Diferencia entre revisiones de «O342003a»

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Revisión del 22:51 17 nov 2008

Fecha: 20001128

Título: La belleza que Cristo quiere

Original en audio: 3 min. 49 seg.


Las palabras de Nuestro Señor, sirven bien para mejorar nuestra idea de belleza. Algunos ponderaban la belleza del Templo. Pero, no es ésa la belleza que impresiona a Cristo, ni es ésa la belleza que a Él le interesa.

Más bien, muestra con ese lenguaje apocalíptico, cómo esa belleza está sujeta a destrucción. Una vez dijo Nuestro Señor, que había que tener nuestro tesoro en el Cielo. "Nuestras riquezas han de acumularse en el Cielo" (véase San Mateo 6,20).

Algo parecido habrá que decir de la belleza. Hay que tener belleza celestial; es decir, aquella belleza que no es destruida, ni por las revoluciones, ni por las guerras, ni por las epidemias, ni por el hambre, ni siquiera por los grandes terremotos o las revueltas de pueblo contra pueblo. La belleza que esté más allá de las guerras, los terremotos y los odios humanos, esa es la belleza que le interesa a Cristo.

Esta belleza del Templo era una belleza mentirosa. Ese Templo era una reconstrucción demorada, paciente, que se había financiado con los dineros, sobre todo de Herodes, el Grande.

Herodes, el Grande, no pertenecía al pueblo hebreo. Él era un idumeo. Mas él, a base de intrigas, había logrado ponerse en una posición, al mismo tiempo conveniente para el Imperio Romano, y decente para el pueblo judío. Los judíos no se quedaban sin rey; les quedaba ese rey como de mentiras. Y a los romanos les convenía que estuviera un rey marioneta.