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La ciudad es bella, y bella también es María, y bella es su mirada, su acogida, Desde allá, desde el santuario y en las diversas advocaciones, la belleza de María es al mismo tiempo una invitación, una manera de recibirnos a todos, pero es una expresión de la gloria divina. | La ciudad es bella, y bella también es María, y bella es su mirada, su acogida, Desde allá, desde el santuario y en las diversas advocaciones, la belleza de María es al mismo tiempo una invitación, una manera de recibirnos a todos, pero es una expresión de la gloria divina. | ||
| − | La belleza tiene mucho poder, poder para lo malo o poder para lo bueno. Pensemos cómo se utiliza la belleza en la publicidad o en el comercio de nuestro tiempo y vemos cómo la belleza tiene poder, poder para mover a la gente a gastar su dinero o arriesgar sus hogares o a pasar mil penalidades. | + | La belleza tiene mucho poder, poder para lo malo o poder para lo bueno. Pensemos cómo se utiliza la belleza en la publicidad o en el comercio de nuestro tiempo y vemos cómo la belleza tiene poder, poder para mover a la gente a gastar su dinero, o arriesgar sus hogares, o a pasar mil penalidades. |
''La belleza tiene mucho poder, y la belleza de Mía no es una belleza impotente, sino una belleza que abre con fuerza los corazones; y también es una belleza que se imprime con fuerza en nuestras almas dejando el rostro y el rastro de la obra de Dios. Si María imprime su belleza en nuestros corazones, pues, como Ella también nosotros estaremos en camino de cielo''. | ''La belleza tiene mucho poder, y la belleza de Mía no es una belleza impotente, sino una belleza que abre con fuerza los corazones; y también es una belleza que se imprime con fuerza en nuestras almas dejando el rostro y el rastro de la obra de Dios. Si María imprime su belleza en nuestros corazones, pues, como Ella también nosotros estaremos en camino de cielo''. | ||
Revisión del 17:20 27 jun 2007
Fecha: 20030709
Título: Como la Jerusalen celestial Maria es Nueva, Bella y Santa
Original en audio: 6 min. 41 seg.
Para la Primera Lectura de hoy hemos tomado un texto del capítulo 21 del Apocalipsis. Es una de las posibilidades que nos da la Iglesia en las Misas en que recordamos y honramos particularmente a la Virgen María.
Este texto del Apocalípsis es impresionante y bellísimo, como tantas otras escenas que nos trae este libro. Se trata de la Ciudad Nueva, la Ciudad Bella y la Ciudad Santa.
Esas tres palabras le quedan muy bien a Jerusalén y esas tres palabras le quedan muy bien a María, especialmente si meditamos en el hermoso milagro que hoy nos congrega: el milagro de la renovación del cuadro de la Virgen en Chiquinquirá.
Nueva, bella, santa. María es la imagen de la humanidad nueva; y el cuadro, ese cuadro que se venera en la basílica de Chiquinquirá, pues, precisamente, fue renovado, mostró la novedad de unos colores, de una luz que no conocíamos en esta tierra.
La ciudad es bella, y bella también es María, y bella es su mirada, su acogida, Desde allá, desde el santuario y en las diversas advocaciones, la belleza de María es al mismo tiempo una invitación, una manera de recibirnos a todos, pero es una expresión de la gloria divina.
La belleza tiene mucho poder, poder para lo malo o poder para lo bueno. Pensemos cómo se utiliza la belleza en la publicidad o en el comercio de nuestro tiempo y vemos cómo la belleza tiene poder, poder para mover a la gente a gastar su dinero, o arriesgar sus hogares, o a pasar mil penalidades.
La belleza tiene mucho poder, y la belleza de Mía no es una belleza impotente, sino una belleza que abre con fuerza los corazones; y también es una belleza que se imprime con fuerza en nuestras almas dejando el rostro y el rastro de la obra de Dios. Si María imprime su belleza en nuestros corazones, pues, como Ella también nosotros estaremos en camino de cielo.
La ciudad del Apocalipsis es la Ciudad Santa. Fíjate que no hay muchas ciudades, no tenemos muchos ejemplos de los que se pueda decir "esta cuidad es santa". Realmente, este apelativo sólo se le da a Jerusalén, y ni siquiera a la Jerusalén de la tierra, sólo a la Jerusalén celestial.
La Cuidad Santa es la ciudad habitada por el Santo. Porque lo que nosotros aprendemos de nuestra experiencia es que las ciudades no son santas. En la cuidad suceden toda clase de crímenes, de trampas; la ciudad, muchas veces, es el camino del egoísmo, de la violencia, del anonimato, de la dureza. La Ciudad Santa, Jerusalén, es santa solamente porque en ella habita el Santo.
Pero esto que va a suceder en la Jerusalén del cielo, esto es lo que ya sucedió en María, especialmente el día de la Encarnación y luego, el día de Pentecostés. El Hijo, Dios Hijo, viene a María el día de la Encarnación; el Espíritu, Dios Espíritu, viene a María el día de Pentecostés.
En la Encarnación y en Pentecostés, que son como el principio y el final de la presencia de María en la Sagrada Escritura, en esos dos momentos, sobre todo en esos dos momentos, vemos a María habitada por Dios. Sus entrañas, colmadas de la santidad de Dios en el misterio del Verbo que se hace carne, su corazón, su cuerpo convertido en un maravilloso y hermoso cuerpo, habitado por el Espíritu de Dios, que viene a Ella a perfeccionar la obra, la que se empezó a realizar en la Encarnación.
María es la Ciudad Santa y María de alguna manera quiere, con su oración, con la fuerza de la gloria de Dios que la invade, con el amor que hay en su corazón inmaculado, María quiere que el mundo entero, que el universo entero sea la ciudad de Dios. Ella es como esta Jerusalén, pero Ella quiere que el mundo entero sea Jerusalén, no la Jerusalén de la tierra, sino la Jerusalén del cielo.
El ejemplo de María, la santidad de María, la novedad de María, convoque, arrastre, lleve nuestro corazón más y más hacia Dios como Ella y solamente Ella sabe hacerlo. Porque el que es atraído por el perfume de la gracia, el que es atraído por el esplendor de la belleza del cielo, es atraído con libertad y con gusto.
Y realmente las conversiones que logra María llevan ese sello de permanencia, ese sello de estabilidad del que no ha sido engañado, del que no ha sido ofuscado por una experiencia momentánea, sino del que ha sido transformado, a imagen de María, en habitación, en morada de Dios.
Ven, María, ruega por nosotros; María, ayúdanos con tu plegaria, con tu ejemplo a ser poseídos por la gloria de Dios; a ser también nosotros, en medio de este mundo, espejo e imagen del mundo que ha de venir.
Amén.