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Iban rezando el Rosario, pero no aquí en la capilla, sino en los distintos lugares del convento, como santificando con la oración cada lugar, la biblioteca, el comedor, los distintos sitios del convento, bendecidos por la oración. | Iban rezando el Rosario, pero no aquí en la capilla, sino en los distintos lugares del convento, como santificando con la oración cada lugar, la biblioteca, el comedor, los distintos sitios del convento, bendecidos por la oración. | ||
| − | Ustedes pueden hacer eso, no tienen que contarle a nadie; o qué bueno que los papás aprovechen un día que los hijos estén de paseo, y digan: “Vamos a rezar juntos un Rosario, recemos tú y yo”, y recen, y paséense por la | + | Ustedes pueden hacer eso, no tienen que contarle a nadie; o qué bueno que los papás aprovechen un día que los hijos estén de paseo, y digan: “Vamos a rezar juntos un Rosario, recemos tú y yo”, y recen, y paséense por la casa y bendigan hasta el último rincón, llenen de amor y de oración esos rincones. |
Ustedes notarán que las cosas cambian y que los ambientes cambian, la oración tiene muchísimo poder, sobre todo es muy importante que nos demos cuenta de lo que sí podemos nosotros y de lo que está más allá de nuestro poder. | Ustedes notarán que las cosas cambian y que los ambientes cambian, la oración tiene muchísimo poder, sobre todo es muy importante que nos demos cuenta de lo que sí podemos nosotros y de lo que está más allá de nuestro poder. | ||
Revisión del 03:35 2 jun 2010
Fecha: 20000303
Título: La fe en Dios nos permite cambiar de vida y reconstruir la seriedad del amor
Original en audio: 24 min. 52 seg.
Hermanos Míos:
Nos parece tan bello descubrir tantas veces a Cristo bendiciendo, que estoy seguro de que este texto en cierto modo nos espanta.
He aquí a Cristo ya no pronunciando una bendición sino una palabra terrible, una maldición: “Nunca nadie coma jamás de ti” San Marcos 11,14, y en el curso de un día esa higuera se ha secado. Es muy duro oír esta palabra de Cristo, muy duro, pero también muy necesario a veces.
No es la única vez que aparece Cristo pronunciando esas terribles palabras, hay otro texto que se encuentra en el capitulo 25 del evangelio de San Mateo.
En esa otra ocasión Cristo ya no le está hablando a una mata, a una planta, sino le está hablando a personas humanas, a la que les dice: “Apartáos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para Satanás y sus secuaces” San Mateo 25,41. Esas palabras son muy duras, aún más duras que estas.
La dureza de las palabras de Cristo puede producir en nosotros un terror que paraliza; pero también puede producir en nosotros una saludable sacudida que nos recuerda que el amor verdadero es siempre serio.
La dureza de Cristo no es la dureza del que es cruel, del que es implacable ni del que es inhumano, la dureza de Cristo es esa firmeza ante aquello en que no se puede ceder, es la firmeza que brota, como he dicho, de la seriedad del amor.
Y cómo es de importante descubrir esto, que el amor es serio, y el amor es serio porque el amor tiene poder en el corazón de las personas; el amor es serio porque el amor desarma a las personas; el amor es serio porque el amor quita las barreras, quita la protección, quita los escudos, deja desnuda el alma.
Y cualquier cosa que deje sin armas al ser humano, lo deja como en poder del otro. Por eso, nadie puede hacer tanto bien, pero también, nadie puede hacer tanto daño como el que conoce las claves del amor, las llaves del amor.
Y por eso, ante el amor es necesario recobrar una actitud, yo diría sagrada; el amor que une, por ejemplo, a los amigos, el amor que une a la pareja, el amor que une a padres e hijos, el amor a la patria, también el amor a la humanidad. Creo que un solo ejemplo es suficiente para comprender esto.
En una pareja, precisamente porque se aman, sueltan sus corazas, sueltan sus armaduras, y desnudos de cuerpo y alma, muestran lo más débil de su corazón y de su vida al otro.
¡Oh suprema y terrible crueldad, cuando esa desnudez y esa desprotección es aprovechada para herir más profundamente al otro!
Y esta es la terrible experiencia que viven muchas parejas y que por eso no encuentran salida, porque quedan aprisionadas, congeladas en el dolor: "Me amó para desarmarme, me amó para que yo no me pudiera defender, y cuando no me podía defender, me hirió, ¡traidor!" Ese es el dolor, ese es el grito que sale del alma; "Si me iba a herir así, ¿por qué, por qué me amó?"
El mundo necesita recordar hoy la seriedad del amor, "no podemos maltratar a los que amamos", decía un pensador no cristiano, pero no por eso le negamos el titulo de sabio. Decía Confucio: “La única ley para que una amistad dure se llama respeto, es lo único que necesita", decía Confucio.
Yo no hablo aquí del respeto basado solamente en la urbanidad y las relaciones humanas, hablo de ese respeto que consiste en saber detenerse ante el umbral del otro y entender que cuanto más nos manifiesta su amor, más débil se hace ante nosotros.
Y entender que cuanto más débil es, más fácil es que lo hiramos, y después que hemos herido qué difícil sanar, qué dificil, ¿qué explicación podemos dar?
Cuando miro a los papás cargando a sus pequeños niños, cuando miro a las parejas tomadas de la mano, yo digo: ¿serán conscientes de que el amor es serio? No hemos sido conscientes de eso, creo que si somos honestos, todos tenemos algo o mucho de que acusarnos en este campo.
Si pudiéramos volver, si pudiéramos regresar a ciertos días, a ciertas escenas de nuestra vida, estoy seguro de que nos diríamos a nosotros mismos: "No digas esa palabra que jamás podrás borrar, no la digas".
Estoy seguro de que nos detendríamos, nos frenaríamos ante el otro comprendiendo que ahí hay un misterio, ahí hay una grandeza. Lamentablemente, este no ha sido el caso; lamentablemente, de una u otra forma, todos tenemos en nuestro pasado palabras que están ahí, como doble herida, herida que le causamos a la otra persona, y herida de remordimiento que pesa sobre nosotros.
Por eso mis hermanos, necesitamos en primer lugar recuperarla seriedad del amor. Qué grande es que una persona nos diga ese “te quiero”, qué grande es eso, pero qué terrible responsabilidad.
Si nosotros retomamos esta responsabilidad con el niño pequeño, con el amigo de siempre, con el papá, con la mamá, con el esposo, con la esposa, si comprendemos que ahí está sucediendo una especie de milagro, un misterio que es más grande que nosotros, estoy seguro de que obramos de otra manera.
Y esta es la primera parte de la enseñanza de hoy: necesitamos detener nuestras palabras muchas veces, nuestras actitudes, nuestras miradas, no sólo cuando atacamos a otra persona; también, cuando atacamos lo que esa otra persona ama.
Cuántas veces hemos sido sordos a las señales que el otro nos estaba dando, como diciéndonos: “No toques esto que es muy importante para mí, no te metas con esto, no lastimes esto”, y lo hemos hecho.
Primera parte, pues, necesitamos recuperar la seriedad del amor, y ahí está Cristo con estas palabras duras recordándonos con firmeza que en el amor hay seriedad.
Segunda parte. Ya vemos que esa no ha sido nuestra vida, ya vemos que tenemos de que acusarnos en este campo, ¿qué podemos hacer? ¿Qué podemos decir? ¿cómo podemos restablecer?
Cuando yo entré a la comunidad, me impresionó mucho una súplica que está en la Liturgia de las Horas, el libro de oración fundamental para nosotros, donde están las Laudes, las Vísperas y todo aquello, una oración pidiéndole a Dios que sanara a los que nosotros hemos escandalizado o dañado.
Mis hermanos, hay cosas que tú ya no vas a poder arreglar, eso lo tenemos que saber; cuando un hombre se ha burlado, por ejemplo, de la ternura o del amor de su pareja, de su esposa y la ha traicionado, ¿qué puede hacer ese hombre? ¿Qué puede hacer que sane eso? Ahí hay una limitación.
Bueno, él puede ser muy fiel hasta la muerte, pero es que eso era lo que le tocaba desde el principio, eso no es excepcional. Por eso mis hermanos, lo primero que necesitamos aquí, cuando caemos en cuenta de lo que hemos hecho, es conciencia plena: "Yo no me sé bajar del árbol al que me subí".
A nosotros nos pasa como los gaticos chiquitos traviesos que se suben a los árboles y luego hay que llamar a los bomberos para que los bajen de allá. Yo no soy capaz de bajarme de todos los árboles donde me he trepado.
Yo no puedo sanar todas las heridas que he causado, ¿qué puedo hacer? Obviamente, en muchas ocasiones se puede pedir perdón a la persona, y la persona nos puede dar su perdón; pero es necesario, es indispensable orar por el otro, orar.
Papás, ustedes no saben muchas veces el dolor que le han causado a sus hijos, a veces ustedes no quieren pensar en eso, uno no se puede imaginar lo que es eso a menos que le haya pasado con el propio papá, es tan terrible lo que puede darse ahí, es tan desigual esa relación, el papá por lo menos puede cerrar la puerta e irse a otra parte, el hijo no tiene esa posibilidad.
La humillación, el descalificamiento, la soledad en que puede recluir un papá a su hijo, puede llegar a ser terrible. Pues bien, eso está ahí, tú puedes pedir perdón y tus hijos te pueden perdonar y eso es importante, pero hay que orar.
Papás, hay que orar por los hijos: "Señor Dios, lo que yo no le supe dar a mi hijo, lo que yo no le podía dar a mi hijo, por favor, dáselo tu".
Hijos, ustedes pueden herir y tal vez han herido terriblemente a los papás, nos decía el predicador invitado esta noche: ¡Cuántas renuncias tienen los papás!" Y eso también es desigual.
El papá tantas veces tiene que esforzarse mucho y recibir muy poco; "sí, pero es que mi papá se equivocó en esto y en esto, y yo estoy dolido por él y estoy resentido". Todo lo que tú quieras, y seguramente tienes razón, pero la herida que tú le causas a él ¿qué bien te trae a ti? Lastimarlo a él, dañarle su vejez, hundirlo en su tristeza, amargarle la vida, ¿a ti te hace feliz?
El problema con el sacerdote es que uno como sacerdote se encuentra con todo género de personas y uno oye todas las versiones, uno oye la palabra terrible, desencajada, rebelde del muchacho que no tuvo papá; pero uno oye también la voz temblorosa, confundida, triste del papá que se queda sin el hijo, sin la hija.
Después de humillar al papá, después de atacar al papá, después de ese tipo de cosas, ¿qué pueden hacer nuestras palabras? Por eso, también por los papás yo pido.
Hijos, oren por sus papás, oren por ellos, díganle a Dios palabras como estas: “Señor, quedé tan decepcionado de los males de mi papá, quedé tan decepcionado de los pecados, de las deficiencias de mi mamá, que yo no supe ser hijo, ayúdale tu a ese señor, ayúdale tu a esa señora, dale lo que yo no le puedo dar, ten piedad de él”.
Unas oraciones como estas pueden ayudar a sanar nuestras relaciones, porque nosotros tenemos más capacidad para causar el mal que para sanarlo. Esa es la segunda parte de la enseñanza.
Necesitamos orar mucho unos por otros, no pierdan la oportunidad de arrodillarse un momento a solas en su habitación, no la pierdan, es tan hermoso que ustedes, por ejemplo ahí, los esposos, esas oraciones Dios las oye.
Un día que estés a solas en ese cuarto, el cuarto de ustedes, arrodíllate, nadie te mirará, sólo Dios, extiende tus manos y dile: “Señor, yo le hice daño a este hombre”, o: “Señor, yo le hice daño a esta mujer, yo ya no puedo reparar muchas cosas, sólo tú, Dios mio; ámala tú y enséñame a amarla”, “ámalo tú y enséñame a amarlo”.
Eso de visitar los cuartos de las personas es bueno, es algo tan lindo, vayan ustedes como papás a los cuartos de sus hijos, no a espiar, no a hurgar nada, vayan por una vez, una vez que sea a hacer una oración.
Arrodíllense en el cuarto del hijo, sientan ese ambiente. Muchas veces el ambiente del cuarto de los muchachos es estresante, por allá tienen sus cuadros terribles de sus diablos y sus cosas, ¡no tengan miedo de eso!
Arrodíllense ahí, y con un Cristo en la mano díganle a Dios: “Señor, mi hijo está lleno de confusión, yo no he sabido guiarlo en muchas cosas, él necesita encontrar tu amor, él necesita alguien mejor que yo”. ¡Una oración de estas Dios la oye!
Hubo una vez aquí en el convento en que los frailes hicieron retiro espiritual, los frailes estudiantes nuestros, y me gustó mucho una actividad que hicieron, se les ocurrió a ellos.
Iban rezando el Rosario, pero no aquí en la capilla, sino en los distintos lugares del convento, como santificando con la oración cada lugar, la biblioteca, el comedor, los distintos sitios del convento, bendecidos por la oración.
Ustedes pueden hacer eso, no tienen que contarle a nadie; o qué bueno que los papás aprovechen un día que los hijos estén de paseo, y digan: “Vamos a rezar juntos un Rosario, recemos tú y yo”, y recen, y paséense por la casa y bendigan hasta el último rincón, llenen de amor y de oración esos rincones.
Ustedes notarán que las cosas cambian y que los ambientes cambian, la oración tiene muchísimo poder, sobre todo es muy importante que nos demos cuenta de lo que sí podemos nosotros y de lo que está más allá de nuestro poder.
Enfrentar la juventud no es fácil ni para los jóvenes ni para los papás de los jóvenes, no es fácil, pero a través de ese camino Dios abre puertas.
La última palabra sobre esta enseñanza es tomada de lo que nos dice Jesucristo: “Tened fe en Dios” San Marcos 11,22. Dios, que te hizo, te puede rehacer, Él sí puede, no hay nada en tu vida que Dios no lo pueda reconstruir, incluso mejor de cómo estaba, nada.
El evangelio es una montaña de ejemplos de cómo Dios puede tomar vidas maltratadas y rehacerlas. Ten fe en Dios. ¿Qué es lo más herido de ti? ¿tu autoestima? ¿Tu afectividad? ¿Tu capacidad laboral? ¿Tu vida sexual? ¿Qué es lo mas herido de ti? ¿Qué es lo más lastimado, lo más roto? A veces es difícil escoger.
Eso, lo que sea más roto en ti, Dios lo puede rehacer; ten fe en Dios, con esa fe grande tú puedes cambiar de vida y desde ti puedes recobrar esa seriedad y hermosura del amor, para reconstruir un tejido vivo a tu alrededor.
Qué tristeza, mis hermanos, ver algunas vidas que a su alrededor no tienen sino muerte, ¿tú fuiste creado para eso? Hay vidas así, de pelea con todo el mundo, de pelea con el perro, con el gato y agarrados con todos, ¿para eso te hizo Dios? ¿Para eso? ¿Para que nadie se pueda acercar a ti sin pelear? ¿Para eso te hizo Dios?
"No, es que mi temperamento es fuerte", pues con esa fortaleza tú podrías hacer muchas cosas buenas, es que tener un temperamento fuerte no es un pecado, es una oportunidad, los temperamentos fuertes son los que hacen muchas grandes cosas. "¡Es que yo no me voy a dejar de nadie!"
Mis hermanos, es hermoso volverse a Jesucristo, es precioso volver a Jesús y sentir que su amor nos reconstruye, es hermoso sentir que alrededor de uno empieza a crecer la vida otra vez, eso yo lo he vivido, me falta mucho, claro, pero yo lo he vivido, eso es muy hermoso.
Atila, un bárbaro de la antigüedad, se enorgullecía: “Donde pisa mi caballo no vuelve a crecer la hierba, ahh, reparto muerte”, así se sentía poderoso.
El cristiano tiene otro lenguaje: “Mi mano está llena de su bendición, al hermano que toque bendito sea”, ese es el lenguaje del cristiano; "lo que yo toco lo bendigo", ¡qué bonito eso! Eso es lo que Dios quiere de ti, que lo que tu toques lo bendigas, que donde tu mires florezca la vida, que lo que tu abraces adquiera calor.
Eso es lo que Dios quiere de ti, que por donde tú vayas se pueda decir lo que se dijo de Cristo: "Pasó haciendo el bien" Hechos de los Apóstoles 10,38.
Mira cuál ha sido el rastro de tu vida, mira por favor, qué has ido dejando a tu paso: gente amargada, gente suicidada, gente sola, gente triste. "Ah, es que así es esta puerca vida. Yo siempre he dicho que esta puerca vida...."
vuélvete a Jesús vuélvete a Él, confía en Él, “tened fe en Dios” San Marcos 11,22, dice Cristo; vuélvete a Él, haz el experimento de sentir la reconstrucción del amor de Dios en tu vida, y empieza a vivir: “Mi mano está llena de su bendición, y al hermano que toque, bendito sea; y al hermano que sonría y al hermano que abrace, bendito sea”.
Te aseguro, deja pasar sólo un tiempo, un poquito de tiempo y tú verás florecer la vida, y tú verás que donde tú pasas aparece la vida, aparece el amor, aparece la alegría. Tú no estás condenado, tú no eres Atila, tú no estás condenado, tú no estás condenado a tener a las espaldas un rastro de muerte.
Qué triste es ver que pasan los años y uno puede solamente ir tachando: "Con este amigo no logré nada, con este amigo se dañó todo, con esta familia nada funcionó, con este trabajo nada se pudo", ¿para eso te hizo Dios? Dios te hizo para que tú fueras perfume de Él, para que tú fueras amor de Él, para que tú fueras vida de Él, y por donde tú fueras pasando, fuera llegando la vida.
Dios lo puede hacer, "tened fe en Dios" San Marcos 11,22, Dios lo puede hacer, Dios te quiere reconstruir y quiere hacer de ti una fuente de vida, para honor de su amor y de su nombre.
Amén.