Diferencia entre revisiones de «O164003a»
(Dios nos provee con la justa proporción para que en la escasez no lleguemos a la desesperación y en la abundancia no tengamos sensación de falsa seguridad.) |
(Sin diferencias)
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Revisión actual del 16:51 13 jul 2016
La primera lectura de hoy toma algunos artículos del capítulo segundo del libro del profeta Jeremías. Una de las características más constantes en el libro de Jeremías es el vigor en la denuncia de los muchos pecados del pueblo de Dios. Así sucede en el pasaje de hoy, pero es interesante ver que es lo que dice exactamente esta denuncia, se trata de una comparación. Jeremías está comparando el tiempo en el desierto y el tiempo en la tierra prometida.
En el desierto, tierra de escasez el pueblo depende completamente de Dios, pone toda su esperanza en el Señor, y Él responde. Puede decirse que aunque hay gran necesidad exteriormente, hay una gran riqueza interior por esa fidelidad, por esa búsqueda del Señor con un corazón indiviso. La situación lamentablemente cambia cuando llegan a la tierra prometida, a la cual Jeremías compara con una especie de huerto, frente a la sequedad del desierto, la tierra prometida es como la abundancia de un jardín o de un huerto. Pero esa abundancia ha hecho daño porque la gente al sentirse satisfecha con lo que encuentra en la tierra prometida ha perdido la sed de Dios, al sentirse contentos con lo que encuentran ya no buscan más; y este es el corazón de la denuncia que aparece en el texto de hoy, Jeremías se queja diciendo: “lo sacerdotes no buscan la voluntad de Dios, no se preguntan qué es lo que Dios quiere” (cf. Jer 2,8); ese es el problema, quedarse uno satisfecho; ese es el problema, quedarse uno contento; saciarse antes de tiempo.
Hay una comparación útil de San Agustín: “muy mal caminante es aquel que se entretiene con lo que encuentra en el camino y se le olvida que no ha llegado a la meta”; eso fue lo que le sucedió al pueblo de Dios, y eso es lo que nos puede pasar también a nosotros. Las cosas de esta tierra, los placeres y los intereses, las riquezas y la amabilidad del tiempo en que vivimos pueden distraernos radicalmente sobre cuál es nuestra meta, sobre hacia dónde íbamos. En el desierto, tierra de gran necesidad, es perfectamente claro que hay que estar en movimiento ¡no me quiero quedar ahí!. En cambio, cuando las cosas son demasiado amables, ahí se nos olvida que estamos caminando.
Ese es un contraste que luego va a expresar Nuestro Señor Jesucristo, especialmente en el Evangelio de Lucas capítulo seis, cuando hace la comparación entre la felicidad que puede haber en la escasez y por eso dice: “bienaventurados los pobres” (cf Lc 6,20); mientras que suele haber muchos peligros en la abundancia y por eso dice: “Ay de vosotros los ricos” (Lcf. Lc 6,24). La abundancia fácilmente nos detiene en el caminar, crea una sensación de falsa seguridad, hace que dejemos de buscar, hace que se duerma la pregunta fundamental: “¿hacia dónde iba yo? ¿cuál es el propósito central?”.
Por otro lado, un exceso de problemas, de carencias y de necesidades puede llevar también a la exasperación; no es fácil encontrar el equilibrio y por eso tenemos que pedirle a Dios que nos de, como decimos en el PadreNuestro, el pan de cada día, la porción justa, aquello que nos permite vivir en gratitud porque hemos recibido algo; pero nos conserva viviendo en necesidad porque es mucho más lo que esperamos. Recibir algo para dar el paso de hoy, pero no tanto que me haga olvidar el paso que debo dar mañana.