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Pidámosle entonces a Dios, que las palabras de Isaías encuentren eco en cada corazón, que la enseñanza de Jesús marque huella en el de nosotros, que aprendamos a obrar el bien y a ser partícipes del Sacrificio de Jesús en la Cruz y en el Altar. | Pidámosle entonces a Dios, que las palabras de Isaías encuentren eco en cada corazón, que la enseñanza de Jesús marque huella en el de nosotros, que aprendamos a obrar el bien y a ser partícipes del Sacrificio de Jesús en la Cruz y en el Altar. | ||
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Revisión del 22:22 2 mar 2009
Fecha: 20020715
Título: Dios reclama un sacrificio interior
Original en audio: 5 min. 56 seg.
Muy fuerte la denuncia de Isaías en la primera lectura que escuchábamos. Llama a los dirigentes de la Casa de Judá, "príncipes de Sodoma" Isaías 1,10, y llama al pueblo, "pueblo de Gomorra" Isaías 1,10.
Estas dos ciudades eran como la imagen misma de la perdición, de la degeneración, y ese es el nombre que les da el Profeta. Está diciendo entonces con esa imagen, que son un pueblo degenerado, un pueblo pervertido en grado sumo.
La gran perversión de este pueblo, es lo que aparece en lo que sigue ahí en la lectura y que lo podemos sintetizar en la expresión, un culto vacío. Siguen presentando a Dios sus ofrendas, siguen haciendo los sacrificios de carneros, de becerros, de corderos. Pero es un sacrificio que Dios no quiere ver. "Me tapo los ojos", -dice-, "ustedes extienden las manos; yo no escucho" Isaías 1,15.
Es un culto vacío, y de ahí que sea rechazado por Dios. La manera de llenar de contenido ese culto para que no esté vacío, ¿cuál es? Dice aquí: "Lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus malas acciones" Isaías 1,16. Es decir, que toda ofrenda exterior tiene que estar unida a una ofrenda interior.
Todo sacrificio exterior tiene que estar unido a un sacrificio interior. El sacrificio exterior puede ser el de ese animalito. Pero el sacrificio interior que reclama Dios por boca del Profeta Isaías, es ese sacrificio de "lavarse, purificarse, dejar las malas acciones, buscar el querer de Dios, aprender a obrar el bien, enderezar al oprimido, defender al huérfano, proteger a la viuda" Isaías 1,16-17.
Ese es el sacrificio que resulta agradable a los ojos de Dios. Hay que cambiar la actitud interior, llenarse de obras nuevas y de obras agradables. Este es el mensaje que nos deja el Profeta Isaías en este texto tan vigoroso.
Tiene una relación también con el evangelio. Porque Jesús dice: "El que pierda la vida por mí, la encontrará" San Mateo 10,39. Perder la vida por Cristo, es entregarle la vida a la causa de Jesucristo, lo cual parece ser un desperdicio. Parece ser un gran error. Parece ser una pérdida de tiempo y de fuerzas.
Perdonar, cuando uno puede vengarse, ser humilde, cuando uno puede humillar a otros, ser manso, cuando la agresividad da tantos frutos, ser caritativo, cuando el egoísmo amontona tesoros, todo eso parece una tontería.
Pero Jesús nos invita a tomar eso que parece una tontería y que parece una pérdida. ¡Perder la vida por Jesucristo! Eso que parece pérdida, hay que hacerlo, porque el que entrega su vida así, en amor a Dios y a los hermanos, ése es el que encuentra la verdadera vida.
Y aquí tenemos la relación, entonces, entre las dos lecturas. El sacrificio interior es el mensaje de Isaías. Entregar la vida por la causa de Cristo, aunque parezca un desperdicio, es el mensaje que nos da el evangelio de hoy.
Ambos textos apuntan a esa resolución interior, a ese acto íntimo, por el cual la voluntad se ofrece consciente y amorosamente a Dios en un sacrificio, sacrificio de expiación y sacrificio de alabanza.
En ese acto interior, en el que nosotros nos damos a Dios, aunque parezca un desperdicio, en que nos damos a Dios realizando el verdadero sacrificio, ahí está la grandeza de nuestra vida. El que realice éso, encontrará la vida verdadera.
Y esta relación que hay entre las dos lecturas, es la misma relación que tenemos con el Sacrificio Eucarístico que estamos celebrando. También el acto de participar en la Misa, se puede quedar como un acto exterior. También se puede volver una simple costumbre, se puede volver una rutina, o un acto puramente social.
A través del sacrificio interior, a través de nuestro deseo de ser una sola hostia con Jesucristo, nosotros nos unimos a la grandeza del sacrificio de la Santa Misa. Verdaderamente aprendemos y llegamos a comulgar.
Pidámosle entonces a Dios, que las palabras de Isaías encuentren eco en cada corazón, que la enseñanza de Jesús marque huella en el de nosotros, que aprendamos a obrar el bien y a ser partícipes del Sacrificio de Jesús en la Cruz y en el Altar.