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Qué hermosos son los misterios de la biología, especialmente con lo que tiene que ver con el nacimiento, con la reproducción. Por ejemplo, ¿qué tal el desastre de una semilla que puesta en la tierra, donde no hay luz, donde no hay brújula, empezara a crecer de para abajo? Pero las semillas tienen sus orientaciones geotrópicas y heliotrópicas, y todos los nombres que den los biólogos, que hacen que identifiquen, por medio de la fuerza de la gravedad, hacia dónde tiene que crecer.
 
Qué hermosos son los misterios de la biología, especialmente con lo que tiene que ver con el nacimiento, con la reproducción. Por ejemplo, ¿qué tal el desastre de una semilla que puesta en la tierra, donde no hay luz, donde no hay brújula, empezara a crecer de para abajo? Pero las semillas tienen sus orientaciones geotrópicas y heliotrópicas, y todos los nombres que den los biólogos, que hacen que identifiquen, por medio de la fuerza de la gravedad, hacia dónde tiene que crecer.
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Pero si pudiéramos meter una microcámara en esa semilla que está ahí enterrada, descubriríamos el milagro de un crecimiento que va hacia el aire, que va hacia la luz, que se apresura hacia el fruto, en medio de la tierra oscura y ciega.
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¿No es hermoso pensar que nuestra historia está sembrada de Dios, que nuestras vidas están sembradas con la Palabra de Dios? Y que también dentro de esa historia, tantas veces ciega y negra como la tierra por dentro, también en esa historia la semilla de la Palabra de Dios, aunque parezca increíble, por caminos inesperados, va abriendo su ruta, va abriendo su camino y se apresura al fruto, y ese fruto que un día contemplaremos es la gloria inmensa de Dios nuestro Padre, una gloria que tiene su primicia en la Resurrección de Jesucristo, pero que sólo alcanzará su plenitud cuando nosotros mismos hayamos florecido?
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Porque efectivamente, el texto de San Pablo nos invita a pensar todavía en otra realidad. Vamos a seguir con este ejercicio de comparar las lecturas: la siembra de Isaías y de san Mateo con el texto hermoso de san Pablo. Vamos a pensar ahora que la palabra está sembrada no sólo en la tierra, no sólo en los oídos o corazones de las personas, sino que está sembrada en nuestro cuerpo. San Pablo nos habla de la redención corporal.

Revisión del 16:52 20 jun 2008

Fecha: 19990711

Título:

Original en audio: 10 min. 37 seg.


Acabamos de escuchar una parábola del Evangelio. Tal vez la parábola más conocida de todos, es decir, más conocida por todos nosotros, la parábola del sembrador.

Cuanto más conocido un texto, pues en cierto modo más difícil para la predicación, porque ¿qué podría yo decir sobre esta parábola del sembrador, si usted no hubiera escuchado en otro momento?

Pero la Iglesia no nos ha regalado hoy solamente esta parábola, sino que nos ha propuesto otras lecturas. Y a veces pasa, como hoy, que el conjunto de las lecturas nos ayuda a descubrir contrastes insospechados, riquezas que a primera vista no encontrábamos.

Es lo mismo que hace un pintor. Un hábil pintor, combinando colores, hace que veamos los colores. Porque los colores, llega un momento que se vuelven invisibles, si no tienen cerca otros colores que les sirvan de contraste, de preparación, de contexto.

Por ejemplo, ¿qué tal inventar hoy una relación entre la segunda lectura de la Carta a los Romanos, una lectura mucho menos cercana, mucho menos asequible a nosotros, qué tal relacionar esa segunda lectura con el evangelio? Porque la relación entre la primera lectura, de Isaías, y el Evangelio de San Mateo, es prácticamente obvia.

De un modo poético y vigoroso, como es el estilo de este profeta, Isaías nos dice que la palabra es eficaz, que no vuelve a Dios sin dar fruto. Ya ahí queda como anticipada la imagen de la palabra en cuanto semilla, imagen que luego aparece en el evangelio.

No es tan difícil entonces relacionar el texto de Isaías con el Santo Evangelio. En cambio la segunda lectura, que está tomada de de la Carta a los Romanos, tiene un escenario muy distinto. Ahí no se trata solamente de la predicación y de un auditorio en particular. San Pablo nos invita a contemplar el universo entero, un universo que está en expectativa, que está en esperanza.

"Considero, -nos dice-, que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que está a punto de revelarse en nosotros" (véase Carta a los Romanos 8,18). La revelación de la gloria es algo que sucede en nosotros, pero es algo así como la cosecha: mientras no aparece el fruto maduro parece que no hubiera fruto. ¿Qué hermosos comparara la eficacia de la Palabra de Dios, como la presenta Cristo en la parábola del sembrador, con el curso de la historia humana.

¿No le parece a usted sugerente eso de mirar la historia humana, el conjunto de la historia humana,-vaya cuadro-, con un inmenso sembrado? y ¿qué tal pensar que la tierra entera, la historia humana entera está sembrada de la gloria de Dios? ¿Qué ta lpensar que la gloria de Dios ya está sembrada y ya se va abriendo curso misteriosamente?

Qué hermosos son los misterios de la biología, especialmente con lo que tiene que ver con el nacimiento, con la reproducción. Por ejemplo, ¿qué tal el desastre de una semilla que puesta en la tierra, donde no hay luz, donde no hay brújula, empezara a crecer de para abajo? Pero las semillas tienen sus orientaciones geotrópicas y heliotrópicas, y todos los nombres que den los biólogos, que hacen que identifiquen, por medio de la fuerza de la gravedad, hacia dónde tiene que crecer.

Pero si pudiéramos meter una microcámara en esa semilla que está ahí enterrada, descubriríamos el milagro de un crecimiento que va hacia el aire, que va hacia la luz, que se apresura hacia el fruto, en medio de la tierra oscura y ciega.

¿No es hermoso pensar que nuestra historia está sembrada de Dios, que nuestras vidas están sembradas con la Palabra de Dios? Y que también dentro de esa historia, tantas veces ciega y negra como la tierra por dentro, también en esa historia la semilla de la Palabra de Dios, aunque parezca increíble, por caminos inesperados, va abriendo su ruta, va abriendo su camino y se apresura al fruto, y ese fruto que un día contemplaremos es la gloria inmensa de Dios nuestro Padre, una gloria que tiene su primicia en la Resurrección de Jesucristo, pero que sólo alcanzará su plenitud cuando nosotros mismos hayamos florecido?

Porque efectivamente, el texto de San Pablo nos invita a pensar todavía en otra realidad. Vamos a seguir con este ejercicio de comparar las lecturas: la siembra de Isaías y de san Mateo con el texto hermoso de san Pablo. Vamos a pensar ahora que la palabra está sembrada no sólo en la tierra, no sólo en los oídos o corazones de las personas, sino que está sembrada en nuestro cuerpo. San Pablo nos habla de la redención corporal.