Diferencia entre revisiones de «P041016a»

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(Pidamos al Espíritu Santo que nos haga ver que el plan de Dios es más grande, pues su amor quiere alcanzarnos a nosotros y a todos los hombres.)
 
(Sin diferencias)

Revisión actual del 17:20 16 abr 2016

La primera lectura de hoy está tomada del capítulo once de los Hechos de los Apóstoles. Nos cuenta un momento muy importante en la historia del cristianismo primitivo; como sabemos el Mesías era esperado por los judíos, no era esperado por los no judíos a los que la Biblia llama los gentiles, los que nosotros podemos reconocer como paganos. La Biblia nos enseña que había promesas muy bellas para el pueblo de Dios, para el pueblo elegido, pero y ¿qué pasa con los demás pueblos?. En el Antiguo Testamento ya había señales de que Dios iba a ampliar los planes de su misericordia, de manera que pudieran llegar también esos raudales de su ternura a otras naciones, incluso desde el principio en el capítulo doce del Génesis donde Dios le hace sus promesas fundamentales a Abraham, le dice: “en tu nombre se bendecirán todas las naciones” (22,18), lo cual nos hace suponer que desde el principio hay algo que trasciende simplemente el ámbito estrecho, lo que podríamos llamar el ámbito de la sola familia de Abraham, si le dice: “en tu nombre se bendecirán todas las naciones”, pues quiere decir que el plan de Dios no se agota solamente en la descendencia de Abraham; pero esto no es tan evidente al principio.

Luego sin embargo encontramos otras cosas, vemos después cuando José, el hijo del patriarca Jacob, él fue vendido a Egipto, en atención a José esta nación recibe grandes bendiciones, de hecho se convierte como en la despensa que custodia la vida, que guarda la vida de muchas otras naciones; claramente Egipto no pertenecía al pueblo de Dios, pero hay una bendición para Egipto. Más adelante encontramos que Dios extiende esa misericordia, la anuncia y la extiende, por ejemplo cuando dice que va a traer del destierro junto con su pueblo todo un cortejo, todo un desfile de los demás pueblos, de las demás naciones; al describir el retorno del destierro, siglo VI antes de Cristo, la Sagrada Escritura nos habla realmente de maravillas y son maravillas para muchos pueblos, que van llegando a las distintas naciones.

El profeta Isaías nos dice que: “es poco que seas mi siervo, te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la Tierra” (cf. Isa,49,6). Esto es interesante porque nos muestra cómo en el plan de Dios, por una parte hay una elección, pero por otra parte hay un envío, hay una misión. Cuando nos quedamos mirando solamente la elección, quizás podemos volvernos un poco egoístas, quizás podemos pensar solamente en defender lo que nos pertenece, en cuidarnos nosotros y en esa tentación pudo caer, o quizás cayó varias veces el pueblo judío; pensar solamente en sus intereses, protegerse únicamente ellos, aludiendo, cosa que también es cierta, que han sido atacados muchas veces, pero esa es una tentación, hacer de la elección un absoluto como para sí mismo.

Pero resulta que también está lo otro, la expansión misionera “te hago luz de las naciones” y eso es lo que nos cuenta el capítulo once de los Hechos de los Apóstoles, cómo el mismo apóstol Pedro es llevado por el Espíritu Santo a reconocer que hay una acción y hay un amor de Dios, hay un plan de Dios para esas otras naciones, y por eso los que escuchan a Pedro terminan exclamando: “También a los paganos ha concedido Dios el don de la conversión que conduce a la Vida” (Hch 11,18).

Esto tenemos que aplicarnos a nuestra propia historia de fe, creo que todos tenemos la tentación en algún momento de absolutizar las experiencias de amor y de salvación que hemos tenido, a veces porque creemos que solamente los de nuestro movimiento eclesial, por ejemplo “nosotros los catecúmenos, nosotros los focolares, nosotros los carismáticos, nosotros los que si hemos guardado la tradición”, esa tentación de formar un nosotros con grandes murallas que nos defienden del resto de los miserables pecadores, esa tentación también sigue en nuestra época, y por eso necesitamos que el viento saludable del Espíritu Santo nos haga ver que Dios es más grande, que tiene otros planes; no nos vamos a disolver diciendo que todo da lo mismo, no se trata de caer en esa especie de relativismo, pero sí de reconocer que el amor de Dios tiene muchas sorpresas y no las conocemos todas.