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Pues bien, si así son las cosas, el predicador debe obrar de tal manera, que sepa que en sus pecados está crucificado Cristo, que sepa que sus llagas, las de su vida, también pueden ser glorificadas y ungidas por el óleo del Espíritu, y que sepa que sus cualidades o virtudes, de tal modo deben estar unidas al misterio de la Cruz del Señor, que en ellas aparezca sólo Dios.
 
Pues bien, si así son las cosas, el predicador debe obrar de tal manera, que sepa que en sus pecados está crucificado Cristo, que sepa que sus llagas, las de su vida, también pueden ser glorificadas y ungidas por el óleo del Espíritu, y que sepa que sus cualidades o virtudes, de tal modo deben estar unidas al misterio de la Cruz del Señor, que en ellas aparezca sólo Dios.
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Debe saber encontrar, entonces, lo malo de ser tan bueno, y lo bueno de haber sido malo. Debe saber encontrar lo malo de ser tan bueno, porque si se fia de sus bienes no tendrá fierza su palabra; pero debe saber encontrar lo bueno de sus males, porque si sus llagas son glorificadas, ese testimonio convertirá a cientos y a miles.

Revisión del 19:09 30 jul 2010

Fecha:19960830

Título:

Original en audio: 20 min. 24 seg.


Dice el Apóstol San Pablo en la Pimera Carta a los Corintios, que hemos empezado a escuchar en esta semana, que la predicación es una locura, es una necedad. No es entonces gran elogio el que hace hoy a los predicadores.

Como además esta Eucaristía se celebra pidiendo perdón de los pecados de los sacerdotes y almas consagradas, hoy veo que se me está tratando de pecador, loco y necio; sin embargo, sobre esa base, y el calor del día y el peso de la jornada, hay que predicar.

Y con la ayuda de Dios vamos a hacerlo. Porque hay que predicar aunque sea una locura; hay que predicar aunque uno sienta que las doncellas se duermen; hay que predicar aunque esté avanzada ya la noche; hay que predicar aunque no venga el Esposo; hay que predicar así no aparezcan los sabios, ni lleguen tampoco los signos.

Lo dijo el Apóstol San Pablo, lo repitió su santidad Pablo VI,y hoy tengo que decirlo yo: "¡Ay de mi si no evangelizare!" 1 Corintios 9,16. Por encima de nuestros pecados, por encima de nuestras necedades, hay que predicar.

Hay que predicar porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo, y éste crucificado. La voz que me autoriza a predicar no es la voz de un hombre bueno, sino de un hombre sanado, mejorado. No es por bueno, lo he dicho en otras oportunidades, no es por bueno ni por bondadoso, sino por redimido, por eso es por lo que me atrevo a abrir la boca y me atrevo a seguir predicando.

Porque no puedo recibir la redención sin agradecerla, porque no puedo recibir el amor sin amar; porque esta noticia no se puede morir conmigo, por eso tengo que predicar.

Pero es una necedad la predicación. Si uno se puede pensar a fondo para qué sirve la predicación, qué clase de gente somos nosotros los cristianos que llevamos loa años de los años contando que: "No, que no está muerto, que está vivo", y el que dice eso se muere, y llega otro que dice: "No está muerto, vive, Él está vivo", y ése también se muere.

Qué clase de gente somos nosotros que tenemos que contar que el Evangelio trae la santidad, y que el Evangelio trae la felicidad, y eso tenemos que seguirlo contando cuando somos unos miserables y tenemos que seguirlo diciendo en medio de nuestra amargura?

Alguien dirá: "Tal vez el Evangelio no traerá la felicidad, pero la terquedad sí la trae. Si este fulano sigue predicando, es posible que no haya tanta felicidad o santidad o gracia en sus palabras, pero lo que es tozudez, terquedad, eso sí lo logra el Evangelio".

Hay que seguir predicando, pero ¿por qué? ¿Por qué los cristianos seguimos contando una noticia que a nadie parece interesarle? Si uno saliera a esta hora, creo que tendría que recorrer muchísimas cuadras, muchísimos kilómetros, probablemente tendría que atravesar barrios enteros hasta encontrar una persona que realmente le interesara que Cristo murió y que Cristo resucitó.

Como decía, con mucha presunción quizá, por ahí algún francés: "Dios no viene al caso; mire, no discutamos por Dios", parece que el tiempo que estamos viviendo nos repitiera eso: "Mire, ya no discutamos por Dios. Si usted quiere vestirse de blanco, vistase de blanco, yo me voy a vestir de rojo, de morado, de lo que yo quiera".

"Si ustee no se quiere casar, no se case; y si usted le quiere hacer caso a ese señor que tiene allá por superior, como usted lo llama, hágale caso".

El Evangelio ha perdido relevancia, ha perdido mordiente, ha perdido sabor. Si usted quiere hacer de su capa un sayo, haga de su capa un sayo.

Y entonces dice, con inspirado y poético acento, una muchachita: "Yo, voy a entrar al monasterio, y me ofreceré a Dios", eso es leído de la siguiente forma: "Si usted tiene tanto miedo, y se va a encerrar allá y allá la aguantan, bien pueda, entrese, por lo menos aseguró la papa, el arroz, el jugo. Entre, si usted quiere hacer eso".

¿No somos una especie de necios los cristianos repitiendo siempre la misma noticia? ¿Y no somos especialmente necios nosotros los sacerdotes, y especialmente los predicadores? La demás gente por lo menos hace algo.

"Se murió don Gileberto. Bueno, pero él tuvo su fábrica de calzado, hizo lo que quiso, él sacó adelante su chucito, empezó por allá en un rinconsito, de zapatero remendón, y llegó a tener una industria de calzado y el hombre hizo lo que quiso.

"-Bueno, ¿y fulanita?" "-Fulanita hizo lo que quiso. Ella desde chiquita dijo que quería casarse, que quería tener hijos, que quería tener un hogar, y finalmente encontró su media naranja, y organizó su casa, y retapizaba los muebles cada cierto tiempo, y cambiaba las cortinas.

Y además de eso podía darse los pequeños lujos que ofrece la vida: murmurar, envidiar, echar algunos chistes, o sea, las cosas normales de esta tierra, y se murió, y se salió con la suya, hizo lo suyo".

Solamente que hizo algo, se vio lo que hizo:una zapatería, una fábrica de empanadas, hizo alguna cosa, sirvió para algo. Pero entonces se pone uno apensar: cuando mi vida la recojan los años, así como se recoge una acordeón, ¿qué va a quedar en blanco y negro de esta vida? Bueno, entonces él hablaba unas veces por la mañana, otras veces porla tarde, otras veces por la noche; hablaba y hablaba y no convenció a nade, ¡pero habló, y dijo, y dijo!"

¿y dónde están esas palabras? Las palabras vuelan. Entonces no son muy alagüeñas las perpectivas del predicador: escribir, para que no lo lean, o hablar, para que no lo oigan, y eso toda la vida, hasta morirse como si no hubiera vivido.

El mundo aparece especiamente mal dispuesto en neustros días para recibir la Palabra de Dios. ¿A quién le interesa la Palabra de Dios? No, pues sí se encientra, tal vez lo que pasa es que uno está ahí hablando a quien no debe hablar.

Porque es que la Palabra de Dios es una comunicación viva, y como toda comunicación viva no se queda sólo en el mensaje, sino que requiere también el emisor y el receptor. Sólo se completa la comunicación cuando se da el ciclo desde el emisor hasta el receptor, pasando por el canal y todas las cosas que nos digan los estudiosos de la comunicación.

Sí habrá gente a la que le interese el Evangelio, y el punto está en que hay que pedir a Dios tener la luz para hablarle a esas personas. Porque uno de predicador también se desalienta, y entonces dice: "Pues si unos hacen empanadas, y la otra tuvo su hogar y le cambiaba las cortinas al apartamento cada que se le daba la gana, entonces yo también voy a hacer algo, voy a hacer siquiera una finca, o voy a hacer un edificio".

Pero de alguna manera eso significa renegar a lo más puro, a lo principal, a lo fundamental del ministerio de la predicación. De alguna manera la palabra sólo aparece como palabra así, sin sustento en esta tierra.

De alguna manera el poder de la palabra brilla más así, como en Santo Domingo, como en Domingo de Guzmán, un hombre que con solas palabras hizo todo, todo lo que hizo lo hizo así, con la fuerza, con la gracia de la palabra.

Organicemos nuestras ideas. ¿Al fin en qué quedamos, en que sí se necesita o no se necesita la predicación? ¿Al fin en qué quedamos, en que sí hay o no hay quien escuche? ¿Al fin qué es la predicación, lo más necesario en esta tierra o lo más inútil de nuestro tiempo? He ahí lo paradógico, las dos cosas.

De estas alternativas que he dado no hay qué escoger. La predicación es al mismo tiempo lo más neceario en esta tierra, y sin embargo, lo más inútil, como Cristo, lo más majestuosos y lo más despreciado, lo más fuerte y lo más débil, lo más sabio y lo más necio.

No intentemos hacer de la predicación sólo lo más necesario, porque entonces caerá sobre nostros la frase de aquel latino que decía: "No pienses que los demás están tan interesados en oírte comotú en hablar", yo lo he comprobado muchas veces.

De manera que uno no puede creerse que la predicación es lo más necesario en esta tierra y vivir sólo de eso, porque no es lo más necesario para las otras personas, entonces la comunicación nose completa.

Uno no puede estar convencido de eso, no; uno tiene que obrar sabiendo que para la mayor parte de las personas, el mensaje, así sea el mensaje del amor más grande, no tiene la menor importancia. De esa base debe partir uno.

Pero luego uno no puede tratar al mensaje como si fuera lo menos importante, porque si uno no ama lo que dice y si uno no se está muriendo por lo que dice, tampoco logra nada.

De manera que parece que para ser un buen predicador,-Dios me lo concediera-, para ser un buen predicador hay que hablar sabendo que a los oyentes, en su mayor parte, no les importa lo que uno diga. Pero hay que hablar de tal manera importándole a uno lo que uno dice, que también para ellos llegue a ser importante lo que uno dice.

Uno no puede creer que la palabar es tan fuerte, como para desinteresarse uno de su propio esfuerzo; pero uno no puede creer que la palabra es tan débil, como para entonces uno tratar de fortificarla y fortalecerla y empezar uno a apredicar con sus propias fuerzas, o su sola sabiduría humana.

Hay que saber que la palabra es tan fuerte como para convertir el corazón más endurecido; pero es tan débil y es tan frágil, que por un pecado y por un error de uno se puede perder la comunicación.

Hay que saber que la palabra que predicamos es una palabra tan sabia como para llenar de asombro a los más grandes entendidos y filósofos y pensadores; pero yo no puedo partir de la base de que esa palabra va a ser así de sabia y exponerla así, porque entonces la mayor parte del pueblo fiel se quedará sin entender ni una sílaba.

Entonces debe decir las cosas más sublimes de la manera más sencilla, pero debo tener siempre una palabra sencilla para decirle a quienes se sienten nobles y grandes en esta tierra.

Como se puede notar, creo yo, la Palabra que predicamos, el Evangelio que anunciamos participa de todas y de cada una de las paradojas que tiene Cristo en la Cruz, porque ese es en verdad el contenido de la predicación.

Y cuando la Iglesia se fia de que ya tiene canales apropiados para difundir la Palabra, cuando ya se fia de esas fuerzas, dejade apoyarse únicamente en Dios; pero cuando descuida los medios, entonces se queda hablando sólo para sí misma; cuando se dedica solo a estudiar esa Palabra termina haciendo especulaciones y preguntas bizantinas que a nadie interesan; y cuando deja de estudiarla, entonces deja de entrar en diálogo vivo con sus contemporáneos.

Cuando se apasiona por esta Palabra y cuando considera que es la única verdad fácilemente se vuelve intolerante, injusta con los que tienen otro pensamiento; pero cuando dice: "Voy a ser tolerante", entonces ensancha y ensancha de tal manera las mangas, que se vuelve inútil y se vuelve superfluo predicar.

¿Qué podemos hacer nosotros, los predicadores, que tenemos que anunciar esta Palabra? Pues apoyarnos en nustra propia paradoja. Dije al principio que ofrecemos esta santa Misa para reparación de pecados, piediendo a Dios como un sacrificio de alabanza, la reparación causada por nuestros pecados.

Pues bien, si así son las cosas, el predicador debe obrar de tal manera, que sepa que en sus pecados está crucificado Cristo, que sepa que sus llagas, las de su vida, también pueden ser glorificadas y ungidas por el óleo del Espíritu, y que sepa que sus cualidades o virtudes, de tal modo deben estar unidas al misterio de la Cruz del Señor, que en ellas aparezca sólo Dios.

Debe saber encontrar, entonces, lo malo de ser tan bueno, y lo bueno de haber sido malo. Debe saber encontrar lo malo de ser tan bueno, porque si se fia de sus bienes no tendrá fierza su palabra; pero debe saber encontrar lo bueno de sus males, porque si sus llagas son glorificadas, ese testimonio convertirá a cientos y a miles.