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Revisión del 03:52 17 ago 2007
Fecha: 19980828
Título: San Agustin, de gran retorico a discipulo humilde
Original en audio: 11 min. 24 seg.
Les decía, mis amigos, que en este día la Iglesia celebra a San Agustín, uno de los Santos más mencionados, más citados, y si se pudiera hablar de importancia, de los más importantes en la Iglesia Católica, a la que pertenecemos por bondad de Dios.
San Agustín está en el borde, podríamos decir, está en la frontera entre la antigüedad del Imperio Romano, que ya estaba en sus estertores, ya estaba extinguiéndose, y el comienzo de ese período, que luego se viene a llamar la Edad Media.
Y en esa frontera, en ese quicio, se encuentra este portento de la inteligencia, este genio de la humanidad. San Agustín fue un hombre con una capacidad intelectual asombrosa, con una facilidad de palabra, y una capacidad de persuasión inmensa.
Él descubrió rápidamente algo, que nosotros tardamos quizá muchos años en descubrir, y es que en la sociedad, el que pone el relato, detenta el poder. Es decir, el relato que es creíble, la historia, la narración que es la aceptada, el cuento que se acepta; ese es el que tiene verdaderamente influencia en la sociedad.
Por eso la profesión más aceptada en tiempo de los romanos, no era la de científico, ni la de filósofo, ni la de técnico, ni la de administrador; la más apreciada era la de retórico. Y eso puede causarnos gracia: un retórico era el hombre más importante de la época.
Pero es que resulta, que el retórico es aquel que tiene la capacidad de persuasión, y el que enseña a persuadir. Yo, personalmente creo, que eso sigue siendo así. Sigo pensando, que efectivamente, los retóricos de nuestro tiempo, de estos tiempos, son la gente que realmente tiene el poder.
Si uno piensa, por ejemplo, en un Deepak Chopra, ¿quién no ha oído o leído de Deepak Chopra? En el caso de este señor, que probablemente no resulte muy respetable para algunos de ustedes, este señor Mercado, Walter Mercado, podemos reírnos de la estupidez de la gente. Pero, ¿cuántas personas sienten, que en esas palabras o vaticinios está la esperanza de su vida? Walter Mercado o Deepak Chopra son imágenes de lo que podríamos llamar retóricos de nuestro tiempo; es decir, el que tiene la capacidad de persuadir.
Agustín de Hipona no fue bautizado cuando pequeño; él no empezó siendo cristiano. Este portento de la inteligencia, orgulloso en su juventud, orgulloso de su saber, fiado de sus fuerzas, aspiró a lo que tenía más fuerza en su época, y que yo creo, que la sigue teniendo en nuestros días.
Y por eso, él se hizo un retórico, aprendió el arte de la persuasión, el arte maravilloso de captar la atención de las personas, y de conducirlas dulcemente, delicadamente, pero eficazmente, hacia un determinado fin.
La antigüedad griega y romana apreció mucho a los retóricos. Nosotros, aparentemente, no los apreciamos, pero en realidad, seguimos andando detrás de ellos. Y Agustín vivió un drama interior muy grande, porque él se convirtió, probablemente, en el mejor retórico de su época.
Él vivió en el norte de África, una zona, que por esa época, era cristiana. Hoy, esa parte toda, es completamente musulmana. Allá vivió Agustín, y allá creció en su tarea, en su labor, en su profesión.
Pero había algo que no funcionaba. Él podía convencer a las otras personas, pero no podía convencerse a sí mismo. Sentía dentro de sí una profunda mentira, una escalofriante mentira, sentía que estaba viviendo una vida falsa. Y entonces entró en una angustia profunda, en una búsqueda infinita de amor y de verdad. Estas fueron las dos grandes pasiones, los dos grandes amores de Agustín: ¿Cuál es la verdad? Y, ¿cuál es el amor?
Viviendo al norte de África, y con esa herencia, no de las tribus que acostumbramos ver en los medios de comunicación, pero sí esa herencia bastante morenita, apasionada, ardiente, y teniendo, al mismo tiempo, una inteligencia tan lúcida, Agustín vivía en ese drama de que lo verdadero, a veces no parece amable, y lo modoso, a veces no parece cierto. Y en medio de ese drama, buscaba, y buscaba.
Y una vez, en medio de sus lecturas, se encontró con la Biblia, y entonces él sintió, que como persona ilustrada, como persona culta, pues no podía quedarse sin saber de la Biblia, que indudablemente, tenía ya un gran impacto en el Imperio Romano de la época; estamos hablando del final del siglo cuarto.
Y empezó a leer la Biblia, empezó a leerla desde la nube de su presunción; es decir, de todo lo que él sabía, del poder que tenía, de todo lo que él dominaba, y no entendió nada, y no le gustó nada.
Él alcanzó a escribir en alguna oportunidad, que le llamaba más la atención Cicerón, este gigante de la oratoria romana, y particularmente, una obra de Cicerón, que es un clásico de todos los tiempos, el "Hortensius" de Cicerón: "Prefiero el "Hortensius" de Cicerón a eso que llaman Biblia", decía Agustín.
Hasta ahí, se sentía él muy seguro de sí mismo. Pero le empieza esta angustia a este señor, y empieza esa preocupación, esa búsqueda de lo verdadero, esa búsqueda de lo eterno.
Él, como hombre inteligente, no podía dejar de darse cuenta de que había cosas, pero que las cosas corren, y las cosas se acaban, y que todo se esfuma: esa sensación de la muerte, esa sensación de lo que acaba, esa sensación del mundo que termina, tan aguda, precisamente porque estamos en los finales del Imperio Romano.
El Imperio Romano dio sus últimos estertores a comienzos del siglo quinto, exactamente en la época en que murió Agustín. De manera que Agustín veía derrumbarse el mundo, y en ese derrumbarse el mundo, él sentía que todo se acababa, y necesitaba encontrar algo eterno, algo definitivo, algo que no se lo podía brindar ninguna filosofía.
Este, como era un hombre sensible, y como no tenía tantos respetos humanos, era un caballero al que se le escurrían con facilidad las lágrimas. Y él, en medio de su angustia, vive un drama interior, que él mismo lo contó en una obra que ojalá la conozcamos en nuestros propios medios: esa obra se llama "Las Confesiones de San Agustín".
Hay que leer "Las Confesiones de San Agustín", porque fíjate, que en nuestro mundo también se están acabando muchas cosas. Cuando nosotros pensamos en cuál es el destino de la familia, de los niños, o de los jóvenes en los países que, supuestamente, son más desarrollados, uno dice, "parece que también nuestro mundo está viviendo el final de una era y el comienzo de algo que todavía no sabemos qué es".En ese sentido, yo creo que nuestro tiempo se parece al de San Agustín.
Agustín vive ese drama, y necesita encontrar algo definitivo, algo firme, algo eterno, lo mismo que hacemos nosotros hoy. Y nosotros, hoy lo buscamos, ¿en quiénes?, en los retóricos de hoy.
Entonces el ejecutivo que va al gimnasio, que hace meditación trascendental, la señora que va al curso de yoga y que aprende cómo concentrarse y cómo repetir mantras, esas personas, el que lleva un cassette de superación personal en el carro, el que escucha música de la naturaleza para tener serenidad, ¿qué es todo eso, si no la conciencia que vamos teniendo todos, de que este mundo, si no hay algo más firme, no vale la pena?
Yo les puedo decir como sacerdote, que yo vivo el drama de muchas personas; yo no sólo vivo mi propia vida, mi propio drama, sino el drama de muchas personas. Si me quieren aceptar esta expresión, estoy espantado de la cantidad de gente que habla de suicidarse, que quiere suicidarse, que intenta suicidarse, y que logra suicidarse; cada vez más niños y jóvenes.
Una amiga muy querida, intentó suicidarse, una muchacha que tendrá como treinta años. Cuando estábamos en la clínica, muy conmovidos todos, tratando de sacarla de esa situación, llegó una hermana de ella, de unos diecinueve o veinte años. Y hablaba yo con esta muchacha sobre el intento de suicidio de su hermanita, y en medio de la conversación, resulta que esa, que tiene diecinueve años, había intentado también matarse.
Hay algo que se está derrumbando en nuestro tiempo, y sentimos un poco con angustia, que necesitamos valores distintos. Entonces le intentamos apostar a algún género de espiritualidad, y nos volvemos a los retóricos, gente que pueda decir alguna otra cosa, algún rollo en el que se pueda creer.
Por eso Agustín es una figura interesantísima para nuestra época, porque en estos momentos en que sentimos tan fuerte el poder de la muerte, en que sentimos que las cosas se extinguen, y otros no quieren vivir, en estos tiempos en que descubrimos eso, Agustín puede ser una gran enseñanza para nosotros.
Porque de Agustín hay tantas historias, es un hombre maravilloso, les quiero terminar contando un retrato de la conversión de este Santo. Agustín, en medio de sus oraciones, en medio de su angustia, oyó una voz, la voz de un niño o de un Ángel; él no explica bien si fue un niño o un Angelito. Y el niño le dijo en latín: "Tolle, lege", "toma, lee". Y Agustín, en esa visión que le regaló Dios, vio para ver qué era lo que tenía que leer; era la Sagrada Escritura, la misma Biblia que él había despreciado.
Y entonces tomó la Biblia, ya no con los ojos de crítico literario de gran retórico, sino con los ojos humildes del discípulo, y el que quiere aprender.
Y empezando por los Evangelios, y luego siguiendo por los Salmos, fue repasando las historias del amor de Dios por la humanidad, y llegó a ser un gran Santo, sacerdote y obispo.