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Jesús no es envidiosos, no retiene con avidez su poder, su misericordia, sus milagros. Al contrario, lo mismo que Moisés habái dicho: "Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta" (''véase'' ), así también Jesús parece decir con sus gestos: "Ojalá todo el pueblo de Dios hiciera los milagros que yo hago". | Jesús no es envidiosos, no retiene con avidez su poder, su misericordia, sus milagros. Al contrario, lo mismo que Moisés habái dicho: "Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta" (''véase'' ), así también Jesús parece decir con sus gestos: "Ojalá todo el pueblo de Dios hiciera los milagros que yo hago". | ||
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| + | Porque en realidad el centro de su misterio no está en esos milagros; esas obras maravillosas tienen sólo una función, y es declarar que ha llegado el Reino de Dios, es anunciar la llegada del Reino. | ||
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| + | Y ahí está, parece, el centro del Corazón de Jesucristo: contar a todos los pueblos, empezando por el pueblo de la promesa, empezando por Israel, la llegada del Reino de Dios. | ||
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| + | Cuando Jesús comunica a sus discípúlos esa potestad de realizar milagros y de predicar, está también como extendiendo el misterio de su propia Encarnación. De aquí en adelante Jesús ya no tendrá solamente sus manos para sanar enfermos, sino que su misericordia encontrará en las manos de sus Apóstoles como una prolongación de las suyas. | ||
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| + | y de esta manera se nos revela también el misterio de una nieva generación. Porque así como los papás a veces sienten que prolongan su hacienda, sus empresas, sus tareas o su herencia en sus hijos, así Jesús prolonga en sus dsicípulos el misterio de su Encarnació. | ||
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| + | Y así se ve ya que, aunque no han sido engendrados ni de la carne ni de deseo de varón, según palabras del evangelio de Juan, sí han sido engendrados de nuevo. Esa carne no ha sido engendrada por la Carne de Cristo, pero esa carne sí ha sido y va a ser cada vez más poseída por el Espíritu de Cristo. | ||
Revisión del 19:30 2 sep 2008
Fecha: 19960925
Título:
Original en audio: 4 min. 32 seg.
Jesús comunica a sus discípulos los mismos poderes que maravillaban a la gente: expulsar demonios, curar enfermedades, predicar con poder la llegada del Reino de Dios.
Jesús no es envidiosos, no retiene con avidez su poder, su misericordia, sus milagros. Al contrario, lo mismo que Moisés habái dicho: "Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta" (véase ), así también Jesús parece decir con sus gestos: "Ojalá todo el pueblo de Dios hiciera los milagros que yo hago".
Porque en realidad el centro de su misterio no está en esos milagros; esas obras maravillosas tienen sólo una función, y es declarar que ha llegado el Reino de Dios, es anunciar la llegada del Reino.
Y ahí está, parece, el centro del Corazón de Jesucristo: contar a todos los pueblos, empezando por el pueblo de la promesa, empezando por Israel, la llegada del Reino de Dios.
Cuando Jesús comunica a sus discípúlos esa potestad de realizar milagros y de predicar, está también como extendiendo el misterio de su propia Encarnación. De aquí en adelante Jesús ya no tendrá solamente sus manos para sanar enfermos, sino que su misericordia encontrará en las manos de sus Apóstoles como una prolongación de las suyas.
y de esta manera se nos revela también el misterio de una nieva generación. Porque así como los papás a veces sienten que prolongan su hacienda, sus empresas, sus tareas o su herencia en sus hijos, así Jesús prolonga en sus dsicípulos el misterio de su Encarnació.
Y así se ve ya que, aunque no han sido engendrados ni de la carne ni de deseo de varón, según palabras del evangelio de Juan, sí han sido engendrados de nuevo. Esa carne no ha sido engendrada por la Carne de Cristo, pero esa carne sí ha sido y va a ser cada vez más poseída por el Espíritu de Cristo.