del día de hoy nos hablan de la comunidad en buena salud y de cómo recuperar esa salud comunitaria. ¿Qué hacer cuando aparece el mal? ¿Cuando llega el pecado a la comunidad?
¿A qué comunidad se estaba refiriendo Jesús cuando decía estas palabras? Ese es un problema un poco complicado de resolver, porque lo que parece más probable, es que ellas describen más una situación de las comunidades cristianas ya formadas, que incluso del tiempo mismo en que Jesús estuvo predicando y peregrinando en Palestina.
Pero, no vamos a entrar en ese problema, que podemos bien dejar a los especialistas. Nosotros ocupémonos de aquello que nos ofrece más directamente la Palabra del Señor.
¿Qué hacer cuando notamos que hay error, que hay pecado, que hay problema, que hay oscuridad en las vidas de otras personas? Yo quisiera tomar inspiración, con la ayuda de Dios, en un documento muy antiguo que tiene gran importancia para nosotros, los dominicos: es la llamada Regla de San Agustín.
La Regla de San Agustín trae algunos principios básicos para la constitución de una comunidad de personas consagradas a Dios. Y dentro de esa Regla de San Agustín, se habla también de la corrección fraterna, la corrección que un hermano puede y debe hacer a otro hermano.
Una de las enseñanzas que trae esta Regla de San Agustín, es que: "No somos", -dice San Agustín-, "misericordiosos, si callando lo que vemos, dejamos que se pierdan nuestros hermanos".
A veces, el individualismo que ahoga a nuestra sociedad, como que nos desautoriza para hablarle a los demás. Estamos un poco en la idea de que nadie debe inmiscuirse en la vida de nadie: "¡Que nadie se meta en mi vida! ¡Eso es asunto mío! ¡Esa es mi vida privada!"
Y por eso mismo, sentimos que no podemos entrar fácilmente en la vida de las demás personas. Piense usted, por ejemplo, en su trabajo. ¿Se atrevería usted a decirle a un compañero suyo de trabajo: "Mira, me parece que el alcohol está destruyendo tu vida"?
¿Podría usted decirle a una de sus secretarias, o a una persona que trabaja allí donde está usted: "Ese desorden afectivo en el que estás viviendo, no te va a llevar a ninguna parte"?
Más bien, parece que estas palabras que nos enseña Jesús, como que quedan en el desierto. Y casi yo me preguntaría: ¿A quién le importa hoy un evangelio como el que hemos escuchado? ¿A quién le interesa de qué manera se puede corregir a los demás, si a nadie le interesa ser corregido?