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Y eso se convierte en pasto suficiente para las ovejas mediocres, y el rebaño de Cristo se va llenando de inercia, se va volviendo torpe, y le hace falta intrepidez. | Y eso se convierte en pasto suficiente para las ovejas mediocres, y el rebaño de Cristo se va llenando de inercia, se va volviendo torpe, y le hace falta intrepidez. | ||
| − | Necesitamos maestros de vida en el Espíritu. La mayor parte de los religiosos y religiosas carecen de una verdadera dirección espiritual; carecemos de palabras autorizadas, sabias y oportunas, que por una parte, nos consuelen y nos animen, y por otra parte, nos corrijan. | + | Necesitamos maestros de vida en el Espíritu. La mayor parte de los religiosos y religiosas carecen de una verdadera dirección espiritual; carecemos de palabras mo.autorizadas, sabias y oportunas, que por una parte, nos consuelen y nos animen, y por otra parte, nos corrijan. |
Y en medio de los laicos, pues no faltan los anhelos buenos, cuando se trata de cristianos fervorosos. Pero también aquí hay mucha confusión: algunos haciendo experimentos con doctrinas extrañas, sobre todo de tipo orientalista; otros aferrados a dos o tres libros, "El Código de Derecho Canónico", "El Catecismo de la Iglesia Católica", y por ahí, alguna encíclica; aferrados, como si se tratara de una tabla de salvación, a dos o tres documentos, buscando seguridad y condenando todo lo que se salga de los patrones establecidos y las costumbres consagradas por el tiempo. | Y en medio de los laicos, pues no faltan los anhelos buenos, cuando se trata de cristianos fervorosos. Pero también aquí hay mucha confusión: algunos haciendo experimentos con doctrinas extrañas, sobre todo de tipo orientalista; otros aferrados a dos o tres libros, "El Código de Derecho Canónico", "El Catecismo de la Iglesia Católica", y por ahí, alguna encíclica; aferrados, como si se tratara de una tabla de salvación, a dos o tres documentos, buscando seguridad y condenando todo lo que se salga de los patrones establecidos y las costumbres consagradas por el tiempo. | ||
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Benito atrajo con autoridad, guió con maestría, acogió con verdadera paternidad espiritual. Benito, podemos decir, que dejó los cauces suficientemente amplios para que diversidad de almas y corazones, sintieran que el monasterio era su casa. Pero suficientemente claros estaban esos cauces para que los excesos, los pecados, las desviaciones, se pudieran llamar por su propio nombre. | Benito atrajo con autoridad, guió con maestría, acogió con verdadera paternidad espiritual. Benito, podemos decir, que dejó los cauces suficientemente amplios para que diversidad de almas y corazones, sintieran que el monasterio era su casa. Pero suficientemente claros estaban esos cauces para que los excesos, los pecados, las desviaciones, se pudieran llamar por su propio nombre. | ||
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| + | Y ¿qué digo yo? Si recorremos la historia de occidente, vemos que cada vez que la Iglesia ha querido reformarse, ha buscado en el viejo tronco benedictino esos frutos sazonados, llenos de equilibrio, llenos de armonía, y al mismo tiempo, llenos de la audacia del amor. | ||
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| + | ¿Por qué eso no sucede en nuestro tiempo? No lo sé. Pero lo que yo sí sé, es que mientras eso no suceda, no habrá una verdadera reforma en la Iglesia. Es verdad que hoy tenemos esos frutos preciosos del Espíritu, que son los movimientos eclesiales, los nuevos movimientos espirituales que hacen mucho bien, especialmente, en medio de los laicos. | ||
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| + | Y por lo tanto, no son las raíces de cada uno o de cada una, sino más bien, la meta, el término, una sociedad congregada por la meta, por la finalidad última, por el fruto más precioso, definitivo y durable del bautismo. | ||
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| + | ''¡Volvamos a las palabras de Benito! Sepamos escuchar a este maestro, que supo encontrar la medida para que las virtudes humanas tuvieran su centro, y las virtudes teologales tuvieran su radicalidad.'' | ||
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| + | Esto se lo concedió Dios a Benito. No es el único, pero casi como si lo fuera, porque el torrente de esa inspiración es un manantial del que ha bebido prácticamente todo el mundo en la Iglesia, es un regalo para toda la Iglesia. Y si nosotros no nos acercamos a ese torrente, somos nosotros los que estamos perdiendo. | ||
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| + | ¡Que interceda por nosotros el buen monje, el gran abad, el gran maestro Benito de Nursia! Y nosotros, désenos esta inspiración del Espíritu, preparemos para la Iglesia esos tiempos nuevos, en que la santidad será referencia para toda la civilización como quería Paulo Sexto, y será también la meta obligada, oportuna, y sobre todo posible, para el mayor número de bautizados. | ||
Revisión del 04:40 6 jul 2007
Fecha: 20000711
Título: La espiritualidad de San Benito de Nursia
Original en audio: 12 min. 42 seg.
Estamos recordando hoy con agradecimiento a Dios, la vida de San Benito de Nursia, una referencia de fe para toda Europa y para el todo el mundo.
En las letanías que solemos cantar en mi convento de Santo Domingo para las ocasiones previstas, cuando se menciona a San Benito, el apelativo que se añade es maestro en el Espíritu, un elogio breve pero muy elocuente.
Porque si hay un lugar, donde se necesita la guía, donde se necesita enseñanza, es precisamente en los caminos del Espíritu; porque allí se hacen más confusas las cosas, porque es fácil equivocarse, porque a todos nos tienta detenernos, estancarnos, hacer nuestro gusto, nuestro capricho, cambiar el anhelo de ser bueno por la resignada aspiración a no ser malos.
Y eso se convierte en pasto suficiente para las ovejas mediocres, y el rebaño de Cristo se va llenando de inercia, se va volviendo torpe, y le hace falta intrepidez.
Necesitamos maestros de vida en el Espíritu. La mayor parte de los religiosos y religiosas carecen de una verdadera dirección espiritual; carecemos de palabras mo.autorizadas, sabias y oportunas, que por una parte, nos consuelen y nos animen, y por otra parte, nos corrijan.
Y en medio de los laicos, pues no faltan los anhelos buenos, cuando se trata de cristianos fervorosos. Pero también aquí hay mucha confusión: algunos haciendo experimentos con doctrinas extrañas, sobre todo de tipo orientalista; otros aferrados a dos o tres libros, "El Código de Derecho Canónico", "El Catecismo de la Iglesia Católica", y por ahí, alguna encíclica; aferrados, como si se tratara de una tabla de salvación, a dos o tres documentos, buscando seguridad y condenando todo lo que se salga de los patrones establecidos y las costumbres consagradas por el tiempo.
¡Necesitamos maestros de vida en el Espíritu! Esa ansia profunda que Dios puso en cada corazón, ¿quién la va a saciar? Y frente a este desierto aparecen manantiales, que son las distintas espiritualidades, y entre todas ellas, por su antigüedad, brilla en occidente el caudal que nació de San Benito de Nursia.
Yo pienso, especulando un poco, pienso que en los años futuros, vendrá un tiempo de inmenso aprecio de Benito. No es ese nuestro tiempo, lamentablemente.
Y creo yo, que faltan varias cosas en la Iglesia, casi me atrevería a decir, varias etapas, pequeñas revoluciones, grandes cambios en la Iglesia, antes de que vuelva a aparecer el lustre inmenso de la vida y la palabra de Benito de Nursia, un hombre que hizo que la santidad ya no fuera el patrimonio de los mártires o de los héroes del ascetismo; un hombre, que por decirlo de alguna manera, trajo ese fuego del Cielo a los monasterios, donde la vida cotidiana, una vida, llamémosla normal, una vida posible, significaba también y significa también, una vida en Dios.
Tal vez esta es la obra más grande de Benito. Antes de él, la vida de los monjes era una vida imposible. Después de él, la vida de los monjes es una vida posible, conveniente, saludable, casi se diría, necesaria para la misma civilización.
Benito atrajo con autoridad, guió con maestría, acogió con verdadera paternidad espiritual. Benito, podemos decir, que dejó los cauces suficientemente amplios para que diversidad de almas y corazones, sintieran que el monasterio era su casa. Pero suficientemente claros estaban esos cauces para que los excesos, los pecados, las desviaciones, se pudieran llamar por su propio nombre.
Y ¿qué digo yo? Si recorremos la historia de occidente, vemos que cada vez que la Iglesia ha querido reformarse, ha buscado en el viejo tronco benedictino esos frutos sazonados, llenos de equilibrio, llenos de armonía, y al mismo tiempo, llenos de la audacia del amor.
¿Por qué eso no sucede en nuestro tiempo? No lo sé. Pero lo que yo sí sé, es que mientras eso no suceda, no habrá una verdadera reforma en la Iglesia. Es verdad que hoy tenemos esos frutos preciosos del Espíritu, que son los movimientos eclesiales, los nuevos movimientos espirituales que hacen mucho bien, especialmente, en medio de los laicos.
Pero, si ha habido un hombre carismático en Colombia, es el padre Rafael García Herreros, y él destacaba, como persona que tenía claras las cosas, que mientras los grupos de oración no dieran vocaciones de absoluta consagración a Dios y de completa donación a la Iglesia, mientras esos frutos no aparecieran, faltaría siempre algo, habría una asignatura pendiente, una cuenta por pagar.
Porque no cabe duda de que todo movimiento eclesial, cuando alcanza su madurez, le brinda frutos a toda la Iglesia, y no frutos solamente para el movimiento.
¿Qué vamos a hacer, si los grupos carismáticos dan vocaciones que son sacerdotes carismáticos, para atender nuevos grupos carismáticos? Pues, muy bello, muy necesario, pero todavía insuficiente.
Y si las comunidades neocatecumenales inspiran vocaciones que se forman en el seminario neocatecumenal, para atender a nuevas comunidades neocatecumenales, ¡hermoso y Dios las bendiga!
Pero, ¿qué vamos a hacer? Necesitamos esos frutos maduros, que están radical y primeramente para Dios, y que sueltos de todo, por así decirlo, pertenecen, en primer lugar, a la Iglesia. Y esta condición, indudablemente, nadie la cumple mejor que la vida monástica.
Con un pasado, con una familia, con una experiencia de fe, llega cada uno al monasterio. Pero en el monasterio, ya no es esa experiencia primera, la que ha de marcar, sino la experiencia última, porque el monasterio es una asamblea escatológica, es una anticipación de la Gloria.
Y por lo tanto, no son las raíces de cada uno o de cada una, sino más bien, la meta, el término, una sociedad congregada por la meta, por la finalidad última, por el fruto más precioso, definitivo y durable del bautismo.
Pero, ¿quién hace, quién educa en ese camino? Entre otros, San Benito de Nursia. ¡Volvamos a las palabras sabias de Benito! Sintamos el palpitar de ese corazón que recibió de Dios, sensatez, prudencia y fecundidad, como pocos hombres han tenido en toda la historia del cristianismo.
¡Volvamos a las palabras de Benito! Sepamos escuchar a este maestro, que supo encontrar la medida para que las virtudes humanas tuvieran su centro, y las virtudes teologales tuvieran su radicalidad.
Esto no es fácil. ¿Cómo encontrar el balance entre la radicalidad que piden las virtudes teologales y el equilibrio que necesitan las virtudes humanas o cardinales? ¿Cómo encontrar ese equilibrio?
Hay seres radicales, exagerados en el amor, y al mismo tiempo, ponderados con lo que tiene que ver con la justicia, con la templanza, con la fortaleza.
¿Cómo llegar a ese medio de vida, que tiene una palabra de acogida para los más débiles, y que tiene una propuesta atractiva para los más fuertes?
Esto se lo concedió Dios a Benito. No es el único, pero casi como si lo fuera, porque el torrente de esa inspiración es un manantial del que ha bebido prácticamente todo el mundo en la Iglesia, es un regalo para toda la Iglesia. Y si nosotros no nos acercamos a ese torrente, somos nosotros los que estamos perdiendo.
¡Que interceda por nosotros el buen monje, el gran abad, el gran maestro Benito de Nursia! Y nosotros, désenos esta inspiración del Espíritu, preparemos para la Iglesia esos tiempos nuevos, en que la santidad será referencia para toda la civilización como quería Paulo Sexto, y será también la meta obligada, oportuna, y sobre todo posible, para el mayor número de bautizados.