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Revisión del 04:04 1 dic 2007
Fecha: 20011209
Título: El mensaje de un Profeta
Original en audio: 11 min. 40 seg.
Nuestra Iglesia quiere que en este segundo domingo de Adviento fijemos nuestra mirada en ese personaje, ese hombre atrayente, misterioso, rudo, sincero, un hombre hecho como de fuego.
Su nombre, Juan, pariente de Nuestro Señor Jesucristo, y por el oficio que realizó en el ministerio público que Dios le encomendó, lo llamamos Juan el Bautista, Juan el de los bautismos, el Bautizador.
¡Qué figura extraña, y sin embargo cercana a la vez! Es extraña por su manera de vivir, es extraña por la dureza de sus palabras, pero resulta cercana a nosotros, porque lo que él denuncia, la hipocresía contra la que él se opone, y la verdad que él busca, son las mismas luchas, las mismas búsquedas de nuestro corazón, y me atrevo a decir, de los corazones de todos los tiempos.
Juan es un hombre que vive en el desierto. Ese vestido tan extraño que lleva, y esa dieta tan rara, tienen una razón de ser. Se viste de piel de camello, se alimenta de langostas y miel silvestre; es decir, encuentra todo su sustento, encuentra el alimento y el vestido, encuentra la vivienda y el descanso, en el desierto.
Y esto, sólo esto ya, es un mensaje profético. No se nos olvide, hermanos, que los profetas hablan, no sólo cuando abren la boca; su modo de vida es ya un mensaje. Y en el caso de Juan, vivir en el desierto, y ser sostenido por la providencia de Dios en el desierto, es un gran mensaje.
¿Por qué? Por tres razones. Primera, porque el tiempo de mayor amor, de mayor unidad y amor entre Israel y Yahveh, fue el tiempo del desierto; fue en el desierto, cuando los israelitas no tenían nada. Fue allí, donde descubrieron que Dios era todo.
Y así Juan, con su manera de vida, está mostrando que el mismo Dios que fue capaz de sostener a un pueblo en el desierto, es el mismo Dios que lo sostiene a él. Su manera de vivir y de comer, está llevando la memoria del pueblo hacia los tiempos grandes del amor entre Yahveh e Israel.
En segundo lugar, Juan el Bautista, con esa manera de vestir y de comer, está separándose de un sistema social, está denunciando un sistema social.
Su pueblo está bajo el dominio de los romanos, pero en el desierto no mandan los romanos. En el desierto nadie puede vivir, en el desierto nadie manda; o mejor dicho, el único que manda es Dios. De modo que Juan, viviendo en el desierto, está deslindándose, está separándose de todo un sistema.
Hace unos treinta y tantos años, empezó con una fuerza impresionante el movimiento hippie, y luego ha tenido otros hijos, sobrinos y nietos, entre los cuales está el piercing, el tatuaje y los peinados raros.
Pues todas esas actitudes del hippie, que desgreñado vive en un parque haciendo artesanías con alambritos, o del punk, que se hace una cresta de gallo, o del que se cuelga un poco de argollas en la lengua o los cachetes, son actitudes de rebeldía frente a un sistema social; con el grave problema de que el hippie no logra separarse completamente de ese sistema.
Lo denuncia, pero pone una página en Internet; lo critica, pero recibe los pesos o dólares que le den. Y además, el verdadero hogar del verdadero hippie, está en las nebulosas dudosas de la droga.
Juan Bautista es el hombre al que hay que ver antes de volverse hippie. Yo creo que si yo no hubiera conocido el vigor de la predicación de Juan Bautista, y sobre todo, el encanto del Corazón de Jesucristo, quién sabe qué alambritos estaría torciendo yo en cuál parque.
Porque a mí, lo mismo que a muchos de ustedes, me fastidian una cantidad de hipocresías y mentiras, de injusticias y traiciones que tiene este sistema social, donde muchas veces ascender, significa apoyarse en el cráneo de otro. Se asciende por vía de traición, de mentira, de lambonería. Eso fastidia, eso da asco, eso apesta.