Diferencia entre revisiones de «O181004a»
(Necesitamos verdaderos pastores que nos muestren el camino del arrepentimiento y de la conversión, que nos anuncien que es tiempo de volver a Dios y de responder a su Palabra.) |
(Sin diferencias)
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Revisión actual del 20:49 31 jul 2016
La primera lectura de hoy, está tomada del capítulo veintiocho del profeta Jeremías. Hay que decir que los tiempos en que vivió este profeta, fueron extremadamente difíciles: por un lado, la acumulación de los pecados del pueblo judío; por otro lado, la indiferencia que debemos mejor llamar complicidad de las autoridades de ese mismo pueblo, es decir, las autoridades civiles, pero, sobre todo, los mismos sacerdotes, los sumos sacerdotes, cómplices de la irresponsabilidad, de la incoherencia, de la doble moral en la que está viviendo el pueblo; luego, está la amenaza de los extranjeros, concretamente la amenaza de los caldeos que ya estaban prácticamente a las puertas, y que finalmente, invadieron Jerusalén, saquearon el templo, y se llevaron cautiva a la población a la ciudad de Babilonia. Pero, además de todos estos problemas interiores y exteriores, quizá hay algo que hizo la situación de Jeremías mucho más difícil; estoy hablando de los falsos profetas, y aparece en el texto de hoy, el nombre de uno de ellos, llamado Ananías. Ananías hablaba de parte de Dios, o eso decía él, y le decía a la gente: miren, no va a haber destierro; es verdad que vinieron a saquear el templo; eso es terrible, pero, todo el ajuar del templo, que se llevaron, todo eso va a regresar, es decir, la situación se va a normalizar muy pronto, todo se va a normalizar porque nosotros somos el pueblo elegido, porque Dios es poderoso, porque Dios es compasivo, todo se va a normalizar (cf. Jr 28,1-11).
Fíjate que el mensaje de este profeta -que hoy podemos reconocer claramente como un falso profeta- era muy atractivo y muy difícil de rebatir: muy atractivo, porque a la mayor parte de nosotros, a menos que seamos un poco psicópatas, nos gusta que las cosas funcionen de una manera normal, es decir, que la vida siga su curso y los procesos avancen como siempre lo han hecho: la agricultura, la ganadería, la industria, las comunicaciones, la educación, el gobierno, que todo funcione, eso nos encanta. El ser humano necesita una cierta estabilidad, y como amamos la estabilidad, por eso nos gustan también los mensajes que terminan diciendo: “Mira, todo se va a normalizar, no te preocupes, todo volverá a estar bien”; eso nos gusta, pero, eso no es lo que Dios quiere muchas veces.
Así que el mensaje de Ananías era muy atractivo y muy difícil de rebatir, porque, claro, él dice: Dios es poderoso, Dios es misericordioso, la compasión de Dios, el celo de Dios, el poder de Dios, va a normalizar todo.
Pero, había algo sospechoso en el mensaje de Ananías, algo que Jeremías, que sí era verdadero profeta, se dio cuenta, y es que en todo ese mensaje de Ananías, no aparecía por ninguna parte la palabra “arrepentimiento”, ni la palabra “conversión”; eso es lo grave: no había arrepentimiento por ningún lado, es decir, nosotros hacemos lo que venimos haciendo, pecamos como venimos pecando, y Dios sigue sosteniendo todo como venía haciéndolo. Hay algo que no funciona ahí, por lo menos hay algo que Jeremías siente que no funciona; esto no puede ser: o sea, no puede ser que Dios simplemente se quede así. Esa profunda convicción de Jeremías, le lleva a denunciar a Ananías y a decirle: "¡Escucha bien, Ananías! El Señor no te ha enviado, y tú has infundido confianza a este pueblo valiéndote de una mentira” (Jr 28,15).
Observemos que también en nuestra época hay muchos Ananías: observemos que hay muchos que están predicando una misericordia sin conversión; observemos que hay mucha gente que está diciendo: “Mira, todo se va a normalizar. Es decir, sí, se están aprobando unas cuantas leyes que, ¡ah!, son desorden, ¡qué cosa lo que están haciendo con el matrimonio!, pero mira, al final todo se normalizará”. ¡No!, no se va a normalizar; la vida no se está normalizando, las cosas no se van a quedar así, entonces, necesitamos de Jeremías, necesitamos de muchos Jeremías que nos recuerden que el camino es camino de conversión, y que el camino es camino de arrepentimiento, y que no es simplemente decir: “las cosas se van a normalizar”; es asunto de volvernos al Señor, de responder a su palabra, y de abrirnos a la fuerza de su alianza.