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Revisión del 23:42 19 ene 2008

Fecha: 19990217

Título: Tiempo de Cuaresma, tiempo en el que la alegría se silencia para aprender de qué alegrarse

Original en audio: 16 min. 45 seg.


Hermanos:

Nos congrega hoy la Iglesia, nuestra madre la Iglesia, y nos congrega la virtud de esta Palabra que acabamos de escuchar. Nos congrega la memoria del sacrificio de Cristo, que se hace presente en cada Eucaristía. Nos reunimos, y como toda la Iglesia en este día, celebramos el comienzo de la Cuaresma, una celebración humilde.

A veces asociamos celebración con fiesta, con regocijo. Hoy la alegría queda en lo profundo del alma, queda como a la expectativa, y hace silencio mientras aprende de qué tiene que alegrarse. Hoy es Miércoles de Ceniza.

Este mismo nombre, esta misma señal, está indicando el carácter del día: la ceniza, semejante al polvo que estorba; la ceniza, parecida al barro que despreciamos; la ceniza, restos de lo que ya fue y ya no es; la ceniza, mugre, estorbo, pasado, huesos que ya no tienen carne, que ya no tienen vida.

Y sin embargo, esa ceniza es también un comienzo. Si se parece al barro, quiere decir que Dios, así como hizo con el barro a Adán según la imagen de la Biblia, así también de nuestra ceniza nos puede hacer a nosotros.

Si esta ceniza se parece al mugre y la presentamos ante Dios, se puede cumplir en nuestras vidas aquello que dijo la Palabra: que "Dios haría brotar para nosotros agua para limpiarnos", que "Él nos lavaría de nuestros delitos" (véase Ezequiel 36,25).

No es tan malo presentar el mugre, que es para que lo limpien. No es tan malo presentar una herida, si es para que la sanen. No es tan grave presentar los huesos en la muerte de eso que no hemos podido ser, si es para que la luz de Cristo, el amor de Cristo y la fuerza de Cristo hagan también ahí una resurrección.

Por eso digo que en este día, no es que se haya muerto la alegría, sino que en este día la alegría tiene que entrarse al corazón, y tiene que callarse, tiene que aprender a hacer silencio mientras aprende de qué debe alegrarse.

El Papa Juan Pablo Segundo ha dicho varias veces, que si el mundo pierde el sentido del pecado, pierde también el sentido del amor de Dios y de la gracia de Dios.

La manifestación máxima del amor de Dios, es su gracia. Y el que no descubre el poder de la gracia de Dios, casi me atrevo yo a decir, no conoce a Dios. Pero para descubrir la gracia de Dios, que es como ese médico que nos sana, primero tenemos que descubrir en nuestra vida lo que nos avergüenza.

Y por eso hay que empezar ese tiempo de Cuaresma con la mirada desde el principio puesta en la Cruz de Jesucristo, con los ojos fijos en su muerte, en su sepulcro y en la luz impetuosa, imparable de su Resurrección.

Así como Cristo en el sepulcro, siendo quien era, la vida misma, quiso gustar la muerte, así como Cristo en el sepulcro, sepultado, parece casi que no existiera, así también nosotros los cristianos durante la Cuaresma, parece que sepultáramos la alegría. Hacemos ayuno, nos cubrimos de ceniza, nos vestimos de luto; parece que la alegría no existiera.