Diferencia entre revisiones de «N30d011a»

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(Cuando la juventud vive en Dios y toma en serio su fe, es una señal fuerte de la victoria de Cristo y recordatorio de santidad para todos nosotros.)
 
(Sin diferencias)

Revisión actual del 16:54 26 dic 2015

La primera lectura de hoy está tomada de la Primera Carta de San Juan. Una característica de este texto, que es breve, pero muy denso, es que en ciertos momentos se dirige a distintos grupos o categorías de la comunidad cristiana (cf. 1 Jn 2,12-17).

Quiero destacar, por ejemplo, en el día de hoy, que dice: “Os escribo a vosotros, padres”, “Os escribo a vosotros, jóvenes”, y sobre todo, quiero detenerme en lo que dice a los jóvenes: “Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno” (1 Jn 2,13). A mí, me surgen dos preguntas leyendo esta frase: la primera, ¿Es que sólo los jóvenes han vencido al maligno? ¿Por qué parece, tomar como por aparte a los jóvenes de la comunidad, para decirles: vosotros, habéis vencido al maligno?, y el resto de la comunidad, ¿no? Puede parecer una pregunta un poco capciosa, pero, lo que buscamos es lo que propone aquel gran padre de la Iglesia, San Anselmo; lo que queremos es que nuestra fe, avanzando un poco en la comprensión, también ahonde en sus raíces, es decir, nuestra fe quiere entender, en la medida en que Dios lo conceda, y para servicio suyo. Con ese espíritu, y no con otro, nos preguntamos por qué se dice particularmente a los jóvenes, “habéis vencido al maligno”, qué sentido tiene eso. Y luego, si nosotros pensamos en nuestra propia época, y si vemos cuál es el sector de la sociedad, en cierto sentido, más atacado, al que se le arrojan con mayor frecuencia todo tipo de cadenas, pues, son precisamente los jóvenes. Por eso nos duele tanto, ver a tantos jóvenes adictos, por ejemplo, a las drogas, adictos al alcohol, envueltos en relaciones sexuales, en relaciones afectivas que finalmente solo dejan decepción y dolor. Entonces, nos preguntamos si realmente son ellos los que han vencido al maligno.

Fíjate que las preguntas son dos, la primera, es: ¿qué pasa con el resto de la comunidad?; y la segunda, es: ¿realmente estos jóvenes han vencido al maligno? Esas dos preguntas, en realidad, nos llevan a una sola respuesta: que la juventud, cuando vive en Dios, la juventud que toma en serio su fe, es una señal potentísima de la victoria de Cristo. Es más o menos, lo mismo que sucede en la Iglesia: nosotros, nos damos cuenta que a los sacerdotes se les llama “consagrados”, pero todo el pueblo ha sido consagrado por el bautismo; nos damos cuenta que a las religiosas se les llama “vida consagrada”, pero todos somos consagrados; pero se les llama “consagradas”, a ellas en particular, porque su forma de vida se convierte como en una señal y recordatorio para todos.

Y yo me doy cuenta que en la Primera Carta de Juan, ese es el tratamiento que se da a los jóvenes; aquellos jóvenes que viven su fe, manifiestan la victoria sobre el maligno, de un modo muy particular, muy intenso, y muy significativo para todos. Es decir, que felizmente en aquella comunidad, a la que se dirige esta Primera Carta de Juan, de tal modo brillaba la victoria de Dios, de tal modo se veía Dios venciendo en los rostros, en los corazones de estos jóvenes, en sus palabras, que ellos se convirtieron en una señal para el resto de la comunidad; una señal de que las pasiones de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia de la vida no tienen porque ser señores nuestros.

Y aquí viene nuestro compromiso: entonces, ¿cómo ha de ser nuestro servicio de evangelización para los jóvenes? Pues, no de mediocridad; no le pidas mediocridad a la juventud, pídele santidad, porque en la edad de la vida, en que se busca ser radicales, pedir mediocridad es insultar. No le pidas menos a un joven, no le pidas menos que la victoria plena de Cristo, y no le pidas menos que la santidad. Para eso es esa edad, y para eso ellos se convierten en señales para todos nosotros.