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Revisión del 04:26 18 jun 2008
Fecha: 20020708
Título: Dos rostros de la misericordia de Cristo
Original en audio: 9 min. 16 seg.
Prácticamente toda la Biblia la podemos resumir en aquello que hemos dicho en el Salmo: "El Señor es clemente y misericordioso" (véase Salmo 145,8).
Puede decirse que la Biblia entera es la revelación de la misericordia de Dios. Porque Dios, todo lo que hace por nosotros, lo hace no por un deber, no por una obligación, no por una deuda.
Y cuando una cosa se hace, es buena y no es por una deuda, ¿por qué es? Por amor, amor que toma el rostro de la compasión cuando se trata de alguien que tiene necesidad.
De manera que en la práctica, todas las páginas de la Biblia son revelaciones del amor de Dios, un amor que repito, tiene muchos rostros. Hoy, por ejemplo, hemos visto dos rostros de ese amor, muy distintos entre ellos, pero ambos provienen del mismo amor de Dios.
¡El amor que separa, el amor que aparta, el amor que quita las distracciones, que quita los ídolos, que quita la competencia! Esto tiene que ver mucho con el amor de pareja, porque uno ve, cómo cuando un muchacho está interesado en una niña, sabe que necesita un tiempo a solas con ella; si no, nunca va a hacer nada. Necesita sacarla aparte.
Si están en una reunión, si están en una fiesta: "Déjenmela un momentico sola". Necesita un momentico a solas con ella, para poder decirle: "Tú eres importante para mí. Yo creo que podemos tener algo". Bueno, yo no sé cómo sean las declaraciones en estos tiempos. El hecho es que toca aislar a la persona.
Hay que quitar la competencia. Algo parecido es lo que nos presenta Oseas. Oseas fue un hombre que vivió el dolor de la infidelidad. Porque la esposa con la que él se casó, era una mujer que se llamaba Gómer, me parece, y con ese nombre, ¿qué podía hacer Gómer?
Tenía por oficio, o tenía por gusto, andar buscando hombres. Oseas sufrió con la infidelidad, y él sabía muy bien lo que significa apartar la competencia, tener por fin a solas a su mujer, sin verse obligado a estarla vigilando.
Pues, eso mismo quiere Dios con nosotros. Nuestros ídolos son la competencia que tiene Dios. Dios quiere todo nuestro corazón. Pero los ídolos son una competencia que no deja que nos entreguemos por completo a Él. Entonces, Dios, en un acto de amor, en un acto que tiene por meta liberarnos, quita la competencia. Son los momentos de desierto.