Diferencia entre revisiones de «Bk04001a»
m («Bk04001a» protegido: transcribiendo [edit=sysop:move=sysop]) |
|||
| Línea 27: | Línea 27: | ||
De ahí que con su Palabra, Dios ya en esta tierra nos va alimentando y nos va dando hambre. | De ahí que con su Palabra, Dios ya en esta tierra nos va alimentando y nos va dando hambre. | ||
| + | |||
| + | Pasa lo mismo que con la conciencia. Note usted que cuando una persona dura mucho tiempo sin confesarse, si se le pregunta: "¿Usted por qué no se confiesa?", la persona dice: "¡No tengo de qué! No robo, no mato, no le hago el mal a nadie. Procuro vivir bien. No me meto con nadie. ¡No tengo de qué confesarme!" | ||
| + | |||
| + | Por el contrario, aquella persona que se va acercando a Dios, como que la misma luz le ayuda a ver el mugre de su alma. En una casa en tinieblas, todo parece ordenado y uno no puede decir dónde está el desorden. Parece ordenado, porque no se ve el desorden. Parece limpio, porque no se ve la suciedad. | ||
| + | |||
| + | Pero, cuando llega la luz, y eso nos cuenta el evangelio, "cuando llega la luz" (''véase'' San Juan 3,19), la persona se va dando cuenta de sus propias fallas, de sus propios errores y pecados. | ||
| + | |||
| + | Por eso, viene a suceder que Santos muy grandes, como por ejemplo, Santo Domingo de Guzmán, encontraban en su conciencia, formada, límpida, delicada, motivos de reconciliación con Dios. | ||
| + | |||
| + | Porque, esas almas eran como cristales ya muy limpios, que al ser heridos por la luz, mostraban claramente en dónde está la suciedad, en dónde está una mancha, en dónde está un error. | ||
| + | |||
| + | ''La Palabra de Dios nos va alimentando y nos va dando hambre, va mostrando la suciedad y la va limpiando. Nos dice que estamos enfermos, pero nos cura.'' | ||
| + | |||
| + | Y así se diferencia del alimento material, que sólo sirve para sostener una vida que ya existe. | ||
| + | |||
| + | La Palabra de Dios va creando la misma vida que va alimentando. Va levantando al que estaba caído y poniendo a andar al que era paralítico. | ||
| + | |||
| + | Da la luz al que estaba ciego, y conduciéndolo, lo lleva a esa tierra que fue prometida a Abraham y que en definitiva, sólo logramos a través de Jesucristo; a esa gloria en la que el universo entero reconoce a su Creador, a su Autor. | ||
| + | |||
| + | No obstante, para hacer este recorrido, se necesita primero como despertarse. San Agustín, cuando describe su propia conversión, dice estas palabras elocuentes, como todas las suyas: "Me di cuenta de que había un alimento para comer, pero que yo no era capaz todavía de comerlo". Y así, se puso en movimiento. | ||
Revisión del 02:53 15 mar 2009
Fecha: 19970309
Título: La Palabra que da vida
Original en audio: 11 min. 31 seg.
Queridos Hermanos:
La Palabra de Dios nos va alimentando, pero también va aumentando el hambre. En esto se diferencia el alimento que Dios nos da del alimento material.
Cuando uno tiene hambre, físicamente hablando, come hasta saciarse. Y si sigue comiendo, llega el momento en que siente fastidio del mismo alimento, repulsión. Le repugna lo que antes quería.
Esto sucede así, porque cuanto más se come, menos hambre queda. Y esto sucede así, porque el hambre material, el hambre física, es como una señal que da el organismo de que necesita ayuda, auxilio, energía, para crecer, para desarrollar sus actividades. No obstante, necesita solamente éso.
El alimento material que recibimos, sirve para sostener la vida. Mas, no la da; la sostiene. Sostiene una vida que ya existe. Por eso, no sirve darle alimentos a un cadáver. Porque, el alimento material sostiene la vida, pero no la produce.
En cambio, el alimento espiritual que es la Palabra de Dios, el alimento espiritual que es el Verbo de Dios, Cristo, Nuestro Señor, aquí en la tierra y en el Cielo, es una Palabra que como dice el Salmo, "da vida" (véase Salmo 19,7).
Y por eso, es una Palabra que alimentando, produce su propia hambre. Despierta el hambre al mismo tiempo que la sacia.
Si Dios, por su gracia y por su gloria, nos concede la visión beatífica, la bienaventurada visión del Cielo, lo que entonces experimentaremos, se parece a alguien que cuanto más come, más hambre siente. Pero, al mismo tiempo, cuanto mayor es su hambre, más recibe.
Sin embargo, no hay tiempo en el Cielo. Y por tanto, cuando utilizamos descripciones temporales de la Bienaventuranza, como decir, alguien que come y siente más hambre, o alguien que se alimenta y en su alimento encuentra su propia hambre...
O, cuando decimos que en el Cielo se canta, o se danza, o se proclaman las alabanzas de Dios, no estamos haciendo una descripción de los acontecimientos de allá, sino tratando de poner en nuestro lenguaje el llamado de amor que Dios nos ha hecho manifiesto en Jesucristo.
De ahí que con su Palabra, Dios ya en esta tierra nos va alimentando y nos va dando hambre.
Pasa lo mismo que con la conciencia. Note usted que cuando una persona dura mucho tiempo sin confesarse, si se le pregunta: "¿Usted por qué no se confiesa?", la persona dice: "¡No tengo de qué! No robo, no mato, no le hago el mal a nadie. Procuro vivir bien. No me meto con nadie. ¡No tengo de qué confesarme!"
Por el contrario, aquella persona que se va acercando a Dios, como que la misma luz le ayuda a ver el mugre de su alma. En una casa en tinieblas, todo parece ordenado y uno no puede decir dónde está el desorden. Parece ordenado, porque no se ve el desorden. Parece limpio, porque no se ve la suciedad.
Pero, cuando llega la luz, y eso nos cuenta el evangelio, "cuando llega la luz" (véase San Juan 3,19), la persona se va dando cuenta de sus propias fallas, de sus propios errores y pecados.
Por eso, viene a suceder que Santos muy grandes, como por ejemplo, Santo Domingo de Guzmán, encontraban en su conciencia, formada, límpida, delicada, motivos de reconciliación con Dios.
Porque, esas almas eran como cristales ya muy limpios, que al ser heridos por la luz, mostraban claramente en dónde está la suciedad, en dónde está una mancha, en dónde está un error.
La Palabra de Dios nos va alimentando y nos va dando hambre, va mostrando la suciedad y la va limpiando. Nos dice que estamos enfermos, pero nos cura.
Y así se diferencia del alimento material, que sólo sirve para sostener una vida que ya existe.
La Palabra de Dios va creando la misma vida que va alimentando. Va levantando al que estaba caído y poniendo a andar al que era paralítico.
Da la luz al que estaba ciego, y conduciéndolo, lo lleva a esa tierra que fue prometida a Abraham y que en definitiva, sólo logramos a través de Jesucristo; a esa gloria en la que el universo entero reconoce a su Creador, a su Autor.
No obstante, para hacer este recorrido, se necesita primero como despertarse. San Agustín, cuando describe su propia conversión, dice estas palabras elocuentes, como todas las suyas: "Me di cuenta de que había un alimento para comer, pero que yo no era capaz todavía de comerlo". Y así, se puso en movimiento.