Diferencia entre revisiones de «O151006a»
(Cristo se va haciendo Señor de nuestra historia a medida que acogemos el Evangelio, nos saca de la tranquilidad, nos pone en camino y nos hace participar de su hermoso ministerio profético.) |
(Sin diferencias)
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Revisión actual del 18:33 7 jul 2016
El Evangelio de hoy, está tomado del capítulo décimo de San Mateo. Creo que nos puede enseñar algo muy importante sobre las lenguas bíblicas. En español, por ejemplo, tenemos una gran cantidad de sinónimos para decir cosas, incluso, sencillas. Por ejemplo, la palabra “paz”, tiene una cantidad de palabras que son cercanas, que son vecinas, que son como sinónimos, pues, se puede hablar de tranquilidad, se puede hablar de sosiego, se puede hablar de serenidad, o se puede hablar de paz, y todo eso tiene como una relación. En las lenguas de la Biblia, fundamentalmente en el hebreo o en el griego, podemos decir que la gente se expresaba con menor número de palabras, y eso quiere decir que muchas veces, una sola palabra, tenía una gran riqueza de significados, dependiendo mucho del contexto en el que se pronunciaba.
Hoy, por ejemplo, encontramos a Jesús que dice: “No vine a traer la paz, sino la espada” (Mt 10,34), y habla de las divisiones que Él viene a traer en la sociedad humana; divisiones que tienen que ver con las opciones propias del Evangelio (cf. Mt 10, 34–11,1). Pero, cuando uno oye la frase “No vine a traer la paz”, y luego ve que Cristo saluda en otras ocasiones, diciendo: “La paz os dejo” (Jn 14, 27), pues uno, tal vez, queda así como desconcertado. ¿No será el Evangelio de hoy, una demostración de lo que tantas veces se oye en nuestra época: que la religión es fuente de violencia, y que la religión lo que hace es poner a unos seres humanos en contra de otros? Pero no es ese el sentido de las palabras de Cristo. Creo que la palabra que tendríamos que utilizar en español, para traducir lo que nos dice Jesús, es “No vine a traer tranquilidad”, porque la palabra “tranquilidad”, indica en español, como esa sensación de aquel que está bien donde está, se siente bien donde está; esa es una persona tranquila.
Y hay una tranquilidad que puede ser buena: por ejemplo, la tranquilidad del que ha hecho bien su tarea y ahora descansa; pero, también hay una tranquilidad que es perversa: es la “tranquilidad de la indiferencia”, la tranquilidad de aquel al que no le importa nada, al que no le importa su prójimo. En este sentido, hay una tranquilidad que requiere de un sacudón (como decimos), que requiere que alguien nos despierte; ese tipo de tranquilidad es la que Cristo viene a quitar de nuestra vida. Hay un canto muy conocido que dice: “Jesucristo me dejo inquieto”, es decir, Cristo no nos deja tranquilos. Si la tranquilidad la miramos como indiferencia, como comodidad, simplemente sentirme bien donde estoy; ese no es Cristo, eso no es lo que Cristo quiere. Cristo necesita sacarnos de esa tranquilidad.
Hay otra tranquilidad, que también es bastante cómoda, y es la tranquilidad de aquella persona que a todo le dice que “si”. Muchas veces, el mundo de hoy quiere que tengamos esa clase de tranquilidad: -Mira que se acaba de aprobar una nueva ley del aborto. -Ah, pues entonces será así. -Mira que ahora el matrimonio es entre hombre y mujer, pero también entre hombre y hombre, mujer y mujer; ya está aprobado, ya es ley. -Ah bueno, será así. Y así la gente va dejando pasar estas situaciones, es muy tranquila. De esa tranquilidad, que es “tolerancia cómoda”, nos saca Cristo.
Si la tranquilidad entonces significa “indiferencia cómoda”, o si la tranquilidad significa esa “tolerancia cómoda”, de esos tipos de tranquilidad quiere sacarnos Cristo, porque quiere que nosotros nos pongamos en movimiento. Y en la medida en que su Evangelio va llegando a nuestras vidas, a medida que Él va siendo Señor de nuestra historia, ¡bendito sea su nombre!, nos saca de la tranquilidad, nos pone en camino y nos hace participar de su hermoso ministerio profético.