Diferencia entre revisiones de «Co30009a»
(Un buen examen de conciencia conlleva no creernos buenos, perfectos ni víctimas; y buscando los aciertos del otro sin despreciarlo, llegamos a verlo como un amado de Dios.) |
(Sin diferencias)
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Revisión actual del 23:49 23 oct 2016
El Evangelio de este domingo, está tomado del capítulo dieciocho de San Lucas. Es una de esas parábolas de Nuestro Señor Jesucristo, que de una manera breve pero tan concreta, nos dejan una enseñanza profunda. Se trata de la comparación entre dos hombres en oración: uno de ellos, un fariseo; y el otro, un publicano. Hoy quisiera que reflexionáramos sobre la relación que tiene este pasaje, con esa súplica que varias veces le hicieron, personas ciegas, a Nuestro Señor Jesucristo. Es decir, a uno le llama la atención, cómo el fariseo se siente tan seguro de sus cualidades, y se siente tan seguro de los defectos de los demás (cf. Lc 18,9-14). Y esa seguridad, esa certeza que tiene de que él está bien y de que los demás están mal, es la que hace que su oración se pierda en el vacío, es la que hace que él, aunque tenga tan alto concepto de sí mismo, en el fondo sea despreciado como es despreciada su oración. O sea, que tenemos: una persona segura de sí misma y, sin embargo, completamente equivocada. La seguridad que uno tiene en sí mismo, puede ser una cualidad; a uno siempre le dicen: “mira, tienes que creer en ti, y tienes que estar seguro de los pasos que das, y tienes que aferrarte a tus objetivos, a tus metas”. Mucha de la literatura que tiene que ver con la superación personal, va en esa línea: ser uno seguro de sí mismo; pero esa seguridad, que se llama también certeza, no necesariamente equivale a la verdad, porque una persona puede estar completamente segura y completamente equivocada, y la demostración está en el pasaje de hoy, en el Evangelio de hoy. ¿Por qué este hombre sufre esa especie de ceguera? Porque ha escogido ver, solamente lo bueno de sí mismo, y solamente lo malo de los demás. Es decir, se ha concentrado en lo que le conviene, lo que le gusta, lo que le place, lo que le honra, y ha dejado de lado lo demás. Yo pienso que todos tenemos esa tendencia –no es solamente este fariseo−, yo creo que muchos de nosotros tenemos esa malévola tendencia a fijarnos, principalmente, en los defectos de otros, mientras que cuando sufrimos, fácilmente nos consideramos víctimas y nos consideramos inocentes. O sea, que hay que buscar un remedio a esta enfermedad, que es una enfermedad de nuestra vista; no de nuestros ojos del cuerpo, sino una enfermedad de los ojos del alma. Y, ¿cuál será el remedio? El remedio es entrar, un poco, a contradecir esa tendencia tan natural de mirar lo bueno de uno y lo malo de los demás. Y, ¿cómo hago para contradecir esa tendencia? Bueno, pues para eso está, por ejemplo, el examen de conciencia. Cuando uno hace un examen de conciencia, ¿qué está haciendo? Esforzándose por buscar exactamente lo que a uno no le gusta de uno mismo; le está dando atención, está uno abriéndose los ojos para ver con claridad qué es aquello que está mal en mi vida. Hay que hacer el mismo esfuerzo, por ejemplo, en una discusión, en una diferencia de opiniones: hay que hacer el esfuerzo mental de ver en qué puede estar acertando, esa persona que me cae mal; qué puede estar haciendo bien, ese que es mi adversario; qué ha visto él, o qué ha visto ella, que yo no he visto. Entonces, estos son ejercicios de corrección de la visión espiritual: en la medida en que uno hace un buen examen de conciencia, tiene menos riesgo de creerse bueno, y perfecto, y víctima; y en la medida en que uno se esfuerza en buscar, en qué han acertado los demás, tiene menos posibilidad de despreciar a los que son tan amados de Dios. Bueno, que estos remedios, por la misericordia de Nuestro Señor, nos ayuden a salir de esas limitaciones que todos tenemos, para verdaderamente agradar al Señor, que es la meta a la que nos quiere llevar Cristo; por eso dice: “Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero.” (Lc 18,14), es decir, volvió a paz y salvo con Dios, volvió como verdadero amigo del Señor.