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Pidamos al Señor la gracia de aceptar cada vez más su gracia y el valor de predicar cada vez más que la justicia se realizó en la Cruz, y que en la Cruz brota amor y salvación para todo el que crea y se convierta.
 
Pidamos al Señor la gracia de aceptar cada vez más su gracia y el valor de predicar cada vez más que la justicia se realizó en la Cruz, y que en la Cruz brota amor y salvación para todo el que crea y se convierta.
  
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Revisión del 19:58 13 sep 2007

Fecha: 20031011

Título: La Cruz es el lugar del juicio

Original en audio: 8 min. 20 seg.


Queridos hermanos:

El tema del juicio, podemos decir, que no es un tema muy popular en nuestros días. Nos hemos acostumbrado, y eso no está mal, a mirar ante todo al Dios de la misericordia, al Dios del perdón y creo que todos nosotros -yo el primero- hemos descubierto que necesitamos, que somos indigentes y mendigos de la divina misericordia; y por eso nos sentimos felices de proclamar, de cantar la misericordia de Dios, porque sabemos, que en esa gracia divina, en esa compasión infinita, está toda nuestra esperanza.

Pero el tema de la compasión y de la misericordia no puede silenciar el tema de la justicia, hermanos. Y es una realidad que tenemos que predicar. Así como tenemos que predicar la grandeza de la Sangre de Cristo, la grandeza de amor que está en esa Sangre, así tenemos que predicar cuál es el misterio que hacer brotar esa Sangre, y es un doble misterio, porque es el misterio de la iniquidad, es la balanza contra el Cuerpo inocente de Cristo; esa Sangre del Señor no brotó porque sí.

Es fruto de un acto espantoso de violencia que acumula de alguna manera todas las violencias del mundo; cada gota de la Sangre de Cristo es la respuesta, es lo que su Cuerpo da ante un acto de violencia que va mucho más allá de los azotes de aquellos soldados romanos, va mucho más allá.

Porque esos azotes pertenecen a las mentes enfermas, a los sistemas enfermos, a los imperios enfermos que en el mundo ha habido. La Sangre de Cristo es el testimonio de la compasión de Dios, ante todo es eso, es la señal de la compasión de Dios, pero no podemos olvidar que entraña en sí también el misterio de la maldad contra el inocente.

Y tampoco podemos olvidar que esa Sangre de Cristo es un acto de justicia, tanto que el Apóstol San Pablo, en su predicación, habla con frecuencia de la justificación.

La justificación, pues, parece indicar precisamente eso, ¿no? Un acto de justicia. Si se habla de justificación es porque se trata de un acto de justicia; de manera que en la Cruz hay para nosotros la imagen viva de toda la violencia del mundo, pero también la imagen de un acto de justicia, y creo que esto puede chocar un poco a nuestros hábitos mentales, pero es así.

La Cruz es un acto de justicia, es más, nos diría San Pablo: "Es acto perfecto de justicia, es la fuente de toda la justicia" (véase ). Eso quiere decir que la Cruz es lugar del juicio, porque el acto propio de la justicia es juzgar.

El acto propio de la justicia es juzgar, luego la Cruz de Cristo, que es el lugar de la justicia, es el lugar del juicio; y aquí no estamos jugando con las palabras, hermanos; esto es lo mismo que nos dijo Nuestro Señor Jesucristo en el evangelio según San Juan.

Allá en San Juan, dice Cristo: "Ahora va a ser juzgado el príncipe de este mundo" (véase San Juan 12,31). Nos interesa mucho afirmar que la Cruz es el lugar de la justicia, porque allí fue juzgado el pecado; precisamente en la medida en que quedó denunciado, en que quedó patente el mal, cayó la máscara del enemigo, apareció su verdad.

Entendamos, por favor, hermanos, entendamos de una vez por todas que el poder que el pecado tiene en nosotros, lo tiene en la misma medida en que es mentira. Ningún pecado tendría poder en nosotros si se presentara con su verdadero rostro.

Por eso la gran estrategia del demonio siempre es esconderse; si el demonio se presenta como es, de tal manera nos espanta y nos causa repugnancia, que jamás le obedeceremos; por eso todo pecado es, junto con un acto de soberbia, un acto de mentira.

En todo pecado hay siempre estas dos cosas: soberbia y mentira, y por eso la humildad y la verdad que Cristo hace patente en la Cruz, son el juicio definitivo sobre Satanás y sobre el pecado; por eso nosotros entendemos que esta Primera Lectura de hoy, la del gran día del juicio, esa lectura en realidad ha tenido un cumplimiento en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

En el misterio de la Cruz se ha realizado un juicio al mundo, en el misterio de la Cruz ha sido juzgada la humanidad, ha sido sentenciado el pecado, ha sido condenado Satanás; pero este juicio que ha tenido su comienzo en la Cruz, debe tener luego una consumación, porque es evidente que la Cruz no cambió lo que nosotros tenemos en cuanto creaturas de Dios.

Me explico: la Cruz es el acto mismo de la redención divina, pero la Cruz no hace que nosotros, en cuanto creaturas humanas, dejemos de ser creaturas humanas; y por eso el mensaje de la Cruz no puede ser impuesto sobre nosotros como el océano se impone sobre la roca golpeándola sobre sus olas, o como el sol se impone sobre la llanura secándola con sus rayos de verano, no.

El mensaje de la Cruz no puede imponerse así sobre nosotros porque sería destruir lo que nosotros somos por naturaleza; por eso el juicio, que ha tenido su comienzo en el misterio de la Cruz, ese juicio debe ser de algún modo, completado después de realizada la predicación, porque la predicación es el acto por el cual el misterio de la Cruz se hace presente a los corazones de los creyentes.

Sólo después de que ha sido ofrecido el misterio del amor, ofrecido el misterio de la gracia, entonces puede completarse la obra del juicio y eso es lo que nosotros llamamos el juicio final, no es otra cosa sino el eco, el último eco de aquello que aconteció el Viernes Santo.

Pidamos al Señor la gracia de aceptar cada vez más su gracia y el valor de predicar cada vez más que la justicia se realizó en la Cruz, y que en la Cruz brota amor y salvación para todo el que crea y se convierta.

Amén.