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Revisión del 02:30 19 feb 2009
Fecha: 20060305
Título: La verdadera victoria se da en el discernimiento
Original en audio: 14 min. 2 seg.
¿Cómo se hace para acabar con la maldad? Cuando uno está muy disgustado, realmente disgustado, iracundo, uno quiere acabar con todo. Ya decía Séneca, que la ira es como una locura breve.
Cuando uno está iracundo, uno quiere romper las cosas, quiere acabar con la gente. Y en un ataque de ira se puede cometer, por ejemplo, un asesinato.
A veces, uno quiere soluciones drásticas cuando suceden crímenes serios, crímenes gravísimos. En situaciones de conflicto, en situaciones de guerra, en muchas ocasiones, lo que uno empieza como a desear, es acabar con el enemigo, exterminarlo.
Lo más parecido que hemos tenido a éso en las últimas décadas, es la bomba atómica: "¡Una bomba sobre esa ciudad, o sobre ese pueblo, y que se acaben esas casas y se muera toda esa gente!"
La Biblia nos cuenta que esa solución ya fue intentada. El relato del diluvio es un poco esa lógica; es acabar con el mal de raíz.
De acuerdo con ese relato, Dios está tan profundamente decepcionado de lo que son los seres humanos, de la abundancia de la estupidez y de la crueldad de la raza humana, que quiere acabar con todo.
Y apenas se salvan unos pocos que son justos. Se salvan los buenos de esa época; es decir, Noé y su familia. El diluvio es la imagen de ese exterminio total: acabar con el enemigo o con los que se portan como enemigos.
Pero, la primera lectura de hoy nos muestra que Dios hace una promesa. Él no va a utilizar más ese método. No ama ese método. Incluso, hay una lectura muy bonita en el Profeta Ezequiel, en donde Dios dice: "Yo no quiero la muerte del pecador. Lo que quiero es que se convierta y que viva" (véase Ezequiel 33,11).
Nuestro Dios no es un Dios que ame la muerte. Es un Dios que quiere la conversión, para que haya vida. Él es el Dios vivo, y Él quiere la vida.
Y lo que hace Dios, o lo que quiere hacer Dios, nos sirve también a nosotros de ejemplo. Porque, todos tenemos nuestras iras. Hay gente, hay circunstancias, hay países o clases sociales, que pueden despertar la ira.
O, de pronto, pueden ser los políticos, o los ladrones, o pueden ser aquellas personas que nos han hecho daño a nosotros. Si alguien ha perturbado la paz del hogar, si llega una persona a meterse en la vida de una pareja, a veces hay odio. ¡Y cuántos crímenes se producen en esa ira!
Sin embargo, lo que el Señor nos muestra en su Palabra, es que hay otras maneras de abordar el problema del mal, y hay otros modos de vencer. Precisamente, Jesucristo en el evangelio, nos muestra que hay otras formas de vencer.
Nosotros somos invitados hoy a dejar de lado esa violencia, ese deseo de acabar con las otras personas, o incluso deseo de acabar con nosotros mismos. Porque, también a veces uno toma esa posición como de ira contra uno mismo. Y eso tampoco sirve.
Disgustarse contra uno mismo, tomarle rabia a una parte de la historia de uno, o a un aspecto de la personalidad de uno, o a algo que sucedió en la vida de uno, o a una decisión en la que uno se equivocó, llenarse uno de rabia contra uno mismo, es también como querer producir una especie de explosión atómica que en el peor de los casos conduce al deseo de matarse, al suicidio, por decepción o por rabia contra uno mismo.